Lo sé, digo demasiadas veces que sí

¿Y si la dejo?
No es que en verdad lo piense pero parte de mi vivir es invertir mucho tiempo en proyectar escenarios. Y uno de esos escenarios, sobre todo ahora, que no estoy contento (aunque no sabría decir cuánto hace que no estoy contento; es más, ¿qué es estar contento?), no con la terapia, o sí, con la terapia, no me doy cuenta y estoy enojado, es un enojo levísimo, el que podría permitirse un lord inglés, un neurótico que hace menos de un mes sufrió un brote y comenzó a tratarse, un tipo como yo, baja tolerancia a la frustración y demasiadas frustraciones acumuladas. ¿Y si termino con la terapia? ¿Cuánto hace que no termino algo? Hace mucho que no concluyo algo. Y por un segundo pienso en que cesar algo es una manera de concluirlo. Pero qué pedazo de cobarde, por qué no te mirás un poco en el espejo, ¿no?
Pues bien, ¿qué debería uno esperar de la terapia? Si yo fuera otro, ya que hablamos de imposibles, ser otro, pretendería que me traten bien. Yo soy una máquina de tratar mal a la gente. Ese es mi andar robótico. Supongo que con el tiempo esta faceta se agravó. Tengo a mis amigos cada vez más lejos: por muerte, por ausencia, por cambio de costumbres. O sea que paso cada vez más tiempo solo, que apenas si sociabilizo en ámbitos que me son claramente hostiles: oh, el trabajo, qué manera de odiar gente, ¿cuántos son? una carrada. A todos por igual y a cada uno por su nombre. Entonces lo que yo esperaría es que me traten bien. Pero qué, ¿alquilaste una puta? No pero.
Pero sí, la cura de amor es de amor es la cura, ¿no? Pago para que una vez por semana alguien me escuche hablar, para que dentro de lo posible interrumpa poco, para que me desafíe sin hacerlo, para que ponga cara de entender cuando no lo está haciendo, se te nota en la cara mascarita, todos deberíamos de llevar una rosa al altar de la matemática o prenderle una vela o bailar un camaruco, ¡la matemática sirve para que todos nos entendamos! y el lenguaje, mamita querida, el lenguaje, que no es la lengua, ni las lenguas ni los dialectos ni las jergas sino un corpus incorpóreo construido con ladrillos de bosta, señuelos, tabiques de durlock, paja, greda, sudor, sangre de heridas autoinflingidas, el suspiro último del que se colgó de una viga, la humedad de la concha de la madre que te parió, el modo en el que acordonás los zapatos, el olor del pan recién horneado, la comezón de la pimienta, un grano mal rascado en el justo medio del cachete de un culo, el silencio, la levantada de cejas, el bostezo, palabras, listas de correo, restas con dificultad, etcétera, y cosas que uno se olvida, imprevistos, ¿tenés un hijo? ¿le pasó algo?
O sea, por mucho que parezca que no, yo soy un ser humano y me angustio por la suma de cosas, sobre todo de cosas malas, de cosas terribles, que pueden ocurrir y yo no me entero. Quiero decir: parte del contrato de intimidad supone que yo admita cosas inconfesables, que hable sin vergüenza de las vergüenzas y también que calle, sobre todo que calle, sobre todo que calle en el momento inoportuno, para que vos anotes una cosa en el cuadernito, ¿tiene tinta la birome? escribís un montón, me incomoda, reduce el flujo, siembra ideas que pueden devenir tóxicas, es que todavía no nos conocemos, ponete un segundo en mi lugar.
Cinco semanas, dos cancelaciones, dos violentos cambios de horario, siempre dije que sí. ¿Ese es mi problema? ¿Digo demasiadas veces que sí? Yo lo llamo el síndrome del perro pateado. No importa quién sea el que me pateó alguna vez, tengo miedo de me den otra patada, presiento que no sería capaz de sobrevivir. Ya lo sé, otra, más vieja, más boluda, infinitamente menos linda que vos, me dijo alguna vez: regla número uno, no soy otra en la serie, metete eso en la cabeza, convencete, hacemeló sentir. Gran enseñanza, eh, no tiene sentido medir en términos de otro, medirte en mis términos, que me midas en los tuyos, yo soy nuevo en esto y estoy aprendiendo, la nueva codificación me resulta resbaladiza, alguna vez una mina, otra, profetizó que yo nunca podría aprender a manejar coches, lo dijo sin anestesia, y yo a las minas tiendo a creerles todo, me he metido hasta el caracú con la mina equivocada por darle bola a lo que decía otra, entonces sí, nunca voy a aprender y no me jode, me voy a meter otra vez con una sólo porque me gusta el modo en que respira, una cierta manera de decir buenos días, tejer complicidades es lo más simple del mundo, lo difícil es confiar, darse y yo me doy y me encuentro con este desplante que no sé bien cómo manejar, ¿siempre vas a jugar a cambiarme el ritmo? Sí, es posible que sea lo necesario para cambiar el disco, poner otro. Otra música.
Paró mi viento interior. Por fin. Pero otra vez me cambiaste el horario y yo dije sí, esta vez me tuteaste y yo para mis adentros dije Ya casi estamos en materia, pero el otro viento, el de afuera, saluda con marcado énfasis al flamante equinoccio y yo camino por las calles de Trelew rumbo a tu encuentro con el ceño fruncido, los puños apretados, los labios ebrios del beso seco del desierto, toco el timbre dos minutos antes de la hora de la cita (sí, soy muy puntual) y estoy un poco enojado, una rabieta silente, que todavía no sé si decir o no, aunque no tenga demasiado sentido el planteo, el discurso va a delatarme, voy a pedir justificaciones o, perdonavidas como soy, quizá diga no me importa lo que hagas, el análisis funciona como una caja negra.
Una puerta se abre, una escalera se ofrece, una sala de espera perfumada, una mesa ratona con revistas Quid, ¿cambiaste de consultorio? La música está muy fuerte pero en el hueco entre canción y canción escucho la voz de una mujer en el exacto momento en que dice Él se iba con sus amigos, olfateo cuernos, lamento de antemano tener que compartir espacio por un segundo con esa otra paciente conjetural que ha traído su camión atmosférico a sede psicológica, pero otra puerta se abre, y esta vez sí, sos vos que decís Adelante y qué bonita estás hoy, soy el primero, estás radiante en blanco y negro, la puta, me adelantaste el horario y no tuve tiempo de planchar mi mejor camisa, la que me regaló la otra, la que me enseñó aquello de la una y la serie, tomá asiento, ¿de qué estábamos hablando?

El resto batata

La primera sensación es física. Siento que no hay viento. Sé que hay viento. Estoy fumando en la vereda, castigado por el soplido del cañadón antártico de la calle Mariano Moreno, que me despeina, que se cuela debajo de mi pullover, debajo de mi camisa, y da de lleno entre los dos omóplatos, pero yo estoy atontado de paz. Podría exagerar y decir que sólo un trelewense puede notar las bondades de un día sin viento pero no es así. La saña del viento templa el espíritu de buena parte de los patagónicos, sobre todo los de costa, sobre todo los de la meseta. Y uno se acostumbra, se acomoda a la cruda experiencia de caminar contra algo. Porque siempre es en contra. Incluso cuando acompaña el sentido de nuestros pasos el cuerpo tiende a resistir, a aferrarse más intensamente al suelo, a gastar energía para preservar un precario equilibrio. Entonces sí, en verdad se sintió muy bien, más allá de que no haya recibido ni atisbo de consejo. ¿Va uno a terapia a recibir consejo? Nada de eso. Los consejos se demandan a gente con experiencia, con claridad mental. Esto es otra cosa. Lo intuía antes de venir y se me ha hecho carne ahora, en la serena contemplación de aquel detalle arquitectónico que me tiene horas pensando. ¿Por qué hay gente que tiene tan bella nariz y uno anda por la vida con esta? Genes, simplemente combinaciones afortunadas de esfuerzo celular. Pero también disciplina a nivel subatómico. Cómo es que esas millones de piezas menores en ebullición constante se amalgaman en tan logrado tributo a la serenidad.
La historia va y viene en el tiempo. Supongo que algún hilo habrá. Involuntariamente lo busco pero No te preocupes por eso. Es mi trabajo, quizá piense ella pero nunca lo va a decir. Yo procuro saberlo todo y me enfrasco en lecturas que por momentos cada vez más breves me tranquilizan. Pero no hay tranquilidad duradera. El monstruo pide ser alimentado. ¿Seguiré leyendo ese tipo de cosas? Me encantaría despachar un no rotundo pero me conozco mascarita y sé que ir en la dirección opuesta atenta contra mi yo constitutivo. Voy a hacer de esto un tema de estudio, así como antes lo hice con Kraftwerk, con los escarabajos, con la historia de la Patagonia, con las máquinas de la guerra, con las formas de la inteligencia, con la demonología. Ya no hay denuedo que alcance, siempre hay una cima por alcanzar. Como alguna vez hice con David Lynch y Hitchcock y Woody Allen. Woody tiene un documental hermoso, Wild Man Blues, que retrata una gira europea con su banda de jazz. La banda es verdaderamente buena y él un muy digno clarinetista, que aquí y allá es recibido con honores, como si todo el mundo tuviera la certeza de enfrentarse a una leyenda.
Termina un concierto. El público aplaude rabiosamente. Woody toma la palabra y pide por favor que nadie se retire mientras él no se haya ido. Remata: tengo claustrofobia. Desde la comodidad de su sillón uno se ríe y piensa Qué imbécil es este tipo, pero así funcionan las fobias. Woody está grande, no vamos a pedirle que eduque su neurosis. Yo sí, carajo, y como decía el eslogan de una revista más o menos nefasta Comprender cambia la vida.
Por eso la última vez fui capaz de perderme en un ámbito tan pequeño. No es que la sesión me haya hecho trastabillar ni mucho menos: siempre soy así. Tengo una pasmosa facilidad para perderme en lugares y una cosa llama a la otra: si estoy perdido me desespero y desesperado me pierdo. Pero a todo se acostumbra uno. Antes sufría por eso y ahora, que estoy programando un viaje a Buenos Aires, tengo ganas de entregarme a las fauces de Parque Chas. ¿Por qué no? Hay que enfrentarse a los temores.
Tenés rastros de análisis, dijo, y me pareció significativo porque ella habla poco. En realidad sé que soy yo el que no le deja demasiado lugar. Mi relato fluye. Lo controlo bastante pero encuentra puntos altos cuando se desboca y estoy lo bastante cargado como para tener siempre la pelota en mi poder. Corre de acá para allá con una generosidad encomiable. Sigue yendo y viniendo en el tiempo como si se tratara de una película endemoniada.
No creo, dije yo, pero en realidad quise decir que nunca fui a terapia. Ya lo conté: superé dos psicotécnicos y me reí mucho de una disciplina que siempre encontré más bien floja de papeles. Tuve, cómo no, un par de revolcones con psicólogas, pero eso no cuenta. Y leo. Pero leo sobre muchas cosas y retengo cada vez menos. Leo por deleite poético, leo sin entender, atrapo trabajosamente conceptos y los uso para jugar. Disfruto de esa posición irresponsable de leer sin horizonte, por el placer más o menos inmediato.
Fui un bebé que cantaba sus propias nanas, cuento en algún momento del relato. Mi madre se declaraba orgullosa de eso. Ahí leo dos cosas: indefensión y autosuficiencia. ¿Vos no? Quizá fue en ese punto donde ella dijo Tenés rastros de análisis y yo un poco me ofendí porque vengo de otro plano , esto y aquello, pero mirado en términos más amplios tengo rastros de un montón de cosas; algunas son notables, dignas de celebrarse; otras son ruinosas y más vale olvidarlas; una gran parte ni siquiera es aprensible con las escasas herramientas que tengo para hacer eso que vos llamás análisis. Digo, la búsqueda de las relaciones con los padres, un encadenamiento de progresiones, dice, como si necesitara explicarme. Definitivamente no, digo, analizo como cualquiera que tiene un mínimo de sentido común y voluntad de superarse.
El fin de sesión me encuentra en un punto culminante del relato. Acuso el golpe. Me gustaría seguir hablando pero esta vez los minutos fluyeron demasiado rápido y se me estropeó la puntuación. Como en los viejos tiempos de la escuela primaria, quise apretar los tres últimos renglones en dos y el resultado fue deslucido y me dio un poco de pena porque estaba contando algo de verdad hermoso. Estaba en vías de aportar una evidencia palmaria de mi capacidad de autoanálisis en formato vivencia egodistónica. La próxima vez será diferente. Probablemente no me detenga en ese detalle. No me gusta mostrar mi faceta obsesiva. Al contrario: ahora la receta es otra, hay que agujerear el sentido, abrirle nuevos ductos para que respire. La respiración es todo y el resto batata.

Egodistónica

En fin, un día encaré la terapia. El camino no fue nada sencillo pero encaré, me dispuse al choque frontal con algo, no sé bien qué y es posible que nunca lo averigüe. Por esas cosas que tiene la vida, después de caminar muy despacio por las calles de Trelew, llegué a casa, puse al horno una pizza y me telefoneó un amigo. No cualquier amigo, mi amigo del alma. Hablé, cómo no, de ese día, el primero de los que me faltaban por vivir. Hablé largo. Siempre lo hago. Una hora con la psicóloga, una hora con mi amigo y experimenté la enjundia desbocada de la catarsis, que es como sacarse de encima un cago histórico, el largo cago de todos estos año. Boludo, me dijo él, abriste la caja de pandora. La puta, sí, qué hay dentro de la caja. Hay una neurosis marca cañón, que en las últimas semanas entró en una fase de escalamiento. Esa vocación de entenderlo todo que me acompaña desde que tengo memoria colapsó el sistema. Empecé a rascar el fondo de la olla y fue tremendo.
Me dejé llevar. Ya lo charlaré en terapia pero en principio estoy pagando el precio de haber sido un niño sobreprotegido. Al abrigo de las decisiones maternas me fui metiendo cada vez más en la cueva, mi cueva, la zona de confort y por cosas como esa es que necesitaba que alguien me socorra. ¿A qué psicóloga debería ir? Sí, debía ser mujer. Tengo la extraña habilidad de conseguir intimidad con las minas en dos o tres estiletazos; con los tipos no me funciona. Ni siquiera con mis mejores amigos. La madre, la zona de confort, vamos entrando en materia.
Y dejé que me asesorara una mina linda -a veces soy tan previsible- pero la concha de la lora, voy a tirar la puntuación al carajo porque necesito que el discurso se descalabre, es parte de este juego. Decía, dije, con toda inocencia, mina y linda, mina cantera, linda, que es un mérito que no le atañe pero algo dentro de los que piensan como yo dice que la belleza humana no ocurre por casualidad, es la recompensa de alguna otra cosa anterior. Premios y castigos, vamos entrando en materia. Ingenuamente porque las minas lindas suelen juntarse con minas lindas, pasa en todos lados, probablemente haya pasado en todas las épocas.
Entonces al consultorio y zas porque con este modo de trabajo que tiene el gremio de los psicólogos uno ni siquiera puede hacerse una idea de la cara que tiene el profesional. Uno no se amontona en una sala de espera y toma el primer contacto en cabeza de otra persona sino que toca timbre y alguien sin preguntar abre la puerta. Uno sube la escalera, cuenta los pasos, llega a un descanso y ve que hay tres puertas, una de las cuales incluye dos nombres y el detalle ‘psicóloga’ pero ninguna de esas es la que medio turno. Las otras puertas no tienen ninguna referencia. Tranquilamente podrían ser consultorios de psicólogos o incluso de otros profesionales de la salud. Pero no. Sería de mal gusto que unos se mezclaran con otros, ahora que lo pienso.
Y otra referencia: pase y espere ser atendido. ¿Paso? No puedo pasar si nadie me invita a hacerlo, vamos entrando en materia. ¿Paso? No sé qué hay al otro lado de la puerta. A lo mejor podría encontrar el escandaloso paisaje de otro paciente tumbado en el diván y a sus espaldas el terapeuta, la terapeuta, anteojitos, la vista perdida, una libreta en la mano, y sería más o menos como irrumpir durante el coito de dos que se quieren o incluso peor ¡de dos que se odian y se dan murra como si no hubiera mañana! Entonces me quedo en el descanso, esperando algo, no sé bien qué. Alguien saldrá, alguien me llamará.
Esta chica es rara, pienso. Intercambiamos varios mensajes antes de que ella me dijese Llámene después de las dos para convenir un lugar. Caramba. Ahora que lo pienso no he tenido una cita durante años y probablemente eso es lo que esté pesando en mi mochila. Un lugar, por qué no te venís a casa. Pero bueno, ellos son así, ella no es especialmente rara sino que actúa conforme a un protocolo que me resulta de lo más extraño pero alguna lógica tiene, ya voy a aprender.
Ahora que puedo declararme formalmente enfermo leo de otra manera. Cualquier cosa pero sobre todo textos de divulgación psicológica, esa maldita vocación de entenderlo todo que me arrolla como una tromba. Eso que traducen como transferencia en alemán también significa transmisión y contagio. Es descorazonador hablar sin entenderse por eso me divierten los malentendidos que surgen de la traducción. Todo lo que pasa, incluso esta revolución silente, pueden leerse como errores de traducción. De transmisión, de contagio.
Zas, es bonita. Muy. Mi cabeza a toda velocidad empieza a hurgar entre la memoria. Me recuerda a alguien pero ese alguien no es exactamente una persona sino una suma de personas amalgamadas en un ser superior. Se parece a Gabriela. Pero me cae bien. Se parece a Natalia, sobre todo en el arte de la nariz, qué es eso, arquitectura francesa. Se parece a una mina que vi una sola vez en mi vida en la estación Malabia de la línea B de subte. O en la terminal de Rosario mientras yo estaba con otra. Y ese corte de cejas yo lo vi antes o quizá lo haya soñado o es el que Gri tenía la mañana en que tuvimos que forzar el silencio para que nos descubriese el portero. Y ese modo de colocar la voz, que no se le da por teléfono, yo también me siento un estúpido, especialmente cuando me toca hablar a contestadores automáticos, a porteros eléctricos, o cuando tengo que tipear los veintipico números de una clave bancaria.
Dijo qué te trae por acá y pocas cosas más. Se equivocó en la fecha y estuvo muy bien, yo tampoco sé en qué día vivo pero en mi afán de crear alguna complicidad, zas, es bonita, le dije Agosto es el más largo de los meses. Dijo qué te trae por acá y a ver por qué te parece el más largo de los meses, pero yo eludí la segunda parte de la pregunta porque en realidad no tenía una buena respuesta para dar. Taras: soy un enfermo de ordenar el discurso, ¿siempre habrá sido así o desde que me dedico a poner las cosas por escrito? Superstición, dije, supersticiones, tengo muchas, mis padres son del norte y ¿por qué tu hermano dijo que tu padre se estaba muriendo? supersticiones y desesperación, vamos entrando en materia.
Me apabulla la propensión a reglamentarlo todo. Protestaría. Hay algo maravilloso que se llama ‘corte de sesión’, el famoso ‘dejamos acá’. Por lo que tengo estudiado, el corte respeta las puntuaciones del discurso. Eso lo encuentro maravilloso, porque el buen decir responde a determinadas convenciones que algunos hemos aprendido a mazazo limpio, y algunos de esos algunos hemos perfeccionado hasta dar con un pretendido buen decir. Y yo soy faulkneriano. Me encantan las enumeraciones, las descripciones morosas, las subordinadas, los bruscos cambios de ritmo, las variaciones -en el sentido musical del término-, la a veces enfermiza búsqueda de la palabra exacta en la que todo quepa. Todo, ¿qué será todo?
Agosto es el mes más largo por lo siguiente. Durante el año sólo hay se suceden dos meses de 31 días, julio/agosto, diciembre/enero. Dos meses seguidos de treinta y un días -va en letras para que parezca que son menos- en pleno invierno, a quién se le ocurre, llega el momento en que uno mira desesperadamente al rincón buscando alguien que nos tire la toalla. Superstición, desesperación, certezas que nos visitan a horas inoportunas.
Vivencia egodistónica. Verse con los ojos de otro. No en, con. La institutriz de la neurosis.
Porque me habría encantado tener esa filosa una semana antes, ahí, cuando me la demandaban, porque eso sí es empezar con el pie derecho y no las dubitaciones con las que yo entré porque para empezar hay que encontrar un idioma, desprenderse de los sobreentendidos, y el cara a cara es agotador. Yo quiero decirlo todo de una vez pero al mismo tiempo me hamaco en eso que vos llamás orden del discurso, vos me empujás a que no lo ordene, voy vengo y me repito, procuro no lastimar pero lastimo, lo sé porque te estoy viendo, noto cuánto te cuesta sostener la mirada, entonces dosifico el acicateo, manipulo la puntuación, me entusiasmo cuando encuentro calles narrativas cuesta abajo, estoy en pose y se me nota, quiero impresionar y
Es tierna. Me dio una hora. Lo supe en la calle, cuando vi el reloj, antes era imposible: el río tiene su propio reloj, que acelera o desacelera a placer, lo mismo uno cuando habla. Entonces me cruzo con el paciente anterior y el posterior. Eso no está bueno. Quiero decir: primera sesión, la puntuación, todo perfecto, pero fijate que lo mío es un camión atmosférico. Deberías tomarte cinco minutos. Diez minutos. Pensar en cosas lindas, recuperar la postura. Tal vez los otros ya estuvieran en etapa de diván pero sufro de pensar el día en que me toque estar en el diván después de una sesión como la mía, que por lo demás fue muy grata, como aquellos partidos del Barcelona de Cruyff, que se jugaban casi todo el tiempo en campo contrario, toque y explosión, y de tanto en tanto una contra que lo tomaba a Ronald Koeman mal parado y estábamos a la buena de Zubizarreta, que era bastante maleta, imaginate en frío. Eso: cuando me toque el diván voy a estar a la buena de Zubizarreta, tengo las espaldas más largas del mundo. Vamos entrando en materia.
Acá, a esta hora, la próxima semana, sí. Pero hay tiempo para una canción más, la de los pasos perdidos. Del otro lado de la puerta descubro que estoy perdido. En realidad no descubro, estoy perdido y ya. Hay cuatro puertas y estoy perdido. Otra vez, me reprocho. Tengo una relación conflictiva con el espacio. Ella sale a mi rescate. Ya vamos a conversar de esto.

El espectáculo de la mente

¿Hacer terapia? Qué sé yo. Si me lo preguntaban hace apenas cinco años me habría reído de la vida. De hecho no hace tanto que, ante la pregunta de la psicóloga encargada de mi psicotécnico (una chica de buen ver, incluso debajo del delantal blanco que es norma en los hospitales), se me escapó una media sonrisa. Ella acusó el golpe, lo vi en su gesto. O acaso en el tono en que prosiguió la entrevista.
Qué sé yo. Era muy temprano en la mañana. Me había levantado cínico. Tenía entrevista con ‘nuestra psicóloga en Trelew’, según la catalogaron en la dirección de reconocimientos médicos (el comisariado de asuntos médicos para empleados públicos). Ahora que lo pienso, la mina probablemente labure de chequear qué tan turulos están los tipos que presentaron certificados de turulez. Entonces aparece este muchacho, bajo, mal trazado, pedante al hablar, capaz de levantar un murallón al mero contacto visual y la mina resiste. Resiste y ataca. Sabe lastimar, tiene talento. Me sacó la ficha. Acaso en el informe privado puso que puedo resultar un empleado problemático. Sí, eso, tiene razón: soy un muchacho problemático. Ese trabajo me puso así.

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Una amiga me aconseja. No, no hay recetas para elegir un profesional. Tengo mis reservas al respecto pero soy de otro palo. Vos solo vas a darte cuenta del momento en que necesites ayuda. En efecto, creí que podía y ya no puedo. Ando más freak que nunca. No puedo parar de hablar y en cada conversación sobrevuela el asunto de marras. O saco el tema o me lo sacan. En realidad sé que estoy cargado de una gran lección de vida y me gusta compartirla. En realidad sé que asistí a un horroroso espectáculo y no puedo contárselo a nadie, no porque ellos no quieran sino porque se impone la censura, contar a medias, dar a entender. Y en los sobreentendidos se asientan los malentendidos. Yo no soy un héroe. No quiero que me vean así.

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Al fin alguien me recomienda a alguien. Quiero decir: ya tuve recomendaciones pero ninguna me satisfacía. Necesito que sea mina. Y no quiero ir a ningún psiquiatra. La farmacología es mágica pero no quiero que hagan magia conmigo, no sé si soy capaz de darme a entender.

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La psicóloga no atiende mis llamados. Dijo después de las dos. El primero es a las 2 y 24; dejé pasar siete minutos antes de llamar por segunda vez. ¿Qué entendemos por después de las dos? Dejo caer los diez rings antes de que salte el buzón de voz pensando en que no habrá un tercer llamado. Siento la ferocidad de la intemperie. Estoy sentado en un banco de plaza bajo un cielo cada vez más gris. El abrigo con el que comencé el día hace sentir sus rigores. O quizá estoy afiebrado y pienso. ¿Por qué esta franela?
Bastaría con que tuvieran secretaria. Sigo pensando. Si tuviera fuerza de voluntad, que no la tengo, estudiaría psicología sólo para fundar una corriente revolucionaria: la de los psicólogos con secretaria. Me imagino un edificio con varios consultorios, varios profesionales. Podríamos ejercer el secretariado de forma rotativa para no desperdiciar ese ‘primer contacto’ con los pacientes. No digo que sea una máquina de hacer guita pero nos ahorraríamos el escarnio de cargar con la imagen de ese tipo que esta solo, sentado en un banco de plaza, con ganas de llorar y los ojos secos.
Soy neurótico. No sé en qué grado pero noto que con el correr de las semanas el síndrome se agrava y estas cosas no ayudan para nada. La pelota rueda y pienso cosas terribles: estos antediluvianos no habrían sido capaces de inventar la rueda. A ver, ¿qué entendés vos por rueda?
Qué hacer. Tengo otros diez teléfonos. Todas mujeres. Sus consultorios están en un radio de dieciséis manzanas. Ninguna supera los 40 años. Me gustan sus apellidos y no me disgustan sus nombres de pila. Atienden mi obra social. Reciben adultos. Incluyeron en la cartilla su número de teléfono celular. Hay que mandar un mensaje de whatsapp. Tengo el mío en bloc de notas. Es, pienso, demasiado seriote, impersonal. A la luz de los fracasos anteriores me cuestiono, ¿no las espantará el tono del mensaje? A lo mejor mañana me siento y redacto uno nuevo.
Cada intento forma parte de una historia diferente y realmente no tengo muchas ganas de empezarla. Pienso en Svevo. Él escribió La conciencia de Zeno, que es un de mis libros favoritos. Vuelca allí todo el odio que siente por su psiquiatra. ¿Habrá sido paciente psiquiátrico? Eso no lo sé pero sin duda la historia que cuenta la recibió de primera mano. Eso necesito: sublimar, hacer de esta porquería algo hermoso.
Caramba: ¿ir al psiquiatra te convierte automáticamente en paciente psiquiátrico?

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Otras iluminaciones. La neurosis es como el escarabajo pelotero, un animal que se alimenta de su propia mierda. No será muy sabrosa pero la puta que es nutritiva. Quiero decir: me gusta leer porque sí. Ya casi no puedo leer novelas ni cuentos ni artefactitos de ficción pero leo con interés todo lo que me provea de datos inútiles. Entonces, leo con alguna pasión sobre neurosis (un neurótico se lee a si mismo, digamos) y compruebo que más de mil entradas de este blog abonan el síndrome y que, procurándome salidas (no hay cárcel si uno no quiere escaparse) no he podido hacer otra cosa que enterrarme en el fango. Estoy comiendo mi propia mierda. (Ese detalle me lo hizo notar, en términos de crítica literaria, un lector muy erudito: ‘Jorge, después de mucho pensar, me di cuenta de cuál es tu receta, la piedra basal de tu estilo’)
Es, de nuevo, el principio de no resistencia: me broto porque resisto; resisto porque soy un imbécil; etcétera.

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Volví a casa derrotado. Había media pechuga de pollo a la sal y una copa de vino. Procedí. Con cada bocado pensaba ¿me acostaré? Son apenas las seis de la tarde. ¿Leeré? Hay libros tirados por todos lados, parece que me hubieran entrado a robar. O que oculto pruebas ante la inminencia de un allanamiento. Eventualmente, ¿qué leería? Me tienta el Ulysses. Lo empecé un montón de veces sin éxito pero cada tanto, aunque cada vez menos, vuelvo al monólogo de Molly Bloom. Leo algún tramo en voz alta y en verdad lo disfruto. El tiempo me ha enseñado la puntuación que Joyce ocultó.
Pero no, me meto en la cama y duermo. El sueño es grato y no deja ningún resto. Cuando me despierto son casi las diez de la noche. Se avecina una noche de desvelo pero no me angustia: dormí hermosamente y la máquina autodestructiva aparenta haberse tomado un recreo. Estoy descansado, sin hambre, con ganas de tomar té y fumar, acaso leer, ¿qué leería?
Leo un poco sobre el paralelo entre la Odisea y el Ulysses, busco esos dieciocho títulos que Joyce nos escatimó. Hades. ¿Hades? Claro, boludo, los muertos, me digo y pienso en un libro que falta hace unos diez años de mi biblioteca: Los mitos griegos, de Robert Graves. Un libro hermoso, llano, ideal para leer desde cualquier página, que alguna vez dejé bajo la custodia equivocada y zas. Nota marginal: nunca me casé pero mi vida toda puede leerse como un encadenamiento de divorcios.
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Tarde para despertarse de una siesta, temprano para vivir. Pienso: esto me va a pasar factura. ¿Pongo una película? ¿Prendo el lavarropas? ¿Leo? Sólo tengo ganas de tomar un té. Me preparo un té. Lleno la casa de música. Y vuelvo a pensar, ¿qué me ha pasado? Tuve un brote, estuve mal, ya pasó, sana sana colita de rana. Mañana, ¿llamaré a esta chica? Nota mental: no decir *esta chica*, no pensar *esta chica*, darle un nombre, concederle entidad. Capaz que no: tengo poca tolerancia a la frustración y esto fue demasiado. Es como ir al traumatólogo con una pierna rota y que él te quiebre la otra. O sí: hay que aprender la lección. ¿Y cuál vendría siendo la lección? No lo sé. Mañana será otro día.
Rebota contra las paredes de mi cabeza la voz que le puse a Molly. Marion se narra intensamente. Me gusta, ando en ese plan. Onetti decía que leer el monólogo lo estimulaba sexualmente. Debería experimentarlo. Por cierto, ¿no es el arranque de La vida breve el reverso de Marion? Al otro lado de la cama, un publicista harto de serlo, piensa en la mujer que está a su lado. Tampoco se la puede coger.

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Sueño.
La excusa es, cuándo no, Kraftwerk. Toca en un parque de diversiones. Kraftwerk es así. Bien podría ocurrir. Pero Kraftwerk no anima el parque sino una compañía circense, gente elástica, pronta al humor físico extremo. Me gusta. A mis amigos, los otros siete u ocho que me acompañan, pareciera que también les gusta.
El paseo toma la forma de tren fantasma. En cada una de las estaciones hay distintas puertas, pasadizos, huecos que te chupan, cosas así. Viendo cómo le va a cada amigo en su decisión el impulso primitivo es buscar otra puerta, otro resultado. Pero no hay caso. Todos terminamos magullados, heridos, presas del terror.
Recuerdo vivamente una de las estaciones. Allí accedía a un cuarto muy pequeño. Tenía en la mano tres o cuatro cuchillos y un grupo de tipos, la tropa circense, me pegaba a puño cerrado. Yo podía defenderme pero tenía varios cuchillos en la mano. Si un cuchillo empuñado es un elemento de defensa, cuatro cuchillos en la mano son un estorbo. De hecho, quizá por el sudor en las manos, se me cayó uno. Noté que el castigo menguaba. Dejé caer el resto, dejaron de pegarme. Siguiente estación.
Todas eran pruebas de carácter, todas eran ejercicios de la crueldad. Sin embargo, casi como una metáfora de la vida, los caminos alternativos convidaban a pensar en el libre albedrío, sembraban falsas esperanzas.
La última estación era una especie de cafetería. Ahí estaba yo frente a una pizza, una tentadora pizza de cebolla y muzzarella, precisamente mi favorita, exhausto, agitado, tembloroso. Me faltaban fuerzas para arremeter contra la pizza pero era grato contemplarla, toda para mí. Pero como si hubiera bebido la cicuta empiezo a sentir un cosquilleo en los pies. Cuando ese cosquilleo desaparece no siento nada. Primero en los pies. Después en las piernas. Me ganaba la parálisis a paso lento pero sostenido y lo mismo parecía ocurrirle al resto de los parroquianos. Y la sospecha: eso que es un acting para ellos, es real para mí. La parálisis llega a mi cabeza, empiezo a perder la vista y el oído. Pero antes de la muerte perentoria escucho una voz. O más de una voz, no lo sé.
Esto te pasa por violento. Esto te pasa por pedante. Esto te pasa por degenerado.

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Al despertar, en vez de terror siento satisfacción. Parí una historia hermosa. Y me da risa. Así funciona mi cabeza. Es The Game más Cube más Seven, dice mi yo de la vigilia. El placer de reiterar, diría Onetti: así funciona mi cabeza.

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Jorge, puedo ofrecerle un turno mañana a las seis y cuarto. ¿o prefiere el lunes?
Y sí yo dije quiero sí

El devenir gentil

Aunque mis conocimientos en la materia son frugales, soy admirador de la cultura japonesa. Cualquier cosa que uno vea en la actualidad eventualmente tiene vínculos con algo que los japoneses hicieron hace siglos. Hasta el bondage, por decir lo primero que me viene a la mente.
Entonces, a propósito de la medalla olímpica de Paula Pareto, indagué un poco más sobre el judo, ese deporte que uno, un occidental de fines del siglo xx, mira sin comprender. El judo, dicen, se vale de dos principios básicos: el principio de no resistencia y el del equilibrio.
Uno puede aproximarse a la idea del equilibrio sin demasiados rodeos, está presente en casi todos los órdenes de nuestra vida cotidiana. En cambio, el principio de no resistencia resulta un poco más esquivo.
Hay intuiciones: uno puede darle flor de empujón a una puerta cerrada. Si tiene la bastante fuerza la derribará pero lo más probable es que acabe rebotando por el uso de su propia fuerza. Ese rebote pone en peligro el equilibrio. En realidad ese equilibrio ya había sido puesto en peligro cuando destinamos una determinada cantidad de esfuerzo al servicio de una empresa incierta.
O sea: para prevalecer hay que poner en riesgo el equilibrio. El judo encadena una sucesión de equilibrios perdidos y recuperados. Ahí viene el principio de no resistencia. Cuando el judoca es atacado debe ceder a la fuerza de su oponente. Con ello anula el esfuerzo contrario, ahorra energías y facilita la conservación del equilibrio.
Es relativamente fácil decirlo pero se trata de un ejercicio de alta complejidad pues existe un impulso instintivo a resistir. En eso somos fieles a la animalidad de nuestra estirpe. Pero lo racional de nuestra estirpe fue capaz de entender la física, que es muy clara al respecto: ante el choque de dos fuerzas contrapuestas prevalecerá la mayor generando un efecto de adición.
Cuando volví a casa las cosas no estaban bien y con el curso de los días la situación, lejos de solucionarse, se agravó.
Ahí me tocó valerme de uno de mis talentos: la observación. Soy corto de vista, estoy por fuerza obligado a mirar fuerte. Por lo demás, soy dueño de una mente más analítica que sintética. Una de las fuerzas que me mueven es el concepto perequiano: voy a agotar este lugar de tanto mirarlo.
Tomé nota de lo que pasaba. Estábamos muy enojados con lo que pasaba. La irritabilidad de todos los actores involucrados no hacía más que rebotar en el comportamiento de mi padre que, de a ratos, en sus momentos de lucidez, no se privaba de amenazarnos. De la violencia verbal a la física, se sabe, hay sólo un paso.
Éramos nosotros dándonos de lleno contra una puerta cerrada.
Una y otra vez.
En algún momento -que no sabría definir con precisión- me di cuenta de esto que es tan obvio: la situación se nos iba de las manos por nuestros propios errores. Junté a mi tropa y les dije: de acá en más vamos a tratarnos bien; todo van a ser buenas noticias, a las malas las vamos a manejar en privado; no vamos a hablar de enfermedad; nos vamos a meter en el culo el enojo. Ojo, que el barco se hunde, eh.
Como era de esperar, el discurso no dio resultados inmediatos. Debimos soportar el empujón de un oponente mucho más fuerte que nosotros, pero de a poco nuestro equilibrio se recompuso. ¿Cómo? Reduciendo al mínimo la belicosidad, que todo lo malo que tenga que pasar, pase; que pase cuando tenga que pasar, que eso no es cosa nuestra. Pero no vamos a hacer a nuestro oponente más fuerte de lo que es. Recuperado el equilibrio, después vendría el momento de arriesgar. Pero no antes de hacer pie.
Por esas cosas al judo lo llaman ‘el arte gentil’. Lo supe después. Antes, en pleno quilombo, mi hermana ponía en boca de su pareja esa misma clave, que en tono campechano se dice: nosotros sí somos gente.
Esto se ve mejor en una imagen que le atribuyen al padre del judo, un hombre del siglo vi. El tipo dedicaba los inviernos a la meditación. Para eso emprendía caminatas en las que observó la nieve sobre los árboles. Las ramas gruesas se quebraban bajo el peso de la nieve acumulada; las más delgadas, en cambio, cedían a la presión: se doblaban sin quebrarse, dejaban caer la nieve y recuperaban su posición normal.
El ejercicio de la sutileza nos convierte en animales gentiles. Si cedemos a la fuerza de nuestro oponente, su propio ímpetu lo va a arrastrar. A veces nos tienen que pasar cosas horribles como para apreciar algo tan sencillo en su complejidad. De ahí vengo.

12/ Los Kraftwerk argentinos

Argentina nunca fue demasiado receptiva para con la música electrónica de cuño local. Quizá se trató de falta de talento (lo cual no es de desdeñar considerando la calidad del panorama argentino en general o extendiendo el análisis al cine o la literatura) o del escrupúlo comercial de las discográficas, que entonces y siempre han privilegiado los productos de rápida penetración en detrimento de cualquier posibilidad de riesgo.
Hoy en día lo que todavía circula y con relativo éxito es el tango electrónico, que encuentra sus más destacados exponentes en Tanghetto y Narcotango, y a Gotan Project y Bajofondo entre los de mayor difusión comercial.
Otro grupo, del que todavía no he tenido ocasión de escuchar nada (y tampoco es que me desespere por hacerlo), es Ultratango, la banda de los hermanos Leo y Gastón Satragno, mejor conocidos como los hijos de Pinky y Raúl Lavié, que allá por 1990 incursionaron en la música electrónica durante los primeros estertores de la movida en el país. De aquella época sobreviven, aunque parezca mentira, The Sacados y Machito Ponce, que al día de la fecha se ganan la vida haciendo giras por Latinoamérica.
La vieja banda de los Satragno, que según la eyenda en algún momento estuvo integrada también por Bahiano y Juanchi Baleirón, no dejó ninguna canción para la historia pero al menos en la tapa de Signophono, uno de sus discos, asentó su vocación kraftwerkiana. Nada grave, el episodio no pasó a mayores.
https://www.youtube.com/watch?v=KWDtDVwS0mI

Sentir algo que nunca sentiste

La angustia tiene voz. Para oírla basta con dejar la casa en silencio. Basta suspender cualquier cosa que uno esté haciendo. Si hace bastante silencio podrá escuchar la respiración, las actividades de mantenimiento del aparato digestivo, el tránsito sanguíneo. Acto seguido se sentirá débil, indefenso, e inevitablemente volverá a pensar en eso que lo aflige.
Cuando me di cuenta de eso le pedí a mi madre que ponga música, que prenda la radio, que prenda la televisión, que converse, no importa de qué. No dejemos que la casa quede en silencio. La música es un buen sostén. Ahora que *aquello* ha pasado estoy pensando en que debería comprarle a mamá una radio sencilla pero que tenga entrada usb y un pendrive. El siguiente pasa es buscar en internet la música que le gusta a mi padre: chamamé, polca, valsecitos criollos, algún tango, el folclore de los ’60, cosas así. Una magia modesta.
Una tarde mi hermano me lo pidió a mí. Qué querés escuchar, le dije. Algo con onda. Puse música electrónica y no funcionó. Algo copado, insistió. Yo siempre vuelvo a Cerati.
Hoy pienso en esa canción tremenda que fue, que sigue siendo, Té para tres. A esa canción Gustavo la escribió pasando un momento como el mío. ‘Te vi que llorabas por él’ lo escribió pensando en su madre y él es su padre. En su momento la odiaba, es espinetteana pero a todos nos ocurre aprender.
En mi elección fui menos obvio. Puse Lago en el cielo en la versión del festival de Viña del mar de 2007. Esta otra es una canción que me cala hasta lo más profundo. No sólo es bella, también fue la última que Gustavo cantó sobre un escenario aquella fatídica noche de Caracas.
Siempre encontré significativa que fuese la última por su contenido. Parece otra estúpida canción de amor pero en realidad es un diálogo entre el hombre y la divinidad, el diálogo feliz entre dos que se comprenden. El tiempo es arena en mis manos, tu tiempo es arena en mis manos, querido Gustavo, y ahora quiero que vengas conmigo.
Hoy te apuré, estaba tan sensible. Y por sensible, enojado con lo que me pasaba, enojados con lo que nos pasaba: la enfermedad, el duelo trunco, las noches sin dormir, los filosos bordes de la depresión; por eso la ira, los dientes apretados, los disparos en falso.
Mi hermano tiene una instrucción rudimentaria, no era el caso que me pusiera a explicarle la letra. De todos modos no hizo ninguna falta. Perdimos la vista para concentrarnos en el sonido y antes del chururururú volvimos a cruzar miradas. Teníamos los ojos húmedos.

https://youtu.be/9yoPMChej_k