Sonrisa y puño apretado

Dos o tres semanas antes de morir, Marie dejó anotado un tip para el mejor vivir que nos conmovió a todos los que seguíamos su historia: sonrisa y puño apretado. Así como lo digo, un tip para el mejor vivir.
Tengo muchos años de mal vivir, ya perdí la cuenta. En el último par de temporadas mis aflicciones comenzaron a tener base concreta. En ningún momento sentí miedo pero sí me hice un ovillo con la angustia. Todo comenzó hace 24 meses. Pasaron cosas feas, dolorosas; cosas que me forzaron a tomar determinaciones, a ponerme al frente de un grupo humano, a experimentar la rara vivencia de sentirme un líder, de tratar de ejercer la función con sabiduría. La puta madre, qué difícil es comportarse como un sabio cuando uno apenas puede dormir.
En el medio hice algunas cosas. Una bastante menor pero grata fue arreglarme la dentadura. Cuando le conté de mis dolencias al dentista el fulano me respondió como lo haría un dentista: amigo, hay cosas que nunca vuelven a ser como eran. Antes había dicho otras cosas. Es una de las mejores dentaduras que vi en mi vida, por ejemplo. Un dentista es, qué duda cabe, un psicópata. Me extrajo una pieza y anduve débil casi un mes. Así como lo cuento. Y algún tiempo después, para cerrar el procedimiento, me hice una limpieza. La padecí. Nunca más voy a someterme a algo así.
De golpe, y sin más motivo que el de lucir una hermosa dentadura, me di permiso para sonreír más. Ese detalle me deparó la cordialidad de los extraños. Un tipo que sonríe es un tipo que no está entregado. Cambiaron las intensidades. Hago planes. Puse mi fiebre neurótica al servicio de mejores causas. No desactivé todas las alarmas, claro; pero básicamente el cambio es sonreír. Eso que Marie llamaba sonrisa y puño apretado. Quedan más batallas que librar.

Lo que vendrá 

Llama mamá. Pocas veces llama mamá. La última vez fue hace cinco meses. Cómo tantas otras cosas, el asunto era grave y urgente hasta que dejó de serlo. Viajé a las corridas. Cumplí mi cometido. Me entrevisté con un psiquiatra. Mi primera vez. Él, cordobés, colorado, con rodete; papá, más perdido que nunca. Era un día con 38 grados. El colectivo sale de una estación de trenes. Todo en torno a una estación de trenes es desproporcionado. El estómago me apretaba. De a ratos la tos de exfumador me arrancaba lágrimas y algo a la altura del abdomen me decía Esto no va a ser gratis, Jorge. Volví y no pude levantarme de la cama. Tardé un día en reponerme. No estaba preparado para mi nuevo papel. En realidad todavía estaba en mi papel anterior, el de hijo conciliador, que viene a poner en orden el caos familiar, el sensato, el inteligente, el que prosperó. Ahora me tocaba ser el deudo que visita a su padre senil en una residencia, la mejor que pudimos paga, junto a otros viejos, cada uno con su cruz. Llama mamá, decía. Su voz es firme. Llama para advertirme. Apunta muchas cosas. El corazón, las crisis, convulsiones, la unción de los enfermos, rezaron, papá, bien que con dificultades, se persignó. El cura hizo un buen trabajo, pienso. Mamá habla con serenidad. Falta poco, dice. Lo creo y a la vez me cuesta creerlo, qué va, no lo creo. Esas cosas no las maneja uno, diría mi hermano. Hay que prepararse, dice ella.
Empecé un blog en el invierno de 2003. De vez en cuando leo páginas viejas y descubro que en uno de cada tres textos de estos catorce años y sus noches hablo de esta inminencia. No hago otra cosa que prepararme para eso. Lo que vendrá.

The Cure 

Cuando yo era muy chico me gustaban Virus y Soda Stereo. Primero Virus, que había publicado Locura, yo no lo sabía, un disco de los mejores de la historia del rock argentino. Tampoco sabía que Federico había producido el primer álbum de Soda, el difícil, el que pelea buscando una forma. 

En mi último par de años en la secundaria me asomé al rock cabeza. Disfruté a rabiar los discos de Ramones. No pude aprehender el concepto Hermética. Los Redondos me parecieron una banda con tres buenas canciones. 

Pero cuando tenía 14 se corría la bola de que había un pibe llamado Santi, que tenía todos los discos de The Cure y los de mi banda decían oh, todos los discos de The Cure, que en esa época eran casettes y en el pueblo no se conseguían. Las FM pasaban canciones de Charly García. 

Por esas cosas de la carencia y el querer ser, empecé a amar a The Cure antes de escucharlo. Vine a Trelew y compré casettes a lo pavote. Eran buenísimos. 

Un cuarto de siglo después, sigo escuchando The Cure. Me inspira, me transporta, deja en ridículo esos años de aproximación al cabecismo. Es la última gran banda de rock. En 1984 tenía un repertorio increíble y lo mejor estaba por venir. 

Santi no tenía todos los discos y poesía, Robert, poesía eres tú. 

Llueve 

Llueve. En condiciones normales amaría la situación. Pero estoy yendo al trabajo, estoy algo de maltrecho de salud, llevo mis mejores pilchas y me importunan los autos. Vivo en la parte alta de Trelew. Acá el agua caída corre a gran velocidad y no importa la belleza de la lluvia tenue y persistente: fue una noche dura y las cunetas son arroyos que marchan a toda prisa. Hay pocas veredas, ir por la calle a primera o última hora expone al peatón a un resbalón, una caída, un charco inadvertido, el revoleo de agua de un automovilista sádico, valga la redundancia. 

Crecí en un pueblo del desierto. 200 milímetros de precipitación anual. Crecí en la parte baja de un barrio de calles de tierra. El agua hace sus propias cunetas y el patio de mi casa era un modesto océano de aguas marrones adonde ir. Pero la tierra absorbía y en un par de días ya hacíamos vida normal. 

Ahora mismo odio el barro. Me parece algo siniestro. Que en mi barrio no hubiese veredas es normal, tampoco había cunetas. Yo tenía bigote y todavía no había llegado la red de gas. En cambio acá, lo que no existe es planificación del desarrollo urbano. Hacer una vereda es tirar la plata. Este año o el que viene el gobierno anunciará una obra muy necesaria y volverá a romper todo. 

Y volverá a llover y diremos que es la peor lluvia de los últimos cuatrocientos treinta años. Total, quién sabe. 

Husos y costumbres 

Leo. 

Los puntos extremos de la superficie continental de la Argentina están a los 26 grados al este y 73 al oeste. Semejante extensión habilitaría el empleo de tres husos horarios. O por lo menos dos. 

Sin embargo, por cuestiones culturales (costumbre, comodidad) se utiliza uno solo. Es razonable. Si hubiera que establecer divisiones se haría por provincias. Nadie sabe en qué punto de latitud y longitud vive pero la gran mayoría sabe cuál es su provincia. 

El problema es que no poca gente vive en una provincia y estudia o trabaja en otra. Y a nadie le gustaría usar dos relojes. Lo que redundaría en la implementación de parches: Carmen de Patagones tendría la misma hora que la provincia de Río Negro. Así, los locutores de la radio dirían son las siete y cuarto de la mañana en la provincia de Buenos Aires, una hora menos en Patagones, si es que Patagones tuviera alguna relevancia. 

Pero muy en el fondo la macana es otra y muy grave. Desconozco las razones por las que el estado argentino escogió estar a tres horas de Greenwich cuando su territorio está a cuatro y cinco horas solares de esa referencia. Ese equívoco redunda en numerosos disparates. Lo padece toda la población pero sobre todo los noctámbulos, que jamás dejaremos de portarnos como sonámbulos. 

Un macaco senza storia 

De un tiempo a hoy una de las angustias que me come el alma es la convicción de que mi generación es la última. No está bien ni mal pero es la última. Perdimos toda forma de fe. No queremos aprender. El cansancio nos gasta las rodillas, nos lacera el colon, nos muerde los dientes. La presión vuela por los aires, los pulmones informan que ya fue bastante, los ojos pierden terreno a manos de la presbicia. 

Pienso que lo que me angustia en realidad es la muerte de mi padre. Estamos en la víspera y puede que lo estemos para siempre. Después de él moriré yo. La idea de mi muerte no me asusta. Sólo me aflige la eventualidad de que tarde mucho en llegar. 

Ese apocalipsis del afuera, la derrota de mi generación, y del adentro, la fragilidad emocional y fisiológica a la que parezco condenado, es un enemigo impiadoso. Y no hice nada para torcer el rumbo. 

Sensini 

Roberto Bolaño le dedicó a Antonio Di Benedetto un cuento más o menos malo pero sentido. El autor de la mejor novela argentina era un sobreviviente, un tipo con un solo saco. En el cuento Di Benedetto se llama Sensini, vaya a saber uno por qué. Suena mal, sesea, termina en una insípida ene, la progresión e-i-i habilita a pensar en debilidad. Y ya no está Bolaño para preguntarle. 

Casualmente hubo un futbolista argentino llamado Sensini. Roberto Marcos. Arrancó jugando de 3 en Newells. Con el tiempo emigró a Italia, donde consiguió destacarse. Jugó casi hasta los 40 años. Llamaba la atención su versatilidad: podía jugar en cualquier puesto de la defensa e incluso como volante central. 

Durante largos años Sensini fue número puesto en cada convocatoria del seleccionado argentino. Como suele ocurrir, quizá por lo deslucido de su trabajo, quizá por su falta de carisma, quizá por los malos trazos de su rostro, Sensini era blanco fácil para la puteada. 

Sensini tuvo la mala suerte de cometer el penal que a la postre le diera el título de campeón del mundo a Alemania en 1990. Sensini cometió la impericia de quedarse enganchado cuando todos dieron el paso al frente a pocos minutos del final de la definición del oro olímpico en Atlanta 1996. 

Hay un lado Sensini de la vida. Una trayectoria impecable con dos manchas de dimensión oceánica, el sino de los hombrecitos grises que no están diseñados para la gloria. Sensini, Roberto Marcos.