El espectáculo de la mente

¿Hacer terapia? Qué sé yo. Si me lo preguntaban hace apenas cinco años me habría reído de la vida. De hecho no hace tanto que, ante la pregunta de la psicóloga encargada de mi psicotécnico (una chica de buen ver, incluso debajo del delantal blanco que es norma en los hospitales), se me escapó una media sonrisa. Ella acusó el golpe, lo vi en su gesto. O acaso en el tono en que prosiguió la entrevista.
Qué sé yo. Era muy temprano en la mañana. Me había levantado cínico. Tenía entrevista con ‘nuestra psicóloga en Trelew’, según la catalogaron en la dirección de reconocimientos médicos (el comisariado de asuntos médicos para empleados públicos). Ahora que lo pienso, la mina probablemente labure de chequear qué tan turulos están los tipos que presentaron certificados de turulez. Entonces aparece este muchacho, bajo, mal trazado, pedante al hablar, capaz de levantar un murallón al mero contacto visual y la mina resiste. Resiste y ataca. Sabe lastimar, tiene talento. Me sacó la ficha. Acaso en el informe privado puso que puedo resultar un empleado problemático. Sí, eso, tiene razón: soy un muchacho problemático. Ese trabajo me puso así.

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Una amiga me aconseja. No, no hay recetas para elegir un profesional. Tengo mis reservas al respecto pero soy de otro palo. Vos solo vas a darte cuenta del momento en que necesites ayuda. En efecto, creí que podía y ya no puedo. Ando más freak que nunca. No puedo parar de hablar y en cada conversación sobrevuela el asunto de marras. O saco el tema o me lo sacan. En realidad sé que estoy cargado de una gran lección de vida y me gusta compartirla. En realidad sé que asistí a un horroroso espectáculo y no puedo contárselo a nadie, no porque ellos no quieran sino porque se impone la censura, contar a medias, dar a entender. Y en los sobreentendidos se asientan los malentendidos. Yo no soy un héroe. No quiero que me vean así.

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Al fin alguien me recomienda a alguien. Quiero decir: ya tuve recomendaciones pero ninguna me satisfacía. Necesito que sea mina. Y no quiero ir a ningún psiquiatra. La farmacología es mágica pero no quiero que hagan magia conmigo, no sé si soy capaz de darme a entender.

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La psicóloga no atiende mis llamados. Dijo después de las dos. El primero es a las 2 y 24; dejé pasar siete minutos antes de llamar por segunda vez. ¿Qué entendemos por después de las dos? Dejo caer los diez rings antes de que salte el buzón de voz pensando en que no habrá un tercer llamado. Siento la ferocidad de la intemperie. Estoy sentado en un banco de plaza bajo un cielo cada vez más gris. El abrigo con el que comencé el día hace sentir sus rigores. O quizá estoy afiebrado y pienso. ¿Por qué esta franela?
Bastaría con que tuvieran secretaria. Sigo pensando. Si tuviera fuerza de voluntad, que no la tengo, estudiaría psicología sólo para fundar una corriente revolucionaria: la de los psicólogos con secretaria. Me imagino un edificio con varios consultorios, varios profesionales. Podríamos ejercer el secretariado de forma rotativa para no desperdiciar ese ‘primer contacto’ con los pacientes. No digo que sea una máquina de hacer guita pero nos ahorraríamos el escarnio de cargar con la imagen de ese tipo que esta solo, sentado en un banco de plaza, con ganas de llorar y los ojos secos.
Soy neurótico. No sé en qué grado pero noto que con el correr de las semanas el síndrome se agrava y estas cosas no ayudan para nada. La pelota rueda y pienso cosas terribles: estos antediluvianos no habrían sido capaces de inventar la rueda. A ver, ¿qué entendés vos por rueda?
Qué hacer. Tengo otros diez teléfonos. Todas mujeres. Sus consultorios están en un radio de dieciséis manzanas. Ninguna supera los 40 años. Me gustan sus apellidos y no me disgustan sus nombres de pila. Atienden mi obra social. Reciben adultos. Incluyeron en la cartilla su número de teléfono celular. Hay que mandar un mensaje de whatsapp. Tengo el mío en bloc de notas. Es, pienso, demasiado seriote, impersonal. A la luz de los fracasos anteriores me cuestiono, ¿no las espantará el tono del mensaje? A lo mejor mañana me siento y redacto uno nuevo.
Cada intento forma parte de una historia diferente y realmente no tengo muchas ganas de empezarla. Pienso en Svevo. Él escribió La conciencia de Zeno, que es un de mis libros favoritos. Vuelca allí todo el odio que siente por su psiquiatra. ¿Habrá sido paciente psiquiátrico? Eso no lo sé pero sin duda la historia que cuenta la recibió de primera mano. Eso necesito: sublimar, hacer de esta porquería algo hermoso.
Caramba: ¿ir al psiquiatra te convierte automáticamente en paciente psiquiátrico?

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Otras iluminaciones. La neurosis es como el escarabajo pelotero, un animal que se alimenta de su propia mierda. No será muy sabrosa pero la puta que es nutritiva. Quiero decir: me gusta leer porque sí. Ya casi no puedo leer novelas ni cuentos ni artefactitos de ficción pero leo con interés todo lo que me provea de datos inútiles. Entonces, leo con alguna pasión sobre neurosis (un neurótico se lee a si mismo, digamos) y compruebo que más de mil entradas de este blog abonan el síndrome y que, procurándome salidas (no hay cárcel si uno no quiere escaparse) no he podido hacer otra cosa que enterrarme en el fango. Estoy comiendo mi propia mierda. (Ese detalle me lo hizo notar, en términos de crítica literaria, un lector muy erudito: ‘Jorge, después de mucho pensar, me di cuenta de cuál es tu receta, la piedra basal de tu estilo’)
Es, de nuevo, el principio de no resistencia: me broto porque resisto; resisto porque soy un imbécil; etcétera.

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Volví a casa derrotado. Había media pechuga de pollo a la sal y una copa de vino. Procedí. Con cada bocado pensaba ¿me acostaré? Son apenas las seis de la tarde. ¿Leeré? Hay libros tirados por todos lados, parece que me hubieran entrado a robar. O que oculto pruebas ante la inminencia de un allanamiento. Eventualmente, ¿qué leería? Me tienta el Ulysses. Lo empecé un montón de veces sin éxito pero cada tanto, aunque cada vez menos, vuelvo al monólogo de Molly Bloom. Leo algún tramo en voz alta y en verdad lo disfruto. El tiempo me ha enseñado la puntuación que Joyce ocultó.
Pero no, me meto en la cama y duermo. El sueño es grato y no deja ningún resto. Cuando me despierto son casi las diez de la noche. Se avecina una noche de desvelo pero no me angustia: dormí hermosamente y la máquina autodestructiva aparenta haberse tomado un recreo. Estoy descansado, sin hambre, con ganas de tomar té y fumar, acaso leer, ¿qué leería?
Leo un poco sobre el paralelo entre la Odisea y el Ulysses, busco esos dieciocho títulos que Joyce nos escatimó. Hades. ¿Hades? Claro, boludo, los muertos, me digo y pienso en un libro que falta hace unos diez años de mi biblioteca: Los mitos griegos, de Robert Graves. Un libro hermoso, llano, ideal para leer desde cualquier página, que alguna vez dejé bajo la custodia equivocada y zas. Nota marginal: nunca me casé pero mi vida toda puede leerse como un encadenamiento de divorcios.
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Tarde para despertarse de una siesta, temprano para vivir. Pienso: esto me va a pasar factura. ¿Pongo una película? ¿Prendo el lavarropas? ¿Leo? Sólo tengo ganas de tomar un té. Me preparo un té. Lleno la casa de música. Y vuelvo a pensar, ¿qué me ha pasado? Tuve un brote, estuve mal, ya pasó, sana sana colita de rana. Mañana, ¿llamaré a esta chica? Nota mental: no decir *esta chica*, no pensar *esta chica*, darle un nombre, concederle entidad. Capaz que no: tengo poca tolerancia a la frustración y esto fue demasiado. Es como ir al traumatólogo con una pierna rota y que él te quiebre la otra. O sí: hay que aprender la lección. ¿Y cuál vendría siendo la lección? No lo sé. Mañana será otro día.
Rebota contra las paredes de mi cabeza la voz que le puse a Molly. Marion se narra intensamente. Me gusta, ando en ese plan. Onetti decía que leer el monólogo lo estimulaba sexualmente. Debería experimentarlo. Por cierto, ¿no es el arranque de La vida breve el reverso de Marion? Al otro lado de la cama, un publicista harto de serlo, piensa en la mujer que está a su lado. Tampoco se la puede coger.

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Sueño.
La excusa es, cuándo no, Kraftwerk. Toca en un parque de diversiones. Kraftwerk es así. Bien podría ocurrir. Pero Kraftwerk no anima el parque sino una compañía circense, gente elástica, pronta al humor físico extremo. Me gusta. A mis amigos, los otros siete u ocho que me acompañan, pareciera que también les gusta.
El paseo toma la forma de tren fantasma. En cada una de las estaciones hay distintas puertas, pasadizos, huecos que te chupan, cosas así. Viendo cómo le va a cada amigo en su decisión el impulso primitivo es buscar otra puerta, otro resultado. Pero no hay caso. Todos terminamos magullados, heridos, presas del terror.
Recuerdo vivamente una de las estaciones. Allí accedía a un cuarto muy pequeño. Tenía en la mano tres o cuatro cuchillos y un grupo de tipos, la tropa circense, me pegaba a puño cerrado. Yo podía defenderme pero tenía varios cuchillos en la mano. Si un cuchillo empuñado es un elemento de defensa, cuatro cuchillos en la mano son un estorbo. De hecho, quizá por el sudor en las manos, se me cayó uno. Noté que el castigo menguaba. Dejé caer el resto, dejaron de pegarme. Siguiente estación.
Todas eran pruebas de carácter, todas eran ejercicios de la crueldad. Sin embargo, casi como una metáfora de la vida, los caminos alternativos convidaban a pensar en el libre albedrío, sembraban falsas esperanzas.
La última estación era una especie de cafetería. Ahí estaba yo frente a una pizza, una tentadora pizza de cebolla y muzzarella, precisamente mi favorita, exhausto, agitado, tembloroso. Me faltaban fuerzas para arremeter contra la pizza pero era grato contemplarla, toda para mí. Pero como si hubiera bebido la cicuta empiezo a sentir un cosquilleo en los pies. Cuando ese cosquilleo desaparece no siento nada. Primero en los pies. Después en las piernas. Me ganaba la parálisis a paso lento pero sostenido y lo mismo parecía ocurrirle al resto de los parroquianos. Y la sospecha: eso que es un acting para ellos, es real para mí. La parálisis llega a mi cabeza, empiezo a perder la vista y el oído. Pero antes de la muerte perentoria escucho una voz. O más de una voz, no lo sé.
Esto te pasa por violento. Esto te pasa por pedante. Esto te pasa por degenerado.

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Al despertar, en vez de terror siento satisfacción. Parí una historia hermosa. Y me da risa. Así funciona mi cabeza. Es The Game más Cube más Seven, dice mi yo de la vigilia. El placer de reiterar, diría Onetti: así funciona mi cabeza.

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Jorge, puedo ofrecerle un turno mañana a las seis y cuarto. ¿o prefiere el lunes?
Y sí yo dije quiero sí

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