El triunfo radiante

Un hombre sin un plan, ¿es verdaderamente un hombre? Lo pensé un rato y la primera respuesta tuvo la voz de la angustia: un hombre sin plan no se desmarca demasiado de su condición animal, suspendió su condición histórica, carece de proyección, se enfrentará a numerosas dificultades por culpa del no haber estudiado escenarios, andará por la vida desnudo y a los gritos, hará la plancha con método y fascinación. Son diez minutos de desesperación. Después se me pasa, ni bien me doy cuenta de que ya hay brotes verdes, brotecitos verdecitos: ganas de cortarme el pelo muy corto y recuperar mi aspecto, de hacerme por fin una profunda limpieza de dentadura para volver a sonreír con esta boca maltrecha y de comprarle a mi madre un nuevo aparato de radio y jubilar a la vieja y querida Tonomac que ya ha dado todo lo que podía, un aparato con puerto usb, al que abrocharle un pendrive con la música que solíamos escuchar cuando éramos felices. Lo primero que me viene ala mente es Daniel Altamirano, que se cita con dios a la una; la excusa es una cena y la licencia poética viene dada por el horario. Dios tiene todo el tiempo del mundo, en cambio uno, el que canta, se queja de que la vida apura, como si estuviera al filo de suicidarse o algo por el estilo, y yo, que leo torcido, tiendo a pensar que lo que sobrevuela es el suicidio porque la enumeración caótica de la canción abarca un buen número de imágenes bellas, no exentas de melancolía, y yo pienso a este tipo le está pasando algo. Pero a lo mejor me pasa algo a mí, que empecé, bien que despacito, la colecta de canciones, y empecé, egoísta como soy, por las que a mí me gustaban. Entonces encaré la escucha de la Misa Criolla en la primera versión, la de 1964, y la experiencia me transportó a una dimensión aterciopelada. Era una asignatura pendiente y me felicité por leer después al respecto: la idea original de Ariel Ramírez, ese lado B que es demasiado festivo para ser una misa (y ciertamente no lo es, sino una obra independiente llamada Navidad nuestra o Nuestra Navidad, no pienso detenerme a chequear). Y también caí en Cafrune, que tenía una voz dulce de esas que enamoran, pero no me puse a escucharlo, no todavía, aunque ahora, mientras escribo a la carrera, tengo antojo de Virgen Morenita. Uno de estos días te contaba que el himno de mi provincia incluía una a línea, que en tiempos modernos, a caballito de la corrección política, se torno ofensiva y a mí no es que me parezca encantadora (no deja de ser un himno y las letras de los himnos son facturadas por gentes que tienen con la poesía una relación más bien contractual) pero me quedó muy grabada desde la infancia, sobre todo porque las maestras un poco se enojaban con nosotros, niños que cantábamos el himno provincial casi a grito pelado, como si fuéramos soldados, en desmedro del argentino, que nos costaba un huevo, , sobre todo hacia el final, donde la verba del poeta contractual gana vigor y dice el mar, el río, la pampa, los andes, arado y pluma bien juntos los dos, ha de alcanzarnos el triunfo radiante (y en esta parte el retumbe era ensordecedor y todavía me conmueve, EL TRIUNFO RADIANTE) bajo el auspicio benigno de dios, pero antes que eso, y y esto es lo que quería decir, anota sobre el pecho del tehuelche puso el sello el español. Papá y mamá son del norte y en el norte, más que el español, el que puso el sello es el cristiano, y yo no nací de un huevo, soy carne de esa carne y algo de fervor religioso semilló en mí, que ya de cachorro era un señorito dado a la contemplación de la belleza de las palabras, una palabra tuya bastará para sanarme, ¿no? Y por un momento me sentí como Amelie, que creía que en una cajita de recuerdos podía habitar toda una infancia, sobre todo en ese período en el que mi relato es de segunda mano, el que me contaron y en este punto de la exploración parece que es el único tramo feliz, yo creo que no, que si hurgamos un poco más voy a encontrar victorias parciales, de esas que se festejan con la boca grande, aunque hayamos perdido siempre, qué importa eso; la dimensión del éxito está mensurada por agrimensores que no somos nosotros. Es cultural, dicen, está de moda decirlo, ¡es cultural! y eso nos absuelve de todas las culpas, como si fuéramos niños y por lo tanto no nos cupiese una pizca de responsabilidad en el qué hacemos, en el cómo lo hacemos. Y va a quedar para alguno de estos fines de semana el segmento litoraleño, al que odio con todas mis fuerzas. Se supone que papá no es correntino como para que le guste el chamamé, de pibe eso a mí me enojaba mucho y me llevó un buen recorrido comprender que la inclinación por esa música ha venido degeneración en generación, y que fueron alemanes los que inventaron el bandoneón y el acordeón, alemanes y curas, porque el bandoneón es prácticamente un órgano portátil, y las misiones cristianas de altri tempi you know, entonces lo que empezó vehículo para la alabanza no tardó en convertirse en herramienta ala hora del recreo y de ahí las polcas, los valses, toda música que es ruido al oído de este esnob que ese par de rústicos criaron. ¿Cómo pudo ocurrir? Freud tiene palabras lindas para esto, pero crecer, sobre todo en ámbitos hostiles, es crecer en contra de algo. Yo me crié en contra de eso y entiendo que mi reacción fue precoz, enérgica, radical, y devine en un niño que sufría esas carencias, ¿cómo llamarlas? ¿culturales? Y todo de ahí en más se torna un poco brusco, ¿no? Es así, cuando tengo palabras el relato no es alambicado sino atrompicado, se va a la banquina, avanza campo traviesa, se enreda entre las matas, se astilla la piel con las ortigas, y también me dieron ganas de comprar un perfume caro y hacerme otro dibujo en la barba, cambiar de zapatillas y volver a la caminatas por nuestro Central Park del desierto, pero lo fundamental es, creo, ese empezar a volver a casa. Lo anterior no cuenta. Fue una misión de guerra. Antes de eso hubo un silencio demasiado largo. Volver sería volver muy atrás en el tiempo. Hay que volver y todavía me sangran las manos, no creas que es fácil, pero la onda es volver bien, a que me alcance el triunfo radiante, y puede que también deba tomarme un tiempo para poner discos de Leo Dan, Leonardo Favio, Nicola Di Bari, porque el gran desafío es sostener los términos del balance.

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