11/ Queda un tizón encendido

Una banda también es, entre tantas cosas, un matrimonio plurilateral y cabe esperar que las eventuales separaciones sean traumáticas. Sobran los ejemplos en la historia del rock & pop. ¿Por qué se separaron Lennon y McCartney? Minas; ¿Davies y Davies? por hermanos, por borrachos; ¿Hodgson y Davies? estilos; ¿Gilmour y Waters? egos; en todo caso, ¿por qué siguen juntos Jagger y Richards? Guita.
En el caso de Kraftwerk, estamos más o menos seguros de que son Ralf y Florian, a tal punto que hasta tienen un disco llamado así. En un segundo escalón tenemos a Bartos y Flür, que formaron parte de la banda durante quince años (más o menos entre 1975 y 1990). Ambos firmaron algunas canciones, no se limitaban a la mera ejecución.
Esos quince años pueden dividirse en dos aunque tal división no pueda trazarse en una fecha concreta: el tramo fértil y el tramo de la revolución tecnológica; hubo un tiempo para hacer discos y otro consagrado a la exploración de las nuevas posibilidades de las máquinas.
El caso es que Kraftwerk no realizó presentaciones en vivo entre 1981 (la época de la gira de Computer World) y 1990 (cuatro shows bastante caóticos en Italia); en el medio, sólo se publicó Electric Cafe, el más flojo de los discos del ‘catálogo’. No sabemos a qué se dedicó Kraftwerk en esa década aunque podemos imaginar largas horas de encierro en los estudios Kling Klang conectando las computadoras de la época a los primeros sintetizadores digitales, recreando, por ejemplo, The Robots. A resultas de esos trabajos se publicó The Mix, que es una suerte de grandes éxitos pero en versión digital. Nada demasiado interesante.
Entre tantas cosas, cuenta Flür en su libro que hubo un momento en que Hütter y Schneider parecían más interesados en el ciclismo que en la música. Sí, estaban elaborando el concepto Tour de France (un proyecto que tardó una década y media en consumarse). Y Bartos, por su parte, adujo que primó lo etario: estaba por cumplir 40 años y por cuestiones contractuales le debía una dedicación exclusiva para Kraftwerk, algo agobiante para quien se siente llamado a ‘crear’.
Bartos y Flür, que se dicen amigos, se fueron de Kraftwerk casi juntos y al día de la fecha hablan de la experiencia con un cierto rencor. Bartos no nombra Hütter sino del ‘único miembro de la formación clásica’; en el librito de su disco no menciona a Kraftwerk sino a ‘una banda de música electrónica de Dússeldorf’. Hay heridas que ni el paso del tiempo ha podido suturar. Flür fue más allá: escribió un libro, I was a robot, en el que factura todo su resentimiento contra Hütter y Schneider, que lo llevaron a tribunales y consiguieron una rectificación. Bartos no desmintió a Flür; sólo dijo ‘fue muy emocional’.
En 2009 el que abandonó el barco fue Florian. No dio explicaciones pero cabe imaginarlas: 40 años de matrimonio son demasiado para cualquiera. Pero Kraftwerk, contra todo pronóstico, siguió adelante; no fue el mismo pero los fans estamos acostumbrados a esos cambios de piel.
Hay quien observa que algo cambió. Hutter da más reportajes. Habla, poco pero habla, lo que permite suponer que fue Schneider quien impuso la ética del hermetismo que agigantó la estatura de la leyenda. No estuvo mal, no está mal.
Para el cierre quedan algunas preguntas: ¿qué será de Kraftwerk cuando muera Hütter? ¿habrá disco nuevo alguna vez? En próximas entregas vamos a reflexionar sobre eso.

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