Lo sé, digo demasiadas veces que sí

¿Y si la dejo?
No es que en verdad lo piense pero parte de mi vivir es invertir mucho tiempo en proyectar escenarios. Y uno de esos escenarios, sobre todo ahora, que no estoy contento (aunque no sabría decir cuánto hace que no estoy contento; es más, ¿qué es estar contento?), no con la terapia, o sí, con la terapia, no me doy cuenta y estoy enojado, es un enojo levísimo, el que podría permitirse un lord inglés, un neurótico que hace menos de un mes sufrió un brote y comenzó a tratarse, un tipo como yo, baja tolerancia a la frustración y demasiadas frustraciones acumuladas. ¿Y si termino con la terapia? ¿Cuánto hace que no termino algo? Hace mucho que no concluyo algo. Y por un segundo pienso en que cesar algo es una manera de concluirlo. Pero qué pedazo de cobarde, por qué no te mirás un poco en el espejo, ¿no?
Pues bien, ¿qué debería uno esperar de la terapia? Si yo fuera otro, ya que hablamos de imposibles, ser otro, pretendería que me traten bien. Yo soy una máquina de tratar mal a la gente. Ese es mi andar robótico. Supongo que con el tiempo esta faceta se agravó. Tengo a mis amigos cada vez más lejos: por muerte, por ausencia, por cambio de costumbres. O sea que paso cada vez más tiempo solo, que apenas si sociabilizo en ámbitos que me son claramente hostiles: oh, el trabajo, qué manera de odiar gente, ¿cuántos son? una carrada. A todos por igual y a cada uno por su nombre. Entonces lo que yo esperaría es que me traten bien. Pero qué, ¿alquilaste una puta? No pero.
Pero sí, la cura de amor es de amor es la cura, ¿no? Pago para que una vez por semana alguien me escuche hablar, para que dentro de lo posible interrumpa poco, para que me desafíe sin hacerlo, para que ponga cara de entender cuando no lo está haciendo, se te nota en la cara mascarita, todos deberíamos de llevar una rosa al altar de la matemática o prenderle una vela o bailar un camaruco, ¡la matemática sirve para que todos nos entendamos! y el lenguaje, mamita querida, el lenguaje, que no es la lengua, ni las lenguas ni los dialectos ni las jergas sino un corpus incorpóreo construido con ladrillos de bosta, señuelos, tabiques de durlock, paja, greda, sudor, sangre de heridas autoinflingidas, el suspiro último del que se colgó de una viga, la humedad de la concha de la madre que te parió, el modo en el que acordonás los zapatos, el olor del pan recién horneado, la comezón de la pimienta, un grano mal rascado en el justo medio del cachete de un culo, el silencio, la levantada de cejas, el bostezo, palabras, listas de correo, restas con dificultad, etcétera, y cosas que uno se olvida, imprevistos, ¿tenés un hijo? ¿le pasó algo?
O sea, por mucho que parezca que no, yo soy un ser humano y me angustio por la suma de cosas, sobre todo de cosas malas, de cosas terribles, que pueden ocurrir y yo no me entero. Quiero decir: parte del contrato de intimidad supone que yo admita cosas inconfesables, que hable sin vergüenza de las vergüenzas y también que calle, sobre todo que calle, sobre todo que calle en el momento inoportuno, para que vos anotes una cosa en el cuadernito, ¿tiene tinta la birome? escribís un montón, me incomoda, reduce el flujo, siembra ideas que pueden devenir tóxicas, es que todavía no nos conocemos, ponete un segundo en mi lugar.
Cinco semanas, dos cancelaciones, dos violentos cambios de horario, siempre dije que sí. ¿Ese es mi problema? ¿Digo demasiadas veces que sí? Yo lo llamo el síndrome del perro pateado. No importa quién sea el que me pateó alguna vez, tengo miedo de me den otra patada, presiento que no sería capaz de sobrevivir. Ya lo sé, otra, más vieja, más boluda, infinitamente menos linda que vos, me dijo alguna vez: regla número uno, no soy otra en la serie, metete eso en la cabeza, convencete, hacemeló sentir. Gran enseñanza, eh, no tiene sentido medir en términos de otro, medirte en mis términos, que me midas en los tuyos, yo soy nuevo en esto y estoy aprendiendo, la nueva codificación me resulta resbaladiza, alguna vez una mina, otra, profetizó que yo nunca podría aprender a manejar coches, lo dijo sin anestesia, y yo a las minas tiendo a creerles todo, me he metido hasta el caracú con la mina equivocada por darle bola a lo que decía otra, entonces sí, nunca voy a aprender y no me jode, me voy a meter otra vez con una sólo porque me gusta el modo en que respira, una cierta manera de decir buenos días, tejer complicidades es lo más simple del mundo, lo difícil es confiar, darse y yo me doy y me encuentro con este desplante que no sé bien cómo manejar, ¿siempre vas a jugar a cambiarme el ritmo? Sí, es posible que sea lo necesario para cambiar el disco, poner otro. Otra música.
Paró mi viento interior. Por fin. Pero otra vez me cambiaste el horario y yo dije sí, esta vez me tuteaste y yo para mis adentros dije Ya casi estamos en materia, pero el otro viento, el de afuera, saluda con marcado énfasis al flamante equinoccio y yo camino por las calles de Trelew rumbo a tu encuentro con el ceño fruncido, los puños apretados, los labios ebrios del beso seco del desierto, toco el timbre dos minutos antes de la hora de la cita (sí, soy muy puntual) y estoy un poco enojado, una rabieta silente, que todavía no sé si decir o no, aunque no tenga demasiado sentido el planteo, el discurso va a delatarme, voy a pedir justificaciones o, perdonavidas como soy, quizá diga no me importa lo que hagas, el análisis funciona como una caja negra.
Una puerta se abre, una escalera se ofrece, una sala de espera perfumada, una mesa ratona con revistas Quid, ¿cambiaste de consultorio? La música está muy fuerte pero en el hueco entre canción y canción escucho la voz de una mujer en el exacto momento en que dice Él se iba con sus amigos, olfateo cuernos, lamento de antemano tener que compartir espacio por un segundo con esa otra paciente conjetural que ha traído su camión atmosférico a sede psicológica, pero otra puerta se abre, y esta vez sí, sos vos que decís Adelante y qué bonita estás hoy, soy el primero, estás radiante en blanco y negro, la puta, me adelantaste el horario y no tuve tiempo de planchar mi mejor camisa, la que me regaló la otra, la que me enseñó aquello de la una y la serie, tomá asiento, ¿de qué estábamos hablando?

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