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blog de Jorge Mayer. Trelew, Patagonia.

La brega interminable

Me hubiera gustado ser comediante de stand up. De hecho es algo que tengo incorporado a la primera ronda de mate de la mañana. Puntualmente, de lunes a viernes, entre las ocho y las ocho y media, doy rienda suelta a una capacidad de disparate nacida, creo, de los vahos de laburar en los bajos fondos de un castillo derruido, del semisueño que me habita ni bien despliega sus alas la mañana, de la simpática compañía de estos, que quizá nunca sean mis amigos pero a los que bien quiero como lo que son: compañeros de cautiverio.
La rutina es sencilla. Siempre hay un par de temas dando vueltas. Sea meramente del trabajo, sea de esa realidad que uno oye a los locutores desvelados que leen la tapa de los diarios, siempre hay algo. Y si no hay, se inventa. Así de simple. Planteado que sea el tema, lo siguiente es buscar un atajo, mirar torcido, pensar mal, echar mano a lo más rastrero del vocabulario o, incluso mejor, a términos que se reputan elevados, dotados de autoridad académica, muestra de erudición saltimbanqui, refugio de todo buen cronista deportivo cuando no policíaco.
Hace poco, a cuento de todo y nada, me pregunté, en voz alta, por qué los perros ladran a las ruedas de los autos. Es decir: por qué lo hacen algunos y con qué énfasis, cuando otros, no necesariamente más inteligentes, no manifiestan esta conducta. Uno de los pibes me dijo: ya sé con qué vas a salir, esperá que me acuerde bien, ¿no eras vos el que decía que los perros imitan a otros perros? No, en efecto, no era yo, aunque hubiera sido maravilloso que esa ocurrencia me perteneciera. Y digo maravilloso porque eso significaría que yo creo que los perros, no todos, sino una parte, y por cierto no poco numerosa, se transmiten de generación en generación un gesto que podría designarse como cultural. Después de todo, la cultura, la mía, la tuya, por mucho que se pretenda noble o rastrera, este modo que tenemos de hacer las cosas que nos viene de largo y al que no oponemos demasiada resistencia, está plagada de rituales por completo inútiles.
Lo digo mientras pongo a descargar el primer capítulo de la última temporada de Lost. Lo masticaba mientras tomaba unos mates con mis compañeros de cautiverio. Qué otra cosa hacemos sino ladrarle a la rueda de los autos. Por vocación, por capricho o llanamente por costumbre. Qué otra cosa.

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Con amor y sordidez

Al maestro jotadé lo conocí de grande. Fue en Buenos Aires. Con tal de escaparme de no sé qué historia de amores mal curados, me eché a andar calle abajo de Villa Crespo al Parque Rivadavia, del que no tenía mayores referencias que las loas de un par de amigos que solían allí agenciarse libros y comics y discos y películas. Pero yo no quería nada de eso. Sólo quería escaparme de una conversación que se extendía demasiado en el tiempo y que ponía a mi cabeza al borde de aquello que Macedonio designó bajo el nombre del zapallo que se hizo universo. O algo así. Caballito es lindo. Más careta que Villa Crespo. El parque no es gran cosa pero la ciudad agradece a los gritos cualquier cosa que tenga intenciones de verde y de pulmón. Había un puñado de puestos y no tardé en recorrerlos. Al cabo de la pesquisa mis manos estaban vacías. Es una mala costumbre que tomé del súpermercado: no suelo comprar de primera intención. Nunca me sobra la plata. Ergo: siempre hay algo que me tienta cuando ya no me queda una moneda en el bolsillo. Pero tampoco buscaba nada. Y di con él. Lo compré a un viejito entre varios otros autores: un Vila-Matas, un Maier. Ya no recuerdo qué otros. Y con el tiempo supe que fue una gran elección. Desde que mataron a Lennon queda registrado en alguna base de datos la compra de El guardián entre el centeno. Y esta era una compra por fuera del sistema; yo un lector sin nombre; el vendedor, un viejito que le cuidaba el puesto a otro.
Hoy me enteré de que el maestro jotadé había abandonado este mundo. Sentí un poco de pena, pero no mucha. El daño ya estaba hecho.

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Fragmento de un diapéutico

Hace un rato se nos acercó un tipo que nos veía fumar. Quería pedirnos un pucho. Le convidé. Es que no puedo salir a comprar, me dijo, y sé que es verso pero me resulta convincente. Yo mismo, ayer a la tarde, tenía ese problema. Dos etapas: sacar plata del cajero, conseguir un kiosco. Lo segundo es mucho más sencillo que lo primero. Kioscos hay por todas partes. No es Buenos Aires pero kioscos hay. Cajeros hay dos o tres. Y están a todas horas hasta el culo. La mejor hora es la madrugada, me aconsejó Germán. A esas horas no suele preocuparme tener poco dinero en el bolsillo de mis pantalones. Será porque me los quito para dormir y abandonada que fuera la cárcel de la ropa, y con ella la opresión de los accesorios que uno carga para mejor vivir, las preocupaciones se esfuman. Puede ser. Prometo pensarlo. Hay un hombre, un cuerpo quiero decir, se lo leí a Aira, que nos excede físicamente: el cuerpo humano social, que no puede prescindir de billetera y teléfono celular, acaso cigarrillos, caramelos de menta, monedas para el colectivo, tal vez una agenda, un pen drive, todas prótesis para ser esos que informa nuestro documento. Read the rest of this entry »

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Fragmento de un diario terapéutico

Este preciso momento es muy hermoso. No sé si deba anotarlo en mi diario terapéutico. La felicidad es un estorbo a la hora de escribir, cualquiera lo sabe. Sólo por hurgar un poco entre las cosas que no están bien, descubro que mi cuerpo tiene deseos de ir al baño, pero yo no le hago caso. En esta, como en tantas otras cosas, prefiero llevarlo todo al extremo, resistir hasta que la vida es casi la muerte, pende de un hilo, pide a los gritos socorro. Eso por ahora.

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El gran pez

En el pueblo donde nací hay un barrio al que mi madre designa con el nombre de la empresa que lo construyó, Deyco, y mi padre con la verdad aritmética, las 500, aunque los planos y la tradición lo bautizaron 25 de mayo. Cuando yo era chico le pregunté a mi padre quién lo había diseñado, a lo que, verdad o no, él respondió el ingeniero Magri, a esa altura un prócer del pueblo, que tan bueno no ha de ser, se apuraba a aclarar mi padre, porque en vez de quinientas las casas son cuatrocientas noventa y nueve: a una la tiró el viento. ¿En serio? En serio, querido, así como te lo cuento. Claro que yo no creería jamás una cosa así, aunque me faltasen treinta años para ver Big Fish, de Tim Burton, y hacerme a la idea de que esas cosas que los padres cuentan a los hijos son siempre ciertas, no en el sentido de fieles a una verdad, después de todo ¿qué es la verdad? ¿quién da fe de ella?, sino ciertas en el sentido de necesarias. Si te digo que a una casa mal construida puede tumbarla el viento, querido, podría haber dicho papá, es para que vos, cuando llegue la hora, y erijas la tuya, tomes todas las precauciones. Así de simple.

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El tribunal imaginario de mis escritores muertos

Poco antes de que se acabe este almanaque la revista cultural Ñ publicó una “encuesta sobre la década” que tuvo por encuestados a sesenta narradores, poetas y críticos. Como suele ocurrir en estos casos, el resultado es menos esclarecedor que simpático. Sin embargo, de puntillas, levemente, se cuelan unos pocos elementos que podríamos considerar sintomáticos del estado de cosas en la república letrada.
He querido compartir con ustedes, sobre todo los que viven fuera del país y están vacunados contra la lectura del suplementito, algunas frases que escogí de acuerdo a mi capricho personal y al mismo tiempo, queriendo emular al Bioy de De jardines ajenos, me he guardado de develar por qué estos y no otras. A esta altura, mucho me temo, ya nos hemos contado bastante las costillas como para saber quién es quién entre los nombres aludidos. Read the rest of this entry »

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Pasión por Ginebra

Cada vez que llega esta época del año y el común de la gente saca a pasear la impostura que se viste de cortesía y saluda a todo el mundo a la voz de feliz navidad y próspero año nuevo, en el caso de los tradicionalistas, y un escueto buenas fiestas, en el caso de los que que se han ajustado el cinturón la ardua tarea de quedar bien. Otra gente, entre la que me cuento, entre la que podría decirme elemento destacado, padece a todo lo que da esta época y al mismo tiempo la ida y al mismo tiempo la por venir, se la pasa sacando cuenta de los proyectos que este año han quedado en el tintero, a la sazón siempre hay más que a finales del año anterior y a esmero va mudando las tachas en el calendario ido a ese otro que todavía no conoce la luz del sol y se sale de la vaina por acarrearme a mí y a todos una y otras virulencias que ha tenido todo este año el tiempo de cavilar y así los días y las noches y los años y la juventud, sólo que ésta se va para dejar en su remplazo tan cochambroso sustituto que le porpone a uno cada semana nuevos achaques y novísimas razones para la jaqueca cuando no para la cefalea. Read the rest of this entry »

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Jorge

Feo, que te digan Eh, Jorge, tanto tiempo, y vos tengas ganas de llamar al sujeto que te saluda por su nombre, aunque más no sea por devolver la gentileza, pero en realidad se trata de mucho más que una gentileza. Uno vuelve al pueblo, está a escasas diez cuadras de la casa en la que un poco a los tumbos, un poco a toda velocidad, supo crecer, rasparse las rodillas en feroces partidos de fútbol que eran la final del mundo, sólo que en vez de verde césped el escenario era, con suerte, pedregullo, y afeitarse a duras penas la primera vez, para ir a misa y estarse la hora que dura la liturgia rozando la cara flamante con el revés de la mano Read the rest of this entry »

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Desgracias escogidas

Soñé con ella y sus ojos lloricosos. Soñé que la besaba, como antes, después de darle un beso a él, de darle el pésame por la muerte de su padre, que no ha muerto en verdad pero que a caballo de uno y otro desarreglos, juntas a deshoras en el bar con los amigos de toda la vida, uno peor que otro, siempre con un whisky en la mano aunque sean las doce del día, viene haciéndole fintas a la muerte y lo soñé, no por otra cosa, porque he pensado escrupulosamente durante lo que han durado estas últimas trece semanas que el único lugar donde él y yo podríamos llegar a saludarnos de nuevo, como antes, con ella, de nuevo, como siempre, es en el funeral del viejo, que no es mal tipo sino todo lo contrario y sin embargo por mucho empeño que pongo en la brega de desearle una vida larga y productiva, quiero decir tan larga, tan productiva, como cabe esperar que una vida sea cuando ya se ha doblado el codo ese que lo pone a uno ante la evidencia de que cada día que se vive es un regalo, tal vez inmerecido, una propina, una palmada en el hombro, un beso en las mejillas de ese hombre ahora lloricoso que alguna vez supo ser mi amigo y ahora quién sabe. Era un sueño, y por mucho que yo en el sueño estaba seguro de estar en el suave campo de los sueños, por más que puse el mejor de mis esfuerzos en no besar a ella más largamente que a él, me vi de nuevo, como antes, prolongando el abrazo que debió ser solemne y fue, mejor que eso, el que le prodiga uno a otro que acaba de sobrevivir a un tornado que se llevó lo bueno que había deparado la última cosecha, que no lo malo, que no fue poco y sin embargo, por mucho que quemo lo que me queda de pestañas en encontrar la exacta vuelta de tuerca que junte las partes rotas del espejo, vi en los ojos de ella, como en un espejo, los ojos de un hombre que no ha dejado en trece semanas de llorar, como si en verdad esto o aquello le importase.

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terrorista

no sale el sol y yo ya estoy dando vueltas en la cama; un poseso, un insomne, eso es lo que soy. o tal vez estoy durmiendo demasiado en las tardes para guardarme enteras las noches y sentarme, como antes, a escribir esas cosas que no puedo a plena luz del día. hay cosas, robar, por ejemplo, que son mejores cuando nadie mira; coger, por ejemplo, que son imposibles cuando el ruido que el resto de la gente saca de sí lo colma todo y a uno le vienen bruscos deseos de acabar con esto de una vez, si es que eso puede recuperar el silencio; cagar, por ejemplo, con todo el tiempo del mundo y sin expectativas, como si afuera, detrás de la puerta, el mundo entero podría caer bajo las bombas de un terrorista que no venera por dios otra cosa que el silencio

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Conventillo

Eso que llaman degradación de la lengua es sólo una de las consecuencias del descalabro de la sociedad en la que vivimos. Las palabras se gastan, se manosean; al cabo, las muy putas acabn por decir otra cosa que la propuesta por el dicente. Pienso en una sola: conventillo, a menudo utilizada para calificar las discusiones estériles, las disputas donde hay en juego intereses de lo más rancios, lo vulgar, lo que no se nos antoja indigno; y precisamente por haber crecido en una de esas construcciones precarias en las que se apiñan los cristianos que no pueden permitirse nada de más lujo, me siento interpelado. Allí, en el conventillo, se respiraba un aire mucho menos nauseabundo. Los vecinos, los buenos, los malos, su conjunto, profesaban, pretendían, una dignidad que se atisba en las películas de Vittorio de Sica.
A eso que llaman conventillo, señores, a eso hay que buscarle otro nombre.

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La luna y basta

Otra vez me desvelé. Podría echarle la culpa Fringe, a los ojos de Ann Torv, acaso los más hermosos del mundo, pero eso sería igual lavarme las manos. No estoy en ese plan. Por eso es que no había sonado el despertador y yo estaba dando vueltas en la cama, dale que dale, los ojos de Ann Torv, los crímenes de “el patrón”, los misterios de Peter. Los míos. Pero no estoy en ese plan. Todos los misterios son míos. Por qué, ya que estamos, no puedo dormir bien por las noches. Read the rest of this entry »

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There, there

A Puck, el compañero
que nos adelantó en el camino

El miércoles vi Inland Empire, la última película de David Lynch. La tenía en agenda desde hace rato, pero sólo en estos días me he sentido preparado. Lynch, se sabe, en sus mejores trabajos se esmera en complicarnos la vida con rizos y rizomas; de manera que, para disfrutarlo, uno debe sentirse de manera especial. Debe prepararse para lo mejor y para lo peor. Su marca de calidad está en todas partes, pero al mismo tiempo, o acaso por eso mismo, pisamos el fango de lo tenebroso. Se ruega a los señores pasajeros que ajusten sus cinturones. Esto que sentirán será terrible y tal vez, sólo tal vez, valga la pena. Read the rest of this entry »

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