El devenir gentil

Aunque mis conocimientos en la materia son frugales, soy admirador de la cultura japonesa. Cualquier cosa que uno vea en la actualidad eventualmente tiene vínculos con algo que los japoneses hicieron hace siglos. Hasta el bondage, por decir lo primero que me viene a la mente.
Entonces, a propósito de la medalla olímpica de Paula Pareto, indagué un poco más sobre el judo, ese deporte que uno, un occidental de fines del siglo xx, mira sin comprender. El judo, dicen, se vale de dos principios básicos: el principio de no resistencia y el del equilibrio.
Uno puede aproximarse a la idea del equilibrio sin demasiados rodeos, está presente en casi todos los órdenes de nuestra vida cotidiana. En cambio, el principio de no resistencia resulta un poco más esquivo.
Hay intuiciones: uno puede darle flor de empujón a una puerta cerrada. Si tiene la bastante fuerza la derribará pero lo más probable es que acabe rebotando por el uso de su propia fuerza. Ese rebote pone en peligro el equilibrio. En realidad ese equilibrio ya había sido puesto en peligro cuando destinamos una determinada cantidad de esfuerzo al servicio de una empresa incierta.
O sea: para prevalecer hay que poner en riesgo el equilibrio. El judo encadena una sucesión de equilibrios perdidos y recuperados. Ahí viene el principio de no resistencia. Cuando el judoca es atacado debe ceder a la fuerza de su oponente. Con ello anula el esfuerzo contrario, ahorra energías y facilita la conservación del equilibrio.
Es relativamente fácil decirlo pero se trata de un ejercicio de alta complejidad pues existe un impulso instintivo a resistir. En eso somos fieles a la animalidad de nuestra estirpe. Pero lo racional de nuestra estirpe fue capaz de entender la física, que es muy clara al respecto: ante el choque de dos fuerzas contrapuestas prevalecerá la mayor generando un efecto de adición.
Cuando volví a casa las cosas no estaban bien y con el curso de los días la situación, lejos de solucionarse, se agravó.
Ahí me tocó valerme de uno de mis talentos: la observación. Soy corto de vista, estoy por fuerza obligado a mirar fuerte. Por lo demás, soy dueño de una mente más analítica que sintética. Una de las fuerzas que me mueven es el concepto perequiano: voy a agotar este lugar de tanto mirarlo.
Tomé nota de lo que pasaba. Estábamos muy enojados con lo que pasaba. La irritabilidad de todos los actores involucrados no hacía más que rebotar en el comportamiento de mi padre que, de a ratos, en sus momentos de lucidez, no se privaba de amenazarnos. De la violencia verbal a la física, se sabe, hay sólo un paso.
Éramos nosotros dándonos de lleno contra una puerta cerrada.
Una y otra vez.
En algún momento -que no sabría definir con precisión- me di cuenta de esto que es tan obvio: la situación se nos iba de las manos por nuestros propios errores. Junté a mi tropa y les dije: de acá en más vamos a tratarnos bien; todo van a ser buenas noticias, a las malas las vamos a manejar en privado; no vamos a hablar de enfermedad; nos vamos a meter en el culo el enojo. Ojo, que el barco se hunde, eh.
Como era de esperar, el discurso no dio resultados inmediatos. Debimos soportar el empujón de un oponente mucho más fuerte que nosotros, pero de a poco nuestro equilibrio se recompuso. ¿Cómo? Reduciendo al mínimo la belicosidad, que todo lo malo que tenga que pasar, pase; que pase cuando tenga que pasar, que eso no es cosa nuestra. Pero no vamos a hacer a nuestro oponente más fuerte de lo que es. Recuperado el equilibrio, después vendría el momento de arriesgar. Pero no antes de hacer pie.
Por esas cosas al judo lo llaman ‘el arte gentil’. Lo supe después. Antes, en pleno quilombo, mi hermana ponía en boca de su pareja esa misma clave, que en tono campechano se dice: nosotros sí somos gente.
Esto se ve mejor en una imagen que le atribuyen al padre del judo, un hombre del siglo vi. El tipo dedicaba los inviernos a la meditación. Para eso emprendía caminatas en las que observó la nieve sobre los árboles. Las ramas gruesas se quebraban bajo el peso de la nieve acumulada; las más delgadas, en cambio, cedían a la presión: se doblaban sin quebrarse, dejaban caer la nieve y recuperaban su posición normal.
El ejercicio de la sutileza nos convierte en animales gentiles. Si cedemos a la fuerza de nuestro oponente, su propio ímpetu lo va a arrastrar. A veces nos tienen que pasar cosas horribles como para apreciar algo tan sencillo en su complejidad. De ahí vengo.

12/ Los Kraftwerk argentinos

Argentina nunca fue demasiado receptiva para con la música electrónica de cuño local. Quizá se trató de falta de talento (lo cual no es de desdeñar considerando la calidad del panorama argentino en general o extendiendo el análisis al cine o la literatura) o del escrupúlo comercial de las discográficas, que entonces y siempre han privilegiado los productos de rápida penetración en detrimento de cualquier posibilidad de riesgo.
Hoy en día lo que todavía circula y con relativo éxito es el tango electrónico, que encuentra sus más destacados exponentes en Tanghetto y Narcotango, y a Gotan Project y Bajofondo entre los de mayor difusión comercial.
Otro grupo, del que todavía no he tenido ocasión de escuchar nada (y tampoco es que me desespere por hacerlo), es Ultratango, la banda de los hermanos Leo y Gastón Satragno, mejor conocidos como los hijos de Pinky y Raúl Lavié, que allá por 1990 incursionaron en la música electrónica durante los primeros estertores de la movida en el país. De aquella época sobreviven, aunque parezca mentira, The Sacados y Machito Ponce, que al día de la fecha se ganan la vida haciendo giras por Latinoamérica.
La vieja banda de los Satragno, que según la eyenda en algún momento estuvo integrada también por Bahiano y Juanchi Baleirón, no dejó ninguna canción para la historia pero al menos en la tapa de Signophono, uno de sus discos, asentó su vocación kraftwerkiana. Nada grave, el episodio no pasó a mayores.
https://www.youtube.com/watch?v=KWDtDVwS0mI

Sentir algo que nunca sentiste

La angustia tiene voz. Para oírla basta con dejar la casa en silencio. Basta suspender cualquier cosa que uno esté haciendo. Si hace bastante silencio podrá escuchar la respiración, las actividades de mantenimiento del aparato digestivo, el tránsito sanguíneo. Acto seguido se sentirá débil, indefenso, e inevitablemente volverá a pensar en eso que lo aflige.
Cuando me di cuenta de eso le pedí a mi madre que ponga música, que prenda la radio, que prenda la televisión, que converse, no importa de qué. No dejemos que la casa quede en silencio. La música es un buen sostén. Ahora que *aquello* ha pasado estoy pensando en que debería comprarle a mamá una radio sencilla pero que tenga entrada usb y un pendrive. El siguiente pasa es buscar en internet la música que le gusta a mi padre: chamamé, polca, valsecitos criollos, algún tango, el folclore de los ’60, cosas así. Una magia modesta.
Una tarde mi hermano me lo pidió a mí. Qué querés escuchar, le dije. Algo con onda. Puse música electrónica y no funcionó. Algo copado, insistió. Yo siempre vuelvo a Cerati.
Hoy pienso en esa canción tremenda que fue, que sigue siendo, Té para tres. A esa canción Gustavo la escribió pasando un momento como el mío. ‘Te vi que llorabas por él’ lo escribió pensando en su madre y él es su padre. En su momento la odiaba, es espinetteana pero a todos nos ocurre aprender.
En mi elección fui menos obvio. Puse Lago en el cielo en la versión del festival de Viña del mar de 2007. Esta otra es una canción que me cala hasta lo más profundo. No sólo es bella, también fue la última que Gustavo cantó sobre un escenario aquella fatídica noche de Caracas.
Siempre encontré significativa que fuese la última por su contenido. Parece otra estúpida canción de amor pero en realidad es un diálogo entre el hombre y la divinidad, el diálogo feliz entre dos que se comprenden. El tiempo es arena en mis manos, tu tiempo es arena en mis manos, querido Gustavo, y ahora quiero que vengas conmigo.
Hoy te apuré, estaba tan sensible. Y por sensible, enojado con lo que me pasaba, enojados con lo que nos pasaba: la enfermedad, el duelo trunco, las noches sin dormir, los filosos bordes de la depresión; por eso la ira, los dientes apretados, los disparos en falso.
Mi hermano tiene una instrucción rudimentaria, no era el caso que me pusiera a explicarle la letra. De todos modos no hizo ninguna falta. Perdimos la vista para concentrarnos en el sonido y antes del chururururú volvimos a cruzar miradas. Teníamos los ojos húmedos.

https://youtu.be/9yoPMChej_k

11/ Queda un tizón encendido

Una banda también es, entre tantas cosas, un matrimonio plurilateral y cabe esperar que las eventuales separaciones sean traumáticas. Sobran los ejemplos en la historia del rock & pop. ¿Por qué se separaron Lennon y McCartney? Minas; ¿Davies y Davies? por hermanos, por borrachos; ¿Hodgson y Davies? estilos; ¿Gilmour y Waters? egos; en todo caso, ¿por qué siguen juntos Jagger y Richards? Guita.
En el caso de Kraftwerk, estamos más o menos seguros de que son Ralf y Florian, a tal punto que hasta tienen un disco llamado así. En un segundo escalón tenemos a Bartos y Flür, que formaron parte de la banda durante quince años (más o menos entre 1975 y 1990). Ambos firmaron algunas canciones, no se limitaban a la mera ejecución.
Esos quince años pueden dividirse en dos aunque tal división no pueda trazarse en una fecha concreta: el tramo fértil y el tramo de la revolución tecnológica; hubo un tiempo para hacer discos y otro consagrado a la exploración de las nuevas posibilidades de las máquinas.
El caso es que Kraftwerk no realizó presentaciones en vivo entre 1981 (la época de la gira de Computer World) y 1990 (cuatro shows bastante caóticos en Italia); en el medio, sólo se publicó Electric Cafe, el más flojo de los discos del ‘catálogo’. No sabemos a qué se dedicó Kraftwerk en esa década aunque podemos imaginar largas horas de encierro en los estudios Kling Klang conectando las computadoras de la época a los primeros sintetizadores digitales, recreando, por ejemplo, The Robots. A resultas de esos trabajos se publicó The Mix, que es una suerte de grandes éxitos pero en versión digital. Nada demasiado interesante.
Entre tantas cosas, cuenta Flür en su libro que hubo un momento en que Hütter y Schneider parecían más interesados en el ciclismo que en la música. Sí, estaban elaborando el concepto Tour de France (un proyecto que tardó una década y media en consumarse). Y Bartos, por su parte, adujo que primó lo etario: estaba por cumplir 40 años y por cuestiones contractuales le debía una dedicación exclusiva para Kraftwerk, algo agobiante para quien se siente llamado a ‘crear’.
Bartos y Flür, que se dicen amigos, se fueron de Kraftwerk casi juntos y al día de la fecha hablan de la experiencia con un cierto rencor. Bartos no nombra Hütter sino del ‘único miembro de la formación clásica’; en el librito de su disco no menciona a Kraftwerk sino a ‘una banda de música electrónica de Dússeldorf’. Hay heridas que ni el paso del tiempo ha podido suturar. Flür fue más allá: escribió un libro, I was a robot, en el que factura todo su resentimiento contra Hütter y Schneider, que lo llevaron a tribunales y consiguieron una rectificación. Bartos no desmintió a Flür; sólo dijo ‘fue muy emocional’.
En 2009 el que abandonó el barco fue Florian. No dio explicaciones pero cabe imaginarlas: 40 años de matrimonio son demasiado para cualquiera. Pero Kraftwerk, contra todo pronóstico, siguió adelante; no fue el mismo pero los fans estamos acostumbrados a esos cambios de piel.
Hay quien observa que algo cambió. Hutter da más reportajes. Habla, poco pero habla, lo que permite suponer que fue Schneider quien impuso la ética del hermetismo que agigantó la estatura de la leyenda. No estuvo mal, no está mal.
Para el cierre quedan algunas preguntas: ¿qué será de Kraftwerk cuando muera Hütter? ¿habrá disco nuevo alguna vez? En próximas entregas vamos a reflexionar sobre eso.

10/ ‘No saben que les traemos la peste’

Mitologías.
Hay una foto famosa que corresponde a un concierto que Kraftwerk dio en The Ritz (New York) el cuatro de agosto de 1981. En ella puede verse a Ralf Hütter, agachado, ofreciendo al público un miniteclado. Con el tiempo, la leyenda ha querido que esa imagen constituya un mensaje: ‘cualquiera puede tocar música electrónica’.
Yo no me atrevería a formular un aserto semejante. Desde hace unos meses tengo instalado en mi computadora un programa llamado FL Studio y apenas puedo meter algunos ruidos. Salvedad: soy un tipo atolondrado, carezco de los rudimentos necesarios para programar una batería electrónica. Pero caramba, es cierto que en unos pocos gigabytes entra una cantidad infinita de sonidos que con un poco de maña cualquier tipo de a pie puede combinar.
Por lo demás, a falta de mayores referencias, y a juzgar por el tamaño del aparato involucrado, podemos imaginar que se trata de Pocket Calculator, el último de los bises de aquella noche.
Llamativamente o no, entre el público que se aprecian en la foto hay varios rostros afroamericanos, lo que, según cuentan los historiadores de la música, no fue gratuito. Así como en Europa Kraftwerk penetró en un segmento más intelectualoide, fascinado por la filosofía futurista, Estados Unidos fue más permeable a las posibilidades de las máquinas orientadas a ritmos más bailables.
Entre los asistentes al show estuvo Kevin Donovan, mejor conocido como Afrika Bambaataa, que unos meses después publicaría Planet Rock, con samplers de Numbers y Trans Europe Express. Una golondrina no hace verano. Otros ecos hubo en Detroit. Nacía el electrofunk, que más adelante se habría de conocerse como música techno.
Quizá en el aeropuerto Schneider le dijo a Hütter ‘No saben que les traemos la peste’. O algo muy parecido.

9/ El llamado de un acorde feliz

Hay cosas que uno no tiene manera de imaginarse, por ejemplo cómo habrá sido crecer en Alemania durante la posguerra. Karl Bartos nació y creció en Berchtesgaden , un pueblo de los alpes bávaros, durante la ocupación inglesa. Su madre cantaba canciones del folclore bávaro; él, casi naturalmente, se inclinó por el rock británico. Le llegó la epifanía con el primer acorde de A Hard Day’s Night. De los Beatles saltó a los Stones y tuvo una banda que hacía covers de los Kinks. Atendió al llamado de la selva y estudió percusión en un conservatorio, alternando a Beethoven con Stockhausen.
El siguiente llamado fue telefónico, era un tal Florian Schneider, de Kraftwerk; no cualquier Kraftwerk, el del un recién parido Autobahn. No pudo llegar en momento más oportuno. Si uno se toma el trabajo de escuchar los discos de Kraftwerk en orden cronológico se da cuenta de que precisamente en ese momento estaba criándose el caldo de cultivo de una obra potente. ‘Ralf y Florian estaban buscando una identidad’, dice el pibe que, como cualquiera de nosotros, escuchaba rock británico.
Construir algo en la posguerra supone ponerle el rostro propio. Y para eso, antes, hay que ser capaz de ver ese rostro. Pero Bartos no abunda en detalles. Después de todo, ‘no se puede hablar sobre música, a cada sonido cada quien lo escucha diferente’.
Bartos tomó parte de Electronic, un proyecto de Johnny Marr y Bernard Sumner que, pese a los nombres en juego, no tuvo mayor éxito. Tampoco hizo una gran carrera como solista pero todavía gira por el mundo. Le preguntan, Karl, ¿por qué seguís tocando The Model? Porque con el primer acorde la gente todavía sonríe.

La larga noche del postrauma

Uno de mis auditores es un personaje singular. Antes que auditor fue mi profesor y ahora podemos decirnos de algún modo amigos aunque lejos estamos de ser pares: en el medio está la cuestión etaria, la brecha que se abre a partir de los papeles que nos toca jugar, los que imponen una relación de jerarquía, de respeto, de una retorcida admiración no exenta de una intimidad que no viene al caso detallar.
Hace poco uno de sus hijos tuvo un accidente de esos que lo dejan a uno con el corazón en la boca y tiritando. Yo, por mi parte, estuve abocado a la tragedia que me tocaba. El caso es que llevábamos un buen tiempo sin vernos.
Comienza el cuatrimestre, él volvió a las aulas. Yo lo conozco y no me extraña para nada pero para el común de los alumnos se trata de un hueso duro de roer. Un payaso de esos que hablan poco de su materia, mantienen relaciones tirantes con el curso y matizan con chistes malos que nadie entiende. Pero ahora, me cuentan, incorporó algunos temblores, cuelgues a mitad del hilo de lo que quiere decir.
Alguien me pregunta ¿está bien R.? Sí, digo yo, lo vi magnífico, charlamos una hora, nos reímos un montón. De nuevo: ¿le preguntaste cómo está el hijo? No y exactamente ahí está el eje del problema.
Yo sé que él sabe y él sabe que yo sé. Y en esta relación nuestra, que casi podríamos etiquetar como la de maestro y discípulo, hay un paralelismo que convierte a él en una especie de padre y a mí en una especie de hijo. Con lo cual, lo veo en el pasillo y le hago señas, le hago notar que volví, que de algún modo implica decir cumplí una misión, volví a casa.
Nos estrechamos en un cariñoso abrazo, nos miramos sonriendo, y sin decir nada coincidimos en un gesto de asentimiento que fue una conversación tácita sobre eso que John Irving oportunamente llamó ‘el sapo sumergido’.
Uno puede preguntar, elegir meterse en el terreno de la incomodidad y exponerse a un punto entre dos extremos: la respuesta de compromiso (sí, está bien, recuperándose, de buen ánimo y tal) y la descripción detallada de una guerra (mi pelotón se vio rodeado por dos frentes de fuego y tuvimos que retroceder hasta el bosque y antes de conseguir sitio seguro, etcétera). O puede tener la cortesía de no preguntar. Esa cortesía también puede leerse de modo negativo: el interés es la medida de la acción y claramente a él no le importa lo que pase conmigo, lo que pasó, lo que va a pasar.
En definitiva, se trata de la larga noche del postrauma. Arribamos a puerto seguro pero ni bien cae la noche y apoyamos la cabeza en la almohada, cerramos los ojos y se enciende el proyector de un cine especializado en el género conjetural. Hay una larga saga de películas que comparten un punto de partida: el ‘qué habría pasado si…’
Por eso nos asaltan temblores inoportunos, varamos en el medio de una respuesta, podemos pasar de la risa al llanto en lo que tarda un instante, reaccionamos de modo hostil a algunos estímulos. Hay una herida que no termina de suturar. Que nos atormenta en los días de humedad y en las noches de frío. Que nos duele en las muelas y en las rodillas. Que no importa lo que hagamos por negarla sigue ahí. Eso que no tiene nombre, eso que Irving llamó ‘el sapo sumergido’.