La revolución de terciopelo

Viste que hay gente que va al psicólogo a pedir consejo, yo no sé, por qué mejor no se buscan un tarotista, un cura, o es que acaso no tienen los suficientes amigos. Yo tengo bastantes amigos, eh, menos de los que me gustaría, quién no, es que, superado cierto umbral etario, agotada la posibilidad de nuevas aventuras, cómo se hace para conseguir nuevos amigos. Ni siquiera nos queda el correo de lectores de la revista Flash, ¿sigue saliendo? Vos ni siquiera habías nacido. Sin embargo hasta no hace demasiado tiempo estaba en radio Rolando Hanglin con un programa involuntariamente cómico en el que la audiencia llamaba por teléfono ofreciéndose para conseguir pareja, algo así como un aviso clasificado pero dicho con la propia voz y describiendo el objeto en esas tres o cuatro líneas que uno considera relevantes, tipo soy Jorge de Trelew, tengo 41, soy profesional, llevo una vida saludable, tengo dos mil películas y busco señora o señorita de entre 20 y 40 años para relación seria o banal, lo que se dé, mi correo electrónico es unmarloparatucacerolita@hotmail.com Gracias. Y ni el conductor ni la coconductora, Florencia Ibañez, se reían, que es la clave de las comedias que funcionan, que los actores no se rían, cualquier mueca en esa dirección denotaría que se trata de una puesta en escena: todos sabemos que lo es pero ponemos una cuota de fe poética al servicio de el momento, así debería ser siempre, ¿no? Entonces, decía, maldita la hora en que yo buscase consejos, realmente no me interesan, no porque los necesito en un sentido demasiado global, distinto sería que yo buscase ayuda para escribir esta nota. Sé que no hay nadie que escriba como yo pero sí que hay gente que ayuda a leer mejor, a pulir esas terminaciones rugosas que atribulan al tacto. Compré un teléfono para mi hermana, ni me fijé en cuánto anda mi deuda, simplemente dije a la carga y fui, lo que es una avance, no vayas a creer, en casa éramos muy de la idea de cuando juntemos unos pesos, ¿sabés cuándo vamos a juntar unos pesos? Mañana. Y mañana es nunca. Entonces mejor no pensar en esa clase de cosas. Improvisé un embalaje con mis propias manos. Un papelón. Quedó torcido, mal pegado, pero sentí, mientras lo hacía, que eso era una especie de rúbrica, de marca de autor. Soy torpe, qué le voy a hacer, soy atolondrado, me cuesta mucho aprender. Si hiciera cincuenta envoltorios aprendería. Si hiciera doscientos lo haría muy bien. Pero la verdad es que difícilmente haga otro envoltorio en lo que queda del año y quién sabe el próximo. Lo mismo con un mueble que tenía hace meses en casa y me dispuse a armarlo, total era sábado a la mañana y sonaba algún show de Kraftwerk, alguno de mis favoritos, a todo volumen, ¿te conté que viajo a verlos? Fue imprevisto. La noticia me tomó por sorpresa, recién llegado de la guerra y yo, que no creo en dios ni en la predestinación, sino en las relaciones de causa y efecto, en las continuidades, en los patrones, yo, que desde que hago terapia y puedo observar mi relato desde otra dimensión me voy aproximando al concepto de rizoma, que acuñó Deleuze, y por vueltas que le diese no podía y no podía, también es verdad que el que abrió la puerta fue un filósofo que lo explicó en mensaje llano, un texto que disfruté mucho, porque es como la novela luminosa de Levrero, es Deleuze y yo, o por qué sobre Deleuze no se puede decir casi casi nada y arranca diciendo algo así como yo, que antes estudié ingeniería agronómica bla, y claro, el rizoma es una forma especial de la raíz, y yo me acordé de las tardes en los veranos de mi adolescencia, las primeras, las más sacrificadas, cuando con el viejo tumbamos árboles y tuvimos que desentrañar un nido de raíces que era verdaderamente infernal, por acá y por allá, largas, de todos los grosores posibles, lo mismo que ahora, que el relato se desboca y es precisamente eso, rizomático, salida, llegada y transcurso, hay que desactivar, sugerís, de esa manera singular que tenés de marcar los puntos negros sobre la piel verbosa, y yo creo que sí, que ya es bastante tiempo de habitar un discurso que me es ajeno, que ayudó en alguna época, que totemicé, así funciona la figura del padre, sobre todo el mío, patriarca déspota, sabio y croto, que encontró en un discurso que probablemente heredó de su padre un conjunto de eslóganes que a él lo acompañaron todo lo que duró su viaje, quizá eran útiles, quién dice que no, pero en mí son una rodilla que cruje, y se cruje duele, y se duele uno, en defensa propia, camina mal, se estropea el pie, la cadera o, como ocurre con algunos músculos, encuentra una posición en la que el dolor no duele, es como un calor desproporcionado en una parte del cuerpo, pero sin pinchazo, sin marea, sin desgarro, sin ardor, un dolor suave como un nido caliente, quietud, inmovilidad, parálisis, entonces me puse en acción y me embarqué en lo que nunca, armemos esto, qué tan difícil puede ser y ni bien abrí la bolsa con los clavos, los tornillos y los herrajes me di cuenta de que la cosa no sería sencilla, sobre todo porque los manuales de instrucciones, qué les cuesta, no pasan de una hoja, los gráficos tiene una definición paupérrima, entonces tengo a todas mis tropas y no sé bien cómo ordenarlas, sí que sé, con paciencia, pero para atornillar y respeta los rigurosos noventa grados hace falta una mano más, o dos y a mí las mías no me acompañan y de golpe vuelvo a sentirme miope otra vez. Así funciona la miopía. Uno ve menos, comete errores, se golpea, se lastima, toma nota, la próxima vez activará alertas, tomará recaudos, pero eso equivale a llenar el baúl de un auto con todas las herramientas que uno podría necesitar ante un percance. Se puede, claro, es un curso de acción posible, pero es poco eficiente. La reacción ante la ineficiencia es violenta por reflejo. La respuesta a una reacción violenta es otro machucón, otra laceración y yo no termino de discernir si el tornillo que atornillo respeta o no la escuadra. Te decía, me gusta que sea suave, que brote de a poco, clavos, tornillos, herrajes, soldados de una revolución sin trauma, con bastón, soporte, back up, rehabilitación. La próxima voy a traer una mejor sonrisa. Prometo solemnemente.

13/ El nuevo disco de Kraftwerk

Parte de la fe kraftwerkiana se funda en la creencia de que está al caer un nuevo disco, del que apenas si hemos tenido novedades. La última, allá por 2013, fue publicada en The Guardian (y por esas cosas de la internet jamás he podido dar con ese link sino con numerosas referencias en casi todos los portales del mundo, así que la damos por buena). No es un secreto: ya pasaron tres años de aquello, lo que es hablar casi de una nueva glaciación y el nuevo material no aparece; no sólo no hay fecha sino que en los últimos conciertos tampoco tocan canciones que no hayan sido grabadas antes: absolutamente todo lo que tocan estuvo incluido en Der Katalog, el corpus de la obra que Ralf ha considerado el definitivo, el que con tanto amor ha curado. El catálogo nos ha permitido acceder a nuevas versiones de canciones hermosas y poco frecuentadas, como Kometenmelodie, Antenna, Airwaves, Europe Endless y The Telephone Call.
De un nuevo disco de Kraftwerk sería dable esperar que se trate de un álbum conceptual, que es la fórmula que le ha dado los mejores resultados; que incluya canciones que den lugar a suites, que es lo que mejor se les da; que no contenga hits demasiado pegadizos porque escapa a la estética Kraftwerk; que tenga alguna reminiscencia futurista, que es lo que Kraftwerk ha trabajado toda la vida; que, a falta de Emile Schult o de un sustituto competente, no se prodigue demasiado en materia lírica. Todo lo demás es posible: incluso que incluya versiones furiosamente bailables, como ha venido experimentando en vivo; pero quién podría asegurar que no volverán al período oscuro de Radiactivity, a esas texturas pesimistas que no hacen sino resaltar la belleza de las melodías.
A lo mejor, a falta de el cerebro de Florian Schneider (y de su rostro, idóneo para el soldado que tire la bomba atómica que acabe con todo esto), jamás haya un nuevo material. Después de todo, no tenemos la menor idea de cuánto de la creación recayó sobre cada socio del núcleo principal. Pero no estamos del todo huérfanos: Fritz Hilpert y Henning Schmitz firmaron varias canciones de Tour de France y sólo esta reticencia a publicar material nuevo nos impide apreciar cuánto es lo que podrían aportar.
Mientras tanto, el laboratorio Kraftwerk no para. Basta escuchar con paciencia los conciertos de estos últimos tres o cuatro años: no hay dos versiones iguales; Kraftwerk, lo mismo que en los ’70, se inclina por introducir nuevos arreglos a las canciones y testearlos en vivo. Casi podría afirmarse que salvo Spacelab y The Model, canciones nacidas perfectas, casi todo el repertorio ha sufrido mutaciones más o menos notorias. Y de este disco, el soñado, el que se resiste a ver la luz, tuvimos antes tres indicios, tres canciones nunca grabadas en estudio.

Hurgando en las catacumbas del mundo bootleg descubrí esta canción que no había escuchado hasta hoy. Solamente fue tocada dos veces en vivo: esta, en Karlsruhe,y otra en Linz. Como nunca fue publicada en disco, no tiene otro nombre que el que le dieron los fans: Lichthof
https://www.youtube.com/watch?v=QRvY-kITGhE

Esta es Luton, ¿el borrador de Planet of Visions? Es imposible saberlo precisamente por lo antedicho
https://www.youtube.com/watch?v=CPjjx990bTg

y esta es Tango, una de mis favoritas de todo Kraftwerk, si hasta parece una breve historia de la música techno y, para más, lleva un nombre caro a nuestro sentir nacional:
https://www.youtube.com/watch?v=gDNhHBl-Jz8
Pero a estas eran canciones de fines de los ’90, dejaron de tocarlas y lo que pasa en los estudios Kling Klang sigue siendo un misterio guardado bajo siete llaves. Lo que no quita que no haya día en que no me despierte esperando que los diarios de todo el mundo titulen estruendosamente: hay nuevo disco de Kraftwerk.

El triunfo radiante

Un hombre sin un plan, ¿es verdaderamente un hombre? Lo pensé un rato y la primera respuesta tuvo la voz de la angustia: un hombre sin plan no se desmarca demasiado de su condición animal, suspendió su condición histórica, carece de proyección, se enfrentará a numerosas dificultades por culpa del no haber estudiado escenarios, andará por la vida desnudo y a los gritos, hará la plancha con método y fascinación. Son diez minutos de desesperación. Después se me pasa, ni bien me doy cuenta de que ya hay brotes verdes, brotecitos verdecitos: ganas de cortarme el pelo muy corto y recuperar mi aspecto, de hacerme por fin una profunda limpieza de dentadura para volver a sonreír con esta boca maltrecha y de comprarle a mi madre un nuevo aparato de radio y jubilar a la vieja y querida Tonomac que ya ha dado todo lo que podía, un aparato con puerto usb, al que abrocharle un pendrive con la música que solíamos escuchar cuando éramos felices. Lo primero que me viene ala mente es Daniel Altamirano, que se cita con dios a la una; la excusa es una cena y la licencia poética viene dada por el horario. Dios tiene todo el tiempo del mundo, en cambio uno, el que canta, se queja de que la vida apura, como si estuviera al filo de suicidarse o algo por el estilo, y yo, que leo torcido, tiendo a pensar que lo que sobrevuela es el suicidio porque la enumeración caótica de la canción abarca un buen número de imágenes bellas, no exentas de melancolía, y yo pienso a este tipo le está pasando algo. Pero a lo mejor me pasa algo a mí, que empecé, bien que despacito, la colecta de canciones, y empecé, egoísta como soy, por las que a mí me gustaban. Entonces encaré la escucha de la Misa Criolla en la primera versión, la de 1964, y la experiencia me transportó a una dimensión aterciopelada. Era una asignatura pendiente y me felicité por leer después al respecto: la idea original de Ariel Ramírez, ese lado B que es demasiado festivo para ser una misa (y ciertamente no lo es, sino una obra independiente llamada Navidad nuestra o Nuestra Navidad, no pienso detenerme a chequear). Y también caí en Cafrune, que tenía una voz dulce de esas que enamoran, pero no me puse a escucharlo, no todavía, aunque ahora, mientras escribo a la carrera, tengo antojo de Virgen Morenita. Uno de estos días te contaba que el himno de mi provincia incluía una a línea, que en tiempos modernos, a caballito de la corrección política, se torno ofensiva y a mí no es que me parezca encantadora (no deja de ser un himno y las letras de los himnos son facturadas por gentes que tienen con la poesía una relación más bien contractual) pero me quedó muy grabada desde la infancia, sobre todo porque las maestras un poco se enojaban con nosotros, niños que cantábamos el himno provincial casi a grito pelado, como si fuéramos soldados, en desmedro del argentino, que nos costaba un huevo, , sobre todo hacia el final, donde la verba del poeta contractual gana vigor y dice el mar, el río, la pampa, los andes, arado y pluma bien juntos los dos, ha de alcanzarnos el triunfo radiante (y en esta parte el retumbe era ensordecedor y todavía me conmueve, EL TRIUNFO RADIANTE) bajo el auspicio benigno de dios, pero antes que eso, y y esto es lo que quería decir, anota sobre el pecho del tehuelche puso el sello el español. Papá y mamá son del norte y en el norte, más que el español, el que puso el sello es el cristiano, y yo no nací de un huevo, soy carne de esa carne y algo de fervor religioso semilló en mí, que ya de cachorro era un señorito dado a la contemplación de la belleza de las palabras, una palabra tuya bastará para sanarme, ¿no? Y por un momento me sentí como Amelie, que creía que en una cajita de recuerdos podía habitar toda una infancia, sobre todo en ese período en el que mi relato es de segunda mano, el que me contaron y en este punto de la exploración parece que es el único tramo feliz, yo creo que no, que si hurgamos un poco más voy a encontrar victorias parciales, de esas que se festejan con la boca grande, aunque hayamos perdido siempre, qué importa eso; la dimensión del éxito está mensurada por agrimensores que no somos nosotros. Es cultural, dicen, está de moda decirlo, ¡es cultural! y eso nos absuelve de todas las culpas, como si fuéramos niños y por lo tanto no nos cupiese una pizca de responsabilidad en el qué hacemos, en el cómo lo hacemos. Y va a quedar para alguno de estos fines de semana el segmento litoraleño, al que odio con todas mis fuerzas. Se supone que papá no es correntino como para que le guste el chamamé, de pibe eso a mí me enojaba mucho y me llevó un buen recorrido comprender que la inclinación por esa música ha venido degeneración en generación, y que fueron alemanes los que inventaron el bandoneón y el acordeón, alemanes y curas, porque el bandoneón es prácticamente un órgano portátil, y las misiones cristianas de altri tempi you know, entonces lo que empezó vehículo para la alabanza no tardó en convertirse en herramienta ala hora del recreo y de ahí las polcas, los valses, toda música que es ruido al oído de este esnob que ese par de rústicos criaron. ¿Cómo pudo ocurrir? Freud tiene palabras lindas para esto, pero crecer, sobre todo en ámbitos hostiles, es crecer en contra de algo. Yo me crié en contra de eso y entiendo que mi reacción fue precoz, enérgica, radical, y devine en un niño que sufría esas carencias, ¿cómo llamarlas? ¿culturales? Y todo de ahí en más se torna un poco brusco, ¿no? Es así, cuando tengo palabras el relato no es alambicado sino atrompicado, se va a la banquina, avanza campo traviesa, se enreda entre las matas, se astilla la piel con las ortigas, y también me dieron ganas de comprar un perfume caro y hacerme otro dibujo en la barba, cambiar de zapatillas y volver a la caminatas por nuestro Central Park del desierto, pero lo fundamental es, creo, ese empezar a volver a casa. Lo anterior no cuenta. Fue una misión de guerra. Antes de eso hubo un silencio demasiado largo. Volver sería volver muy atrás en el tiempo. Hay que volver y todavía me sangran las manos, no creas que es fácil, pero la onda es volver bien, a que me alcance el triunfo radiante, y puede que también deba tomarme un tiempo para poner discos de Leo Dan, Leonardo Favio, Nicola Di Bari, porque el gran desafío es sostener los términos del balance.

Superstición

La primera vez, no nos conocíamos, quizá tengan estudiadas las mil y una formas de empezar, porque siempre hay que empezar por algún lado, ¿no?, dije un par de boludeces y dimos por inaugurada la sesión con la pregunta capital seguida de otra, banal, casi estúpida, a tono con lo que yo había dicho bajo el pretexto del miedo escénico que a todos nos asiste la primera vez: qué te trae por acá y, a ver, por qué agosto es el mes más largo. Para lo primero tenía una buena respuesta y de hecho ocupó casi toda la sesión, o sea más de una hora, y para la segunda, sólo por quitarme el peso de encima, dije superstición.
Tengo para mí que el psicoanálisis también es una superstición, a eso no lo digo pero cada dos o tres parrafadas manifiesto mis reticencias, algunas mejor fundadas que otras, pero por qué negarle entidad a la superstición, existe, hace pie en lo real y no pocas veces se convierte en ley. De ahí vengo, la puta madre.
Supongo que hay gente a la que le cuesta hablar. No es exactamente mi caso. Es decir, pongamos que esto es medicina, yo odio a los médicos, sus protocolos, odio a los fármacos, tanto que en casi veinte años de obra social lo único que compré fue una cajita de Amoxidal y yo era tan novato en estos asuntos que ante la colombianita que me atendió en la farmacia, buenas patas, las chaquetas que usan las chicas en las farmacias tienen un modo bastante poco sutil de realzar las patas, no sabía bien como actuar, si es que había que llenar chiquicientos formularios, presentarse con escribano, con padrino de duelo, con padre, madre o tutor, pero es colombiana, Cali, Medellín, todavía no soy capaz de distinguir entre un acento y otro, pero ante el estímulo auditivo pienso inexorablemente en porno. Son las chicas de la Europa del este versus las colombianas, el clásico del porno mundial, las únicas pornostars realmente lindas; las otras, ¿son feas? ¿se ponen feas? Pediría una beca sólo para investigar el asunto, pero ya cumplí todos estos años, quedé excluido del campo de los becarios, tengo que arreglármelas por las mías. Vamos a volver sobre eso.
Pero las voces, hay algo en las voces, soy de los que se creen capaces de odiar a una persona por su timbre de voz, pero no es sólo el timbre, existen el volumen, la modulación, el comercio con el idioma. Hay gente que no escucha, a esa la odio de plano: para más, la gente que no escucha propende a decir mayor cantidad de tonterías que el promedio. Pero las voces, yo sé por qué es lo de las voces. Toda la vida me preparé para ser ciego. Lo mamé de la desesperación de mis padres y de la desidia de los oftalmólogos. No estaba bueno el piquete de ojo que me hacían. Yo me defendía con berrinches. Usé anteojos y fue una tragedia. Usé anteojos y más tragedia fue el día en que una pibita, la hermana de Argentina (había una piba llamada Argentina a la que todo el mundo conocía) me tiró los anteojos al piso y uno de los cristales quedó como los de Dustin Hoffman en Straw Dogs. Dicen que voy camino a la ceguera y yo les creo pero antes de eso voy a reformular por completo mi relación con las cosas: quiero verlas a todas como si fuera la primera vez.
El día que los del laburo me pidieron un certificado entré en pánico. Busqué en google un oftalmólogo de nombre impersonal, lo más Juan Pérez que se pudiera. Hizo los exámenes de rigor, ya mucho más modernos, la cabeza dentro de una máquina que sujeta la pera, luces de colores, y dijo no, tenés la vista de una persona normal para la edad que tenés. Sos conciente de tu edad, ¿no? No, no lo sé. Bueno, todos los órganos pasan factura por el uso, viste. Pero ni de lejos estás perjudicado como creés. Le pagué a la secretaria y deambulé con mi tristeza por las calles, cómo pueden tenerlo tanto tiempo engañado a uno. ¿Vos crées que te engañaron antes y ahora no? No sé, no tengo la menor idea, cambian los instrumentos de medición, las formaciones académicas, las técnicas de diagnóstico, el que no cambia es uno, que en esencia sigue siendo el mismo y apenas matiza con algunos aprendizajes, en mi caso, el respeto por el saber profesional. Si lo dice un profesional, así ha de ser.
Me angustia, no digo que no, el temita de las referencias culturales, noto que arrugás un poco la nariz cuando introduzco algún ejemplo que no viene literalmente de mi propia vida, como si los libros, las películas, las canciones, no formaran parte de ella, y obturasen de modo insalvable eso que vos llamás mi discurso, pero ya ves, no tuve la chance de elegir, de haberla tenido posiblemente habría tardado una década en decantarme por alguien; soy exigente conmigo, soy feroz con el otro. Es feo quedar pedaleando en el aire, no quisiera forzar nada pero, a lo mejor es el día, hoy no hay demasiado viento, quizá mañana llueva, se olfatea en el aire, y ya no estás en blancos y negros, una amiga me preguntó qué tenías puesto, y le dije la verdad: no tengo la menor idea, el paciente nunca termina de ver al analista, es una especie de fantasma, de perfil creado en el terreno de lo simbólico, un otro menos real que lo real, y se me destartala el modo de mirar. Podría echarle la culpa a la luz del sol, vos abrís esa puerta y sale al pasillo la claridad que entra por la ventana, que es mucho más grata que la que hay en esa incubadora que tenés por sala de espera, con sus sahumerios ymúsica de Aspen, no soy yo si no puedo mirar fuerte y la luz del sol me lleva puesto. Un día de estos va a estar nublado y yo no sé bien qué va a pasar ese día.

Lo sé, digo demasiadas veces que sí

¿Y si la dejo?
No es que en verdad lo piense pero parte de mi vivir es invertir mucho tiempo en proyectar escenarios. Y uno de esos escenarios, sobre todo ahora, que no estoy contento (aunque no sabría decir cuánto hace que no estoy contento; es más, ¿qué es estar contento?), no con la terapia, o sí, con la terapia, no me doy cuenta y estoy enojado, es un enojo levísimo, el que podría permitirse un lord inglés, un neurótico que hace menos de un mes sufrió un brote y comenzó a tratarse, un tipo como yo, baja tolerancia a la frustración y demasiadas frustraciones acumuladas. ¿Y si termino con la terapia? ¿Cuánto hace que no termino algo? Hace mucho que no concluyo algo. Y por un segundo pienso en que cesar algo es una manera de concluirlo. Pero qué pedazo de cobarde, por qué no te mirás un poco en el espejo, ¿no?
Pues bien, ¿qué debería uno esperar de la terapia? Si yo fuera otro, ya que hablamos de imposibles, ser otro, pretendería que me traten bien. Yo soy una máquina de tratar mal a la gente. Ese es mi andar robótico. Supongo que con el tiempo esta faceta se agravó. Tengo a mis amigos cada vez más lejos: por muerte, por ausencia, por cambio de costumbres. O sea que paso cada vez más tiempo solo, que apenas si sociabilizo en ámbitos que me son claramente hostiles: oh, el trabajo, qué manera de odiar gente, ¿cuántos son? una carrada. A todos por igual y a cada uno por su nombre. Entonces lo que yo esperaría es que me traten bien. Pero qué, ¿alquilaste una puta? No pero.
Pero sí, la cura de amor es de amor es la cura, ¿no? Pago para que una vez por semana alguien me escuche hablar, para que dentro de lo posible interrumpa poco, para que me desafíe sin hacerlo, para que ponga cara de entender cuando no lo está haciendo, se te nota en la cara mascarita, todos deberíamos de llevar una rosa al altar de la matemática o prenderle una vela o bailar un camaruco, ¡la matemática sirve para que todos nos entendamos! y el lenguaje, mamita querida, el lenguaje, que no es la lengua, ni las lenguas ni los dialectos ni las jergas sino un corpus incorpóreo construido con ladrillos de bosta, señuelos, tabiques de durlock, paja, greda, sudor, sangre de heridas autoinflingidas, el suspiro último del que se colgó de una viga, la humedad de la concha de la madre que te parió, el modo en el que acordonás los zapatos, el olor del pan recién horneado, la comezón de la pimienta, un grano mal rascado en el justo medio del cachete de un culo, el silencio, la levantada de cejas, el bostezo, palabras, listas de correo, restas con dificultad, etcétera, y cosas que uno se olvida, imprevistos, ¿tenés un hijo? ¿le pasó algo?
O sea, por mucho que parezca que no, yo soy un ser humano y me angustio por la suma de cosas, sobre todo de cosas malas, de cosas terribles, que pueden ocurrir y yo no me entero. Quiero decir: parte del contrato de intimidad supone que yo admita cosas inconfesables, que hable sin vergüenza de las vergüenzas y también que calle, sobre todo que calle, sobre todo que calle en el momento inoportuno, para que vos anotes una cosa en el cuadernito, ¿tiene tinta la birome? escribís un montón, me incomoda, reduce el flujo, siembra ideas que pueden devenir tóxicas, es que todavía no nos conocemos, ponete un segundo en mi lugar.
Cinco semanas, dos cancelaciones, dos violentos cambios de horario, siempre dije que sí. ¿Ese es mi problema? ¿Digo demasiadas veces que sí? Yo lo llamo el síndrome del perro pateado. No importa quién sea el que me pateó alguna vez, tengo miedo de me den otra patada, presiento que no sería capaz de sobrevivir. Ya lo sé, otra, más vieja, más boluda, infinitamente menos linda que vos, me dijo alguna vez: regla número uno, no soy otra en la serie, metete eso en la cabeza, convencete, hacemeló sentir. Gran enseñanza, eh, no tiene sentido medir en términos de otro, medirte en mis términos, que me midas en los tuyos, yo soy nuevo en esto y estoy aprendiendo, la nueva codificación me resulta resbaladiza, alguna vez una mina, otra, profetizó que yo nunca podría aprender a manejar coches, lo dijo sin anestesia, y yo a las minas tiendo a creerles todo, me he metido hasta el caracú con la mina equivocada por darle bola a lo que decía otra, entonces sí, nunca voy a aprender y no me jode, me voy a meter otra vez con una sólo porque me gusta el modo en que respira, una cierta manera de decir buenos días, tejer complicidades es lo más simple del mundo, lo difícil es confiar, darse y yo me doy y me encuentro con este desplante que no sé bien cómo manejar, ¿siempre vas a jugar a cambiarme el ritmo? Sí, es posible que sea lo necesario para cambiar el disco, poner otro. Otra música.
Paró mi viento interior. Por fin. Pero otra vez me cambiaste el horario y yo dije sí, esta vez me tuteaste y yo para mis adentros dije Ya casi estamos en materia, pero el otro viento, el de afuera, saluda con marcado énfasis al flamante equinoccio y yo camino por las calles de Trelew rumbo a tu encuentro con el ceño fruncido, los puños apretados, los labios ebrios del beso seco del desierto, toco el timbre dos minutos antes de la hora de la cita (sí, soy muy puntual) y estoy un poco enojado, una rabieta silente, que todavía no sé si decir o no, aunque no tenga demasiado sentido el planteo, el discurso va a delatarme, voy a pedir justificaciones o, perdonavidas como soy, quizá diga no me importa lo que hagas, el análisis funciona como una caja negra.
Una puerta se abre, una escalera se ofrece, una sala de espera perfumada, una mesa ratona con revistas Quid, ¿cambiaste de consultorio? La música está muy fuerte pero en el hueco entre canción y canción escucho la voz de una mujer en el exacto momento en que dice Él se iba con sus amigos, olfateo cuernos, lamento de antemano tener que compartir espacio por un segundo con esa otra paciente conjetural que ha traído su camión atmosférico a sede psicológica, pero otra puerta se abre, y esta vez sí, sos vos que decís Adelante y qué bonita estás hoy, soy el primero, estás radiante en blanco y negro, la puta, me adelantaste el horario y no tuve tiempo de planchar mi mejor camisa, la que me regaló la otra, la que me enseñó aquello de la una y la serie, tomá asiento, ¿de qué estábamos hablando?

El resto batata

La primera sensación es física. Siento que no hay viento. Sé que hay viento. Estoy fumando en la vereda, castigado por el soplido del cañadón antártico de la calle Mariano Moreno, que me despeina, que se cuela debajo de mi pullover, debajo de mi camisa, y da de lleno entre los dos omóplatos, pero yo estoy atontado de paz. Podría exagerar y decir que sólo un trelewense puede notar las bondades de un día sin viento pero no es así. La saña del viento templa el espíritu de buena parte de los patagónicos, sobre todo los de costa, sobre todo los de la meseta. Y uno se acostumbra, se acomoda a la cruda experiencia de caminar contra algo. Porque siempre es en contra. Incluso cuando acompaña el sentido de nuestros pasos el cuerpo tiende a resistir, a aferrarse más intensamente al suelo, a gastar energía para preservar un precario equilibrio. Entonces sí, en verdad se sintió muy bien, más allá de que no haya recibido ni atisbo de consejo. ¿Va uno a terapia a recibir consejo? Nada de eso. Los consejos se demandan a gente con experiencia, con claridad mental. Esto es otra cosa. Lo intuía antes de venir y se me ha hecho carne ahora, en la serena contemplación de aquel detalle arquitectónico que me tiene horas pensando. ¿Por qué hay gente que tiene tan bella nariz y uno anda por la vida con esta? Genes, simplemente combinaciones afortunadas de esfuerzo celular. Pero también disciplina a nivel subatómico. Cómo es que esas millones de piezas menores en ebullición constante se amalgaman en tan logrado tributo a la serenidad.
La historia va y viene en el tiempo. Supongo que algún hilo habrá. Involuntariamente lo busco pero No te preocupes por eso. Es mi trabajo, quizá piense ella pero nunca lo va a decir. Yo procuro saberlo todo y me enfrasco en lecturas que por momentos cada vez más breves me tranquilizan. Pero no hay tranquilidad duradera. El monstruo pide ser alimentado. ¿Seguiré leyendo ese tipo de cosas? Me encantaría despachar un no rotundo pero me conozco mascarita y sé que ir en la dirección opuesta atenta contra mi yo constitutivo. Voy a hacer de esto un tema de estudio, así como antes lo hice con Kraftwerk, con los escarabajos, con la historia de la Patagonia, con las máquinas de la guerra, con las formas de la inteligencia, con la demonología. Ya no hay denuedo que alcance, siempre hay una cima por alcanzar. Como alguna vez hice con David Lynch y Hitchcock y Woody Allen. Woody tiene un documental hermoso, Wild Man Blues, que retrata una gira europea con su banda de jazz. La banda es verdaderamente buena y él un muy digno clarinetista, que aquí y allá es recibido con honores, como si todo el mundo tuviera la certeza de enfrentarse a una leyenda.
Termina un concierto. El público aplaude rabiosamente. Woody toma la palabra y pide por favor que nadie se retire mientras él no se haya ido. Remata: tengo claustrofobia. Desde la comodidad de su sillón uno se ríe y piensa Qué imbécil es este tipo, pero así funcionan las fobias. Woody está grande, no vamos a pedirle que eduque su neurosis. Yo sí, carajo, y como decía el eslogan de una revista más o menos nefasta Comprender cambia la vida.
Por eso la última vez fui capaz de perderme en un ámbito tan pequeño. No es que la sesión me haya hecho trastabillar ni mucho menos: siempre soy así. Tengo una pasmosa facilidad para perderme en lugares y una cosa llama a la otra: si estoy perdido me desespero y desesperado me pierdo. Pero a todo se acostumbra uno. Antes sufría por eso y ahora, que estoy programando un viaje a Buenos Aires, tengo ganas de entregarme a las fauces de Parque Chas. ¿Por qué no? Hay que enfrentarse a los temores.
Tenés rastros de análisis, dijo, y me pareció significativo porque ella habla poco. En realidad sé que soy yo el que no le deja demasiado lugar. Mi relato fluye. Lo controlo bastante pero encuentra puntos altos cuando se desboca y estoy lo bastante cargado como para tener siempre la pelota en mi poder. Corre de acá para allá con una generosidad encomiable. Sigue yendo y viniendo en el tiempo como si se tratara de una película endemoniada.
No creo, dije yo, pero en realidad quise decir que nunca fui a terapia. Ya lo conté: superé dos psicotécnicos y me reí mucho de una disciplina que siempre encontré más bien floja de papeles. Tuve, cómo no, un par de revolcones con psicólogas, pero eso no cuenta. Y leo. Pero leo sobre muchas cosas y retengo cada vez menos. Leo por deleite poético, leo sin entender, atrapo trabajosamente conceptos y los uso para jugar. Disfruto de esa posición irresponsable de leer sin horizonte, por el placer más o menos inmediato.
Fui un bebé que cantaba sus propias nanas, cuento en algún momento del relato. Mi madre se declaraba orgullosa de eso. Ahí leo dos cosas: indefensión y autosuficiencia. ¿Vos no? Quizá fue en ese punto donde ella dijo Tenés rastros de análisis y yo un poco me ofendí porque vengo de otro plano , esto y aquello, pero mirado en términos más amplios tengo rastros de un montón de cosas; algunas son notables, dignas de celebrarse; otras son ruinosas y más vale olvidarlas; una gran parte ni siquiera es aprensible con las escasas herramientas que tengo para hacer eso que vos llamás análisis. Digo, la búsqueda de las relaciones con los padres, un encadenamiento de progresiones, dice, como si necesitara explicarme. Definitivamente no, digo, analizo como cualquiera que tiene un mínimo de sentido común y voluntad de superarse.
El fin de sesión me encuentra en un punto culminante del relato. Acuso el golpe. Me gustaría seguir hablando pero esta vez los minutos fluyeron demasiado rápido y se me estropeó la puntuación. Como en los viejos tiempos de la escuela primaria, quise apretar los tres últimos renglones en dos y el resultado fue deslucido y me dio un poco de pena porque estaba contando algo de verdad hermoso. Estaba en vías de aportar una evidencia palmaria de mi capacidad de autoanálisis en formato vivencia egodistónica. La próxima vez será diferente. Probablemente no me detenga en ese detalle. No me gusta mostrar mi faceta obsesiva. Al contrario: ahora la receta es otra, hay que agujerear el sentido, abrirle nuevos ductos para que respire. La respiración es todo y el resto batata.

Egodistónica

En fin, un día encaré la terapia. El camino no fue nada sencillo pero encaré, me dispuse al choque frontal con algo, no sé bien qué y es posible que nunca lo averigüe. Por esas cosas que tiene la vida, después de caminar muy despacio por las calles de Trelew, llegué a casa, puse al horno una pizza y me telefoneó un amigo. No cualquier amigo, mi amigo del alma. Hablé, cómo no, de ese día, el primero de los que me faltaban por vivir. Hablé largo. Siempre lo hago. Una hora con la psicóloga, una hora con mi amigo y experimenté la enjundia desbocada de la catarsis, que es como sacarse de encima un cago histórico, el largo cago de todos estos año. Boludo, me dijo él, abriste la caja de pandora. La puta, sí, qué hay dentro de la caja. Hay una neurosis marca cañón, que en las últimas semanas entró en una fase de escalamiento. Esa vocación de entenderlo todo que me acompaña desde que tengo memoria colapsó el sistema. Empecé a rascar el fondo de la olla y fue tremendo.
Me dejé llevar. Ya lo charlaré en terapia pero en principio estoy pagando el precio de haber sido un niño sobreprotegido. Al abrigo de las decisiones maternas me fui metiendo cada vez más en la cueva, mi cueva, la zona de confort y por cosas como esa es que necesitaba que alguien me socorra. ¿A qué psicóloga debería ir? Sí, debía ser mujer. Tengo la extraña habilidad de conseguir intimidad con las minas en dos o tres estiletazos; con los tipos no me funciona. Ni siquiera con mis mejores amigos. La madre, la zona de confort, vamos entrando en materia.
Y dejé que me asesorara una mina linda -a veces soy tan previsible- pero la concha de la lora, voy a tirar la puntuación al carajo porque necesito que el discurso se descalabre, es parte de este juego. Decía, dije, con toda inocencia, mina y linda, mina cantera, linda, que es un mérito que no le atañe pero algo dentro de los que piensan como yo dice que la belleza humana no ocurre por casualidad, es la recompensa de alguna otra cosa anterior. Premios y castigos, vamos entrando en materia. Ingenuamente porque las minas lindas suelen juntarse con minas lindas, pasa en todos lados, probablemente haya pasado en todas las épocas.
Entonces al consultorio y zas porque con este modo de trabajo que tiene el gremio de los psicólogos uno ni siquiera puede hacerse una idea de la cara que tiene el profesional. Uno no se amontona en una sala de espera y toma el primer contacto en cabeza de otra persona sino que toca timbre y alguien sin preguntar abre la puerta. Uno sube la escalera, cuenta los pasos, llega a un descanso y ve que hay tres puertas, una de las cuales incluye dos nombres y el detalle ‘psicóloga’ pero ninguna de esas es la que medio turno. Las otras puertas no tienen ninguna referencia. Tranquilamente podrían ser consultorios de psicólogos o incluso de otros profesionales de la salud. Pero no. Sería de mal gusto que unos se mezclaran con otros, ahora que lo pienso.
Y otra referencia: pase y espere ser atendido. ¿Paso? No puedo pasar si nadie me invita a hacerlo, vamos entrando en materia. ¿Paso? No sé qué hay al otro lado de la puerta. A lo mejor podría encontrar el escandaloso paisaje de otro paciente tumbado en el diván y a sus espaldas el terapeuta, la terapeuta, anteojitos, la vista perdida, una libreta en la mano, y sería más o menos como irrumpir durante el coito de dos que se quieren o incluso peor ¡de dos que se odian y se dan murra como si no hubiera mañana! Entonces me quedo en el descanso, esperando algo, no sé bien qué. Alguien saldrá, alguien me llamará.
Esta chica es rara, pienso. Intercambiamos varios mensajes antes de que ella me dijese Llámene después de las dos para convenir un lugar. Caramba. Ahora que lo pienso no he tenido una cita durante años y probablemente eso es lo que esté pesando en mi mochila. Un lugar, por qué no te venís a casa. Pero bueno, ellos son así, ella no es especialmente rara sino que actúa conforme a un protocolo que me resulta de lo más extraño pero alguna lógica tiene, ya voy a aprender.
Ahora que puedo declararme formalmente enfermo leo de otra manera. Cualquier cosa pero sobre todo textos de divulgación psicológica, esa maldita vocación de entenderlo todo que me arrolla como una tromba. Eso que traducen como transferencia en alemán también significa transmisión y contagio. Es descorazonador hablar sin entenderse por eso me divierten los malentendidos que surgen de la traducción. Todo lo que pasa, incluso esta revolución silente, pueden leerse como errores de traducción. De transmisión, de contagio.
Zas, es bonita. Muy. Mi cabeza a toda velocidad empieza a hurgar entre la memoria. Me recuerda a alguien pero ese alguien no es exactamente una persona sino una suma de personas amalgamadas en un ser superior. Se parece a Gabriela. Pero me cae bien. Se parece a Natalia, sobre todo en el arte de la nariz, qué es eso, arquitectura francesa. Se parece a una mina que vi una sola vez en mi vida en la estación Malabia de la línea B de subte. O en la terminal de Rosario mientras yo estaba con otra. Y ese corte de cejas yo lo vi antes o quizá lo haya soñado o es el que Gri tenía la mañana en que tuvimos que forzar el silencio para que nos descubriese el portero. Y ese modo de colocar la voz, que no se le da por teléfono, yo también me siento un estúpido, especialmente cuando me toca hablar a contestadores automáticos, a porteros eléctricos, o cuando tengo que tipear los veintipico números de una clave bancaria.
Dijo qué te trae por acá y pocas cosas más. Se equivocó en la fecha y estuvo muy bien, yo tampoco sé en qué día vivo pero en mi afán de crear alguna complicidad, zas, es bonita, le dije Agosto es el más largo de los meses. Dijo qué te trae por acá y a ver por qué te parece el más largo de los meses, pero yo eludí la segunda parte de la pregunta porque en realidad no tenía una buena respuesta para dar. Taras: soy un enfermo de ordenar el discurso, ¿siempre habrá sido así o desde que me dedico a poner las cosas por escrito? Superstición, dije, supersticiones, tengo muchas, mis padres son del norte y ¿por qué tu hermano dijo que tu padre se estaba muriendo? supersticiones y desesperación, vamos entrando en materia.
Me apabulla la propensión a reglamentarlo todo. Protestaría. Hay algo maravilloso que se llama ‘corte de sesión’, el famoso ‘dejamos acá’. Por lo que tengo estudiado, el corte respeta las puntuaciones del discurso. Eso lo encuentro maravilloso, porque el buen decir responde a determinadas convenciones que algunos hemos aprendido a mazazo limpio, y algunos de esos algunos hemos perfeccionado hasta dar con un pretendido buen decir. Y yo soy faulkneriano. Me encantan las enumeraciones, las descripciones morosas, las subordinadas, los bruscos cambios de ritmo, las variaciones -en el sentido musical del término-, la a veces enfermiza búsqueda de la palabra exacta en la que todo quepa. Todo, ¿qué será todo?
Agosto es el mes más largo por lo siguiente. Durante el año sólo hay se suceden dos meses de 31 días, julio/agosto, diciembre/enero. Dos meses seguidos de treinta y un días -va en letras para que parezca que son menos- en pleno invierno, a quién se le ocurre, llega el momento en que uno mira desesperadamente al rincón buscando alguien que nos tire la toalla. Superstición, desesperación, certezas que nos visitan a horas inoportunas.
Vivencia egodistónica. Verse con los ojos de otro. No en, con. La institutriz de la neurosis.
Porque me habría encantado tener esa filosa una semana antes, ahí, cuando me la demandaban, porque eso sí es empezar con el pie derecho y no las dubitaciones con las que yo entré porque para empezar hay que encontrar un idioma, desprenderse de los sobreentendidos, y el cara a cara es agotador. Yo quiero decirlo todo de una vez pero al mismo tiempo me hamaco en eso que vos llamás orden del discurso, vos me empujás a que no lo ordene, voy vengo y me repito, procuro no lastimar pero lastimo, lo sé porque te estoy viendo, noto cuánto te cuesta sostener la mirada, entonces dosifico el acicateo, manipulo la puntuación, me entusiasmo cuando encuentro calles narrativas cuesta abajo, estoy en pose y se me nota, quiero impresionar y
Es tierna. Me dio una hora. Lo supe en la calle, cuando vi el reloj, antes era imposible: el río tiene su propio reloj, que acelera o desacelera a placer, lo mismo uno cuando habla. Entonces me cruzo con el paciente anterior y el posterior. Eso no está bueno. Quiero decir: primera sesión, la puntuación, todo perfecto, pero fijate que lo mío es un camión atmosférico. Deberías tomarte cinco minutos. Diez minutos. Pensar en cosas lindas, recuperar la postura. Tal vez los otros ya estuvieran en etapa de diván pero sufro de pensar el día en que me toque estar en el diván después de una sesión como la mía, que por lo demás fue muy grata, como aquellos partidos del Barcelona de Cruyff, que se jugaban casi todo el tiempo en campo contrario, toque y explosión, y de tanto en tanto una contra que lo tomaba a Ronald Koeman mal parado y estábamos a la buena de Zubizarreta, que era bastante maleta, imaginate en frío. Eso: cuando me toque el diván voy a estar a la buena de Zubizarreta, tengo las espaldas más largas del mundo. Vamos entrando en materia.
Acá, a esta hora, la próxima semana, sí. Pero hay tiempo para una canción más, la de los pasos perdidos. Del otro lado de la puerta descubro que estoy perdido. En realidad no descubro, estoy perdido y ya. Hay cuatro puertas y estoy perdido. Otra vez, me reprocho. Tengo una relación conflictiva con el espacio. Ella sale a mi rescate. Ya vamos a conversar de esto.