Llueve 

Llueve. En condiciones normales amaría la situación. Pero estoy yendo al trabajo, estoy algo de maltrecho de salud, llevo mis mejores pilchas y me importunan los autos. Vivo en la parte alta de Trelew. Acá el agua caída corre a gran velocidad y no importa la belleza de la lluvia tenue y persistente: fue una noche dura y las cunetas son arroyos que marchan a toda prisa. Hay pocas veredas, ir por la calle a primera o última hora expone al peatón a un resbalón, una caída, un charco inadvertido, el revoleo de agua de un automovilista sádico, valga la redundancia. 

Crecí en un pueblo del desierto. 200 milímetros de precipitación anual. Crecí en la parte baja de un barrio de calles de tierra. El agua hace sus propias cunetas y el patio de mi casa era un modesto océano de aguas marrones adonde ir. Pero la tierra absorbía y en un par de días ya hacíamos vida normal. 

Ahora mismo odio el barro. Me parece algo siniestro. Que en mi barrio no hubiese veredas es normal, tampoco había cunetas. Yo tenía bigote y todavía no había llegado la red de gas. En cambio acá, lo que no existe es planificación del desarrollo urbano. Hacer una vereda es tirar la plata. Este año o el que viene el gobierno anunciará una obra muy necesaria y volverá a romper todo. 

Y volverá a llover y diremos que es la peor lluvia de los últimos cuatrocientos treinta años. Total, quién sabe. 

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