El resto batata

La primera sensación es física. Siento que no hay viento. Sé que hay viento. Estoy fumando en la vereda, castigado por el soplido del cañadón antártico de la calle Mariano Moreno, que me despeina, que se cuela debajo de mi pullover, debajo de mi camisa, y da de lleno entre los dos omóplatos, pero yo estoy atontado de paz. Podría exagerar y decir que sólo un trelewense puede notar las bondades de un día sin viento pero no es así. La saña del viento templa el espíritu de buena parte de los patagónicos, sobre todo los de costa, sobre todo los de la meseta. Y uno se acostumbra, se acomoda a la cruda experiencia de caminar contra algo. Porque siempre es en contra. Incluso cuando acompaña el sentido de nuestros pasos el cuerpo tiende a resistir, a aferrarse más intensamente al suelo, a gastar energía para preservar un precario equilibrio. Entonces sí, en verdad se sintió muy bien, más allá de que no haya recibido ni atisbo de consejo. ¿Va uno a terapia a recibir consejo? Nada de eso. Los consejos se demandan a gente con experiencia, con claridad mental. Esto es otra cosa. Lo intuía antes de venir y se me ha hecho carne ahora, en la serena contemplación de aquel detalle arquitectónico que me tiene horas pensando. ¿Por qué hay gente que tiene tan bella nariz y uno anda por la vida con esta? Genes, simplemente combinaciones afortunadas de esfuerzo celular. Pero también disciplina a nivel subatómico. Cómo es que esas millones de piezas menores en ebullición constante se amalgaman en tan logrado tributo a la serenidad.
La historia va y viene en el tiempo. Supongo que algún hilo habrá. Involuntariamente lo busco pero No te preocupes por eso. Es mi trabajo, quizá piense ella pero nunca lo va a decir. Yo procuro saberlo todo y me enfrasco en lecturas que por momentos cada vez más breves me tranquilizan. Pero no hay tranquilidad duradera. El monstruo pide ser alimentado. ¿Seguiré leyendo ese tipo de cosas? Me encantaría despachar un no rotundo pero me conozco mascarita y sé que ir en la dirección opuesta atenta contra mi yo constitutivo. Voy a hacer de esto un tema de estudio, así como antes lo hice con Kraftwerk, con los escarabajos, con la historia de la Patagonia, con las máquinas de la guerra, con las formas de la inteligencia, con la demonología. Ya no hay denuedo que alcance, siempre hay una cima por alcanzar. Como alguna vez hice con David Lynch y Hitchcock y Woody Allen. Woody tiene un documental hermoso, Wild Man Blues, que retrata una gira europea con su banda de jazz. La banda es verdaderamente buena y él un muy digno clarinetista, que aquí y allá es recibido con honores, como si todo el mundo tuviera la certeza de enfrentarse a una leyenda.
Termina un concierto. El público aplaude rabiosamente. Woody toma la palabra y pide por favor que nadie se retire mientras él no se haya ido. Remata: tengo claustrofobia. Desde la comodidad de su sillón uno se ríe y piensa Qué imbécil es este tipo, pero así funcionan las fobias. Woody está grande, no vamos a pedirle que eduque su neurosis. Yo sí, carajo, y como decía el eslogan de una revista más o menos nefasta Comprender cambia la vida.
Por eso la última vez fui capaz de perderme en un ámbito tan pequeño. No es que la sesión me haya hecho trastabillar ni mucho menos: siempre soy así. Tengo una pasmosa facilidad para perderme en lugares y una cosa llama a la otra: si estoy perdido me desespero y desesperado me pierdo. Pero a todo se acostumbra uno. Antes sufría por eso y ahora, que estoy programando un viaje a Buenos Aires, tengo ganas de entregarme a las fauces de Parque Chas. ¿Por qué no? Hay que enfrentarse a los temores.
Tenés rastros de análisis, dijo, y me pareció significativo porque ella habla poco. En realidad sé que soy yo el que no le deja demasiado lugar. Mi relato fluye. Lo controlo bastante pero encuentra puntos altos cuando se desboca y estoy lo bastante cargado como para tener siempre la pelota en mi poder. Corre de acá para allá con una generosidad encomiable. Sigue yendo y viniendo en el tiempo como si se tratara de una película endemoniada.
No creo, dije yo, pero en realidad quise decir que nunca fui a terapia. Ya lo conté: superé dos psicotécnicos y me reí mucho de una disciplina que siempre encontré más bien floja de papeles. Tuve, cómo no, un par de revolcones con psicólogas, pero eso no cuenta. Y leo. Pero leo sobre muchas cosas y retengo cada vez menos. Leo por deleite poético, leo sin entender, atrapo trabajosamente conceptos y los uso para jugar. Disfruto de esa posición irresponsable de leer sin horizonte, por el placer más o menos inmediato.
Fui un bebé que cantaba sus propias nanas, cuento en algún momento del relato. Mi madre se declaraba orgullosa de eso. Ahí leo dos cosas: indefensión y autosuficiencia. ¿Vos no? Quizá fue en ese punto donde ella dijo Tenés rastros de análisis y yo un poco me ofendí porque vengo de otro plano , esto y aquello, pero mirado en términos más amplios tengo rastros de un montón de cosas; algunas son notables, dignas de celebrarse; otras son ruinosas y más vale olvidarlas; una gran parte ni siquiera es aprensible con las escasas herramientas que tengo para hacer eso que vos llamás análisis. Digo, la búsqueda de las relaciones con los padres, un encadenamiento de progresiones, dice, como si necesitara explicarme. Definitivamente no, digo, analizo como cualquiera que tiene un mínimo de sentido común y voluntad de superarse.
El fin de sesión me encuentra en un punto culminante del relato. Acuso el golpe. Me gustaría seguir hablando pero esta vez los minutos fluyeron demasiado rápido y se me estropeó la puntuación. Como en los viejos tiempos de la escuela primaria, quise apretar los tres últimos renglones en dos y el resultado fue deslucido y me dio un poco de pena porque estaba contando algo de verdad hermoso. Estaba en vías de aportar una evidencia palmaria de mi capacidad de autoanálisis en formato vivencia egodistónica. La próxima vez será diferente. Probablemente no me detenga en ese detalle. No me gusta mostrar mi faceta obsesiva. Al contrario: ahora la receta es otra, hay que agujerear el sentido, abrirle nuevos ductos para que respire. La respiración es todo y el resto batata.

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