La revolución de terciopelo

Viste que hay gente que va al psicólogo a pedir consejo, yo no sé, por qué mejor no se buscan un tarotista, un cura, o es que acaso no tienen los suficientes amigos. Yo tengo bastantes amigos, eh, menos de los que me gustaría, quién no, es que, superado cierto umbral etario, agotada la posibilidad de nuevas aventuras, cómo se hace para conseguir nuevos amigos. Ni siquiera nos queda el correo de lectores de la revista Flash, ¿sigue saliendo? Vos ni siquiera habías nacido. Sin embargo hasta no hace demasiado tiempo estaba en radio Rolando Hanglin con un programa involuntariamente cómico en el que la audiencia llamaba por teléfono ofreciéndose para conseguir pareja, algo así como un aviso clasificado pero dicho con la propia voz y describiendo el objeto en esas tres o cuatro líneas que uno considera relevantes, tipo soy Jorge de Trelew, tengo 41, soy profesional, llevo una vida saludable, tengo dos mil películas y busco señora o señorita de entre 20 y 40 años para relación seria o banal, lo que se dé, mi correo electrónico es unmarloparatucacerolita@hotmail.com Gracias. Y ni el conductor ni la coconductora, Florencia Ibañez, se reían, que es la clave de las comedias que funcionan, que los actores no se rían, cualquier mueca en esa dirección denotaría que se trata de una puesta en escena: todos sabemos que lo es pero ponemos una cuota de fe poética al servicio de el momento, así debería ser siempre, ¿no? Entonces, decía, maldita la hora en que yo buscase consejos, realmente no me interesan, no porque los necesito en un sentido demasiado global, distinto sería que yo buscase ayuda para escribir esta nota. Sé que no hay nadie que escriba como yo pero sí que hay gente que ayuda a leer mejor, a pulir esas terminaciones rugosas que atribulan al tacto. Compré un teléfono para mi hermana, ni me fijé en cuánto anda mi deuda, simplemente dije a la carga y fui, lo que es una avance, no vayas a creer, en casa éramos muy de la idea de cuando juntemos unos pesos, ¿sabés cuándo vamos a juntar unos pesos? Mañana. Y mañana es nunca. Entonces mejor no pensar en esa clase de cosas. Improvisé un embalaje con mis propias manos. Un papelón. Quedó torcido, mal pegado, pero sentí, mientras lo hacía, que eso era una especie de rúbrica, de marca de autor. Soy torpe, qué le voy a hacer, soy atolondrado, me cuesta mucho aprender. Si hiciera cincuenta envoltorios aprendería. Si hiciera doscientos lo haría muy bien. Pero la verdad es que difícilmente haga otro envoltorio en lo que queda del año y quién sabe el próximo. Lo mismo con un mueble que tenía hace meses en casa y me dispuse a armarlo, total era sábado a la mañana y sonaba algún show de Kraftwerk, alguno de mis favoritos, a todo volumen, ¿te conté que viajo a verlos? Fue imprevisto. La noticia me tomó por sorpresa, recién llegado de la guerra y yo, que no creo en dios ni en la predestinación, sino en las relaciones de causa y efecto, en las continuidades, en los patrones, yo, que desde que hago terapia y puedo observar mi relato desde otra dimensión me voy aproximando al concepto de rizoma, que acuñó Deleuze, y por vueltas que le diese no podía y no podía, también es verdad que el que abrió la puerta fue un filósofo que lo explicó en mensaje llano, un texto que disfruté mucho, porque es como la novela luminosa de Levrero, es Deleuze y yo, o por qué sobre Deleuze no se puede decir casi casi nada y arranca diciendo algo así como yo, que antes estudié ingeniería agronómica bla, y claro, el rizoma es una forma especial de la raíz, y yo me acordé de las tardes en los veranos de mi adolescencia, las primeras, las más sacrificadas, cuando con el viejo tumbamos árboles y tuvimos que desentrañar un nido de raíces que era verdaderamente infernal, por acá y por allá, largas, de todos los grosores posibles, lo mismo que ahora, que el relato se desboca y es precisamente eso, rizomático, salida, llegada y transcurso, hay que desactivar, sugerís, de esa manera singular que tenés de marcar los puntos negros sobre la piel verbosa, y yo creo que sí, que ya es bastante tiempo de habitar un discurso que me es ajeno, que ayudó en alguna época, que totemicé, así funciona la figura del padre, sobre todo el mío, patriarca déspota, sabio y croto, que encontró en un discurso que probablemente heredó de su padre un conjunto de eslóganes que a él lo acompañaron todo lo que duró su viaje, quizá eran útiles, quién dice que no, pero en mí son una rodilla que cruje, y se cruje duele, y se duele uno, en defensa propia, camina mal, se estropea el pie, la cadera o, como ocurre con algunos músculos, encuentra una posición en la que el dolor no duele, es como un calor desproporcionado en una parte del cuerpo, pero sin pinchazo, sin marea, sin desgarro, sin ardor, un dolor suave como un nido caliente, quietud, inmovilidad, parálisis, entonces me puse en acción y me embarqué en lo que nunca, armemos esto, qué tan difícil puede ser y ni bien abrí la bolsa con los clavos, los tornillos y los herrajes me di cuenta de que la cosa no sería sencilla, sobre todo porque los manuales de instrucciones, qué les cuesta, no pasan de una hoja, los gráficos tiene una definición paupérrima, entonces tengo a todas mis tropas y no sé bien cómo ordenarlas, sí que sé, con paciencia, pero para atornillar y respeta los rigurosos noventa grados hace falta una mano más, o dos y a mí las mías no me acompañan y de golpe vuelvo a sentirme miope otra vez. Así funciona la miopía. Uno ve menos, comete errores, se golpea, se lastima, toma nota, la próxima vez activará alertas, tomará recaudos, pero eso equivale a llenar el baúl de un auto con todas las herramientas que uno podría necesitar ante un percance. Se puede, claro, es un curso de acción posible, pero es poco eficiente. La reacción ante la ineficiencia es violenta por reflejo. La respuesta a una reacción violenta es otro machucón, otra laceración y yo no termino de discernir si el tornillo que atornillo respeta o no la escuadra. Te decía, me gusta que sea suave, que brote de a poco, clavos, tornillos, herrajes, soldados de una revolución sin trauma, con bastón, soporte, back up, rehabilitación. La próxima voy a traer una mejor sonrisa. Prometo solemnemente.

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