Sensini 

Roberto Bolaño le dedicó a Antonio Di Benedetto un cuento más o menos malo pero sentido. El autor de la mejor novela argentina era un sobreviviente, un tipo con un solo saco. En el cuento Di Benedetto se llama Sensini, vaya a saber uno por qué. Suena mal, sesea, termina en una insípida ene, la progresión e-i-i habilita a pensar en debilidad. Y ya no está Bolaño para preguntarle. 

Casualmente hubo un futbolista argentino llamado Sensini. Roberto Marcos. Arrancó jugando de 3 en Newells. Con el tiempo emigró a Italia, donde consiguió destacarse. Jugó casi hasta los 40 años. Llamaba la atención su versatilidad: podía jugar en cualquier puesto de la defensa e incluso como volante central. 

Durante largos años Sensini fue número puesto en cada convocatoria del seleccionado argentino. Como suele ocurrir, quizá por lo deslucido de su trabajo, quizá por su falta de carisma, quizá por los malos trazos de su rostro, Sensini era blanco fácil para la puteada. 

Sensini tuvo la mala suerte de cometer el penal que a la postre le diera el título de campeón del mundo a Alemania en 1990. Sensini cometió la impericia de quedarse enganchado cuando todos dieron el paso al frente a pocos minutos del final de la definición del oro olímpico en Atlanta 1996. 

Hay un lado Sensini de la vida. Una trayectoria impecable con dos manchas de dimensión oceánica, el sino de los hombrecitos grises que no están diseñados para la gloria. Sensini, Roberto Marcos. 

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