Egodistónica

En fin, un día encaré la terapia. El camino no fue nada sencillo pero encaré, me dispuse al choque frontal con algo, no sé bien qué y es posible que nunca lo averigüe. Por esas cosas que tiene la vida, después de caminar muy despacio por las calles de Trelew, llegué a casa, puse al horno una pizza y me telefoneó un amigo. No cualquier amigo, mi amigo del alma. Hablé, cómo no, de ese día, el primero de los que me faltaban por vivir. Hablé largo. Siempre lo hago. Una hora con la psicóloga, una hora con mi amigo y experimenté la enjundia desbocada de la catarsis, que es como sacarse de encima un cago histórico, el largo cago de todos estos año. Boludo, me dijo él, abriste la caja de pandora. La puta, sí, qué hay dentro de la caja. Hay una neurosis marca cañón, que en las últimas semanas entró en una fase de escalamiento. Esa vocación de entenderlo todo que me acompaña desde que tengo memoria colapsó el sistema. Empecé a rascar el fondo de la olla y fue tremendo.
Me dejé llevar. Ya lo charlaré en terapia pero en principio estoy pagando el precio de haber sido un niño sobreprotegido. Al abrigo de las decisiones maternas me fui metiendo cada vez más en la cueva, mi cueva, la zona de confort y por cosas como esa es que necesitaba que alguien me socorra. ¿A qué psicóloga debería ir? Sí, debía ser mujer. Tengo la extraña habilidad de conseguir intimidad con las minas en dos o tres estiletazos; con los tipos no me funciona. Ni siquiera con mis mejores amigos. La madre, la zona de confort, vamos entrando en materia.
Y dejé que me asesorara una mina linda -a veces soy tan previsible- pero la concha de la lora, voy a tirar la puntuación al carajo porque necesito que el discurso se descalabre, es parte de este juego. Decía, dije, con toda inocencia, mina y linda, mina cantera, linda, que es un mérito que no le atañe pero algo dentro de los que piensan como yo dice que la belleza humana no ocurre por casualidad, es la recompensa de alguna otra cosa anterior. Premios y castigos, vamos entrando en materia. Ingenuamente porque las minas lindas suelen juntarse con minas lindas, pasa en todos lados, probablemente haya pasado en todas las épocas.
Entonces al consultorio y zas porque con este modo de trabajo que tiene el gremio de los psicólogos uno ni siquiera puede hacerse una idea de la cara que tiene el profesional. Uno no se amontona en una sala de espera y toma el primer contacto en cabeza de otra persona sino que toca timbre y alguien sin preguntar abre la puerta. Uno sube la escalera, cuenta los pasos, llega a un descanso y ve que hay tres puertas, una de las cuales incluye dos nombres y el detalle ‘psicóloga’ pero ninguna de esas es la que medio turno. Las otras puertas no tienen ninguna referencia. Tranquilamente podrían ser consultorios de psicólogos o incluso de otros profesionales de la salud. Pero no. Sería de mal gusto que unos se mezclaran con otros, ahora que lo pienso.
Y otra referencia: pase y espere ser atendido. ¿Paso? No puedo pasar si nadie me invita a hacerlo, vamos entrando en materia. ¿Paso? No sé qué hay al otro lado de la puerta. A lo mejor podría encontrar el escandaloso paisaje de otro paciente tumbado en el diván y a sus espaldas el terapeuta, la terapeuta, anteojitos, la vista perdida, una libreta en la mano, y sería más o menos como irrumpir durante el coito de dos que se quieren o incluso peor ¡de dos que se odian y se dan murra como si no hubiera mañana! Entonces me quedo en el descanso, esperando algo, no sé bien qué. Alguien saldrá, alguien me llamará.
Esta chica es rara, pienso. Intercambiamos varios mensajes antes de que ella me dijese Llámene después de las dos para convenir un lugar. Caramba. Ahora que lo pienso no he tenido una cita durante años y probablemente eso es lo que esté pesando en mi mochila. Un lugar, por qué no te venís a casa. Pero bueno, ellos son así, ella no es especialmente rara sino que actúa conforme a un protocolo que me resulta de lo más extraño pero alguna lógica tiene, ya voy a aprender.
Ahora que puedo declararme formalmente enfermo leo de otra manera. Cualquier cosa pero sobre todo textos de divulgación psicológica, esa maldita vocación de entenderlo todo que me arrolla como una tromba. Eso que traducen como transferencia en alemán también significa transmisión y contagio. Es descorazonador hablar sin entenderse por eso me divierten los malentendidos que surgen de la traducción. Todo lo que pasa, incluso esta revolución silente, pueden leerse como errores de traducción. De transmisión, de contagio.
Zas, es bonita. Muy. Mi cabeza a toda velocidad empieza a hurgar entre la memoria. Me recuerda a alguien pero ese alguien no es exactamente una persona sino una suma de personas amalgamadas en un ser superior. Se parece a Gabriela. Pero me cae bien. Se parece a Natalia, sobre todo en el arte de la nariz, qué es eso, arquitectura francesa. Se parece a una mina que vi una sola vez en mi vida en la estación Malabia de la línea B de subte. O en la terminal de Rosario mientras yo estaba con otra. Y ese corte de cejas yo lo vi antes o quizá lo haya soñado o es el que Gri tenía la mañana en que tuvimos que forzar el silencio para que nos descubriese el portero. Y ese modo de colocar la voz, que no se le da por teléfono, yo también me siento un estúpido, especialmente cuando me toca hablar a contestadores automáticos, a porteros eléctricos, o cuando tengo que tipear los veintipico números de una clave bancaria.
Dijo qué te trae por acá y pocas cosas más. Se equivocó en la fecha y estuvo muy bien, yo tampoco sé en qué día vivo pero en mi afán de crear alguna complicidad, zas, es bonita, le dije Agosto es el más largo de los meses. Dijo qué te trae por acá y a ver por qué te parece el más largo de los meses, pero yo eludí la segunda parte de la pregunta porque en realidad no tenía una buena respuesta para dar. Taras: soy un enfermo de ordenar el discurso, ¿siempre habrá sido así o desde que me dedico a poner las cosas por escrito? Superstición, dije, supersticiones, tengo muchas, mis padres son del norte y ¿por qué tu hermano dijo que tu padre se estaba muriendo? supersticiones y desesperación, vamos entrando en materia.
Me apabulla la propensión a reglamentarlo todo. Protestaría. Hay algo maravilloso que se llama ‘corte de sesión’, el famoso ‘dejamos acá’. Por lo que tengo estudiado, el corte respeta las puntuaciones del discurso. Eso lo encuentro maravilloso, porque el buen decir responde a determinadas convenciones que algunos hemos aprendido a mazazo limpio, y algunos de esos algunos hemos perfeccionado hasta dar con un pretendido buen decir. Y yo soy faulkneriano. Me encantan las enumeraciones, las descripciones morosas, las subordinadas, los bruscos cambios de ritmo, las variaciones -en el sentido musical del término-, la a veces enfermiza búsqueda de la palabra exacta en la que todo quepa. Todo, ¿qué será todo?
Agosto es el mes más largo por lo siguiente. Durante el año sólo hay se suceden dos meses de 31 días, julio/agosto, diciembre/enero. Dos meses seguidos de treinta y un días -va en letras para que parezca que son menos- en pleno invierno, a quién se le ocurre, llega el momento en que uno mira desesperadamente al rincón buscando alguien que nos tire la toalla. Superstición, desesperación, certezas que nos visitan a horas inoportunas.
Vivencia egodistónica. Verse con los ojos de otro. No en, con. La institutriz de la neurosis.
Porque me habría encantado tener esa filosa una semana antes, ahí, cuando me la demandaban, porque eso sí es empezar con el pie derecho y no las dubitaciones con las que yo entré porque para empezar hay que encontrar un idioma, desprenderse de los sobreentendidos, y el cara a cara es agotador. Yo quiero decirlo todo de una vez pero al mismo tiempo me hamaco en eso que vos llamás orden del discurso, vos me empujás a que no lo ordene, voy vengo y me repito, procuro no lastimar pero lastimo, lo sé porque te estoy viendo, noto cuánto te cuesta sostener la mirada, entonces dosifico el acicateo, manipulo la puntuación, me entusiasmo cuando encuentro calles narrativas cuesta abajo, estoy en pose y se me nota, quiero impresionar y
Es tierna. Me dio una hora. Lo supe en la calle, cuando vi el reloj, antes era imposible: el río tiene su propio reloj, que acelera o desacelera a placer, lo mismo uno cuando habla. Entonces me cruzo con el paciente anterior y el posterior. Eso no está bueno. Quiero decir: primera sesión, la puntuación, todo perfecto, pero fijate que lo mío es un camión atmosférico. Deberías tomarte cinco minutos. Diez minutos. Pensar en cosas lindas, recuperar la postura. Tal vez los otros ya estuvieran en etapa de diván pero sufro de pensar el día en que me toque estar en el diván después de una sesión como la mía, que por lo demás fue muy grata, como aquellos partidos del Barcelona de Cruyff, que se jugaban casi todo el tiempo en campo contrario, toque y explosión, y de tanto en tanto una contra que lo tomaba a Ronald Koeman mal parado y estábamos a la buena de Zubizarreta, que era bastante maleta, imaginate en frío. Eso: cuando me toque el diván voy a estar a la buena de Zubizarreta, tengo las espaldas más largas del mundo. Vamos entrando en materia.
Acá, a esta hora, la próxima semana, sí. Pero hay tiempo para una canción más, la de los pasos perdidos. Del otro lado de la puerta descubro que estoy perdido. En realidad no descubro, estoy perdido y ya. Hay cuatro puertas y estoy perdido. Otra vez, me reprocho. Tengo una relación conflictiva con el espacio. Ella sale a mi rescate. Ya vamos a conversar de esto.

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Un comentario en “Egodistónica”

  1. leo tu notas, sigo el paso a paso del proceso, no se si por chusma o curiosidad por saber como nos obsesiona de distintas maneras nuestras mentes. Me imagino invisible en una sesión observando las caras de los relatos y la recepción. con la posibilidad de poder leer los pequeños apuntes de la Licenciada.
    Creo que yo también debería buscar mi “espacio” ….

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