The Cure 

Cuando yo era muy chico me gustaban Virus y Soda Stereo. Primero Virus, que había publicado Locura, yo no lo sabía, un disco de los mejores de la historia del rock argentino. Tampoco sabía que Federico había producido el primer álbum de Soda, el difícil, el que pelea buscando una forma. 

En mi último par de años en la secundaria me asomé al rock cabeza. Disfruté a rabiar los discos de Ramones. No pude aprehender el concepto Hermética. Los Redondos me parecieron una banda con tres buenas canciones. 

Pero cuando tenía 14 se corría la bola de que había un pibe llamado Santi, que tenía todos los discos de The Cure y los de mi banda decían oh, todos los discos de The Cure, que en esa época eran casettes y en el pueblo no se conseguían. Las FM pasaban canciones de Charly García. 

Por esas cosas de la carencia y el querer ser, empecé a amar a The Cure antes de escucharlo. Vine a Trelew y compré casettes a lo pavote. Eran buenísimos. 

Un cuarto de siglo después, sigo escuchando The Cure. Me inspira, me transporta, deja en ridículo esos años de aproximación al cabecismo. Es la última gran banda de rock. En 1984 tenía un repertorio increíble y lo mejor estaba por venir. 

Santi no tenía todos los discos y poesía, Robert, poesía eres tú. 

Llueve 

Llueve. En condiciones normales amaría la situación. Pero estoy yendo al trabajo, estoy algo de maltrecho de salud, llevo mis mejores pilchas y me importunan los autos. Vivo en la parte alta de Trelew. Acá el agua caída corre a gran velocidad y no importa la belleza de la lluvia tenue y persistente: fue una noche dura y las cunetas son arroyos que marchan a toda prisa. Hay pocas veredas, ir por la calle a primera o última hora expone al peatón a un resbalón, una caída, un charco inadvertido, el revoleo de agua de un automovilista sádico, valga la redundancia. 

Crecí en un pueblo del desierto. 200 milímetros de precipitación anual. Crecí en la parte baja de un barrio de calles de tierra. El agua hace sus propias cunetas y el patio de mi casa era un modesto océano de aguas marrones adonde ir. Pero la tierra absorbía y en un par de días ya hacíamos vida normal. 

Ahora mismo odio el barro. Me parece algo siniestro. Que en mi barrio no hubiese veredas es normal, tampoco había cunetas. Yo tenía bigote y todavía no había llegado la red de gas. En cambio acá, lo que no existe es planificación del desarrollo urbano. Hacer una vereda es tirar la plata. Este año o el que viene el gobierno anunciará una obra muy necesaria y volverá a romper todo. 

Y volverá a llover y diremos que es la peor lluvia de los últimos cuatrocientos treinta años. Total, quién sabe. 

Husos y costumbres 

Leo. 

Los puntos extremos de la superficie continental de la Argentina están a los 26 grados al este y 73 al oeste. Semejante extensión habilitaría el empleo de tres husos horarios. O por lo menos dos. 

Sin embargo, por cuestiones culturales (costumbre, comodidad) se utiliza uno solo. Es razonable. Si hubiera que establecer divisiones se haría por provincias. Nadie sabe en qué punto de latitud y longitud vive pero la gran mayoría sabe cuál es su provincia. 

El problema es que no poca gente vive en una provincia y estudia o trabaja en otra. Y a nadie le gustaría usar dos relojes. Lo que redundaría en la implementación de parches: Carmen de Patagones tendría la misma hora que la provincia de Río Negro. Así, los locutores de la radio dirían son las siete y cuarto de la mañana en la provincia de Buenos Aires, una hora menos en Patagones, si es que Patagones tuviera alguna relevancia. 

Pero muy en el fondo la macana es otra y muy grave. Desconozco las razones por las que el estado argentino escogió estar a tres horas de Greenwich cuando su territorio está a cuatro y cinco horas solares de esa referencia. Ese equívoco redunda en numerosos disparates. Lo padece toda la población pero sobre todo los noctámbulos, que jamás dejaremos de portarnos como sonámbulos. 

Un macaco senza storia 

De un tiempo a hoy una de las angustias que me come el alma es la convicción de que mi generación es la última. No está bien ni mal pero es la última. Perdimos toda forma de fe. No queremos aprender. El cansancio nos gasta las rodillas, nos lacera el colon, nos muerde los dientes. La presión vuela por los aires, los pulmones informan que ya fue bastante, los ojos pierden terreno a manos de la presbicia. 

Pienso que lo que me angustia en realidad es la muerte de mi padre. Estamos en la víspera y puede que lo estemos para siempre. Después de él moriré yo. La idea de mi muerte no me asusta. Sólo me aflige la eventualidad de que tarde mucho en llegar. 

Ese apocalipsis del afuera, la derrota de mi generación, y del adentro, la fragilidad emocional y fisiológica a la que parezco condenado, es un enemigo impiadoso. Y no hice nada para torcer el rumbo. 

Sensini 

Roberto Bolaño le dedicó a Antonio Di Benedetto un cuento más o menos malo pero sentido. El autor de la mejor novela argentina era un sobreviviente, un tipo con un solo saco. En el cuento Di Benedetto se llama Sensini, vaya a saber uno por qué. Suena mal, sesea, termina en una insípida ene, la progresión e-i-i habilita a pensar en debilidad. Y ya no está Bolaño para preguntarle. 

Casualmente hubo un futbolista argentino llamado Sensini. Roberto Marcos. Arrancó jugando de 3 en Newells. Con el tiempo emigró a Italia, donde consiguió destacarse. Jugó casi hasta los 40 años. Llamaba la atención su versatilidad: podía jugar en cualquier puesto de la defensa e incluso como volante central. 

Durante largos años Sensini fue número puesto en cada convocatoria del seleccionado argentino. Como suele ocurrir, quizá por lo deslucido de su trabajo, quizá por su falta de carisma, quizá por los malos trazos de su rostro, Sensini era blanco fácil para la puteada. 

Sensini tuvo la mala suerte de cometer el penal que a la postre le diera el título de campeón del mundo a Alemania en 1990. Sensini cometió la impericia de quedarse enganchado cuando todos dieron el paso al frente a pocos minutos del final de la definición del oro olímpico en Atlanta 1996. 

Hay un lado Sensini de la vida. Una trayectoria impecable con dos manchas de dimensión oceánica, el sino de los hombrecitos grises que no están diseñados para la gloria. Sensini, Roberto Marcos. 

Ya morí 

El trágico evento de Olavarría devolvió al tapete la canción que Juanse le escribió al Indio. Que la lírica de Juanse tiene menos vuelo que una torcaza no es novedad. Sin embargo, una lectura rápida y abominablemente contemporánea detecta que la palabra ‘gente’ está mencionada dos veces dentro de  las escasas cien de toda la canción. Casi como habla Sergio Massa. 

Si hacemos foco sobre ese par de veces en que se nombra a la gente, el público, la multitud sin nombre, podemos notar que es gente que cree y gente que muere. Gente que va detrás de una fe, que en tanto tal no admite duda, pliegue, reproche; y gente que muere de repente. La gente tiene para sí muchas formas absurdas de morir. Pretender que si no fueron por aplastamiento o asfixia son menos muertes es parte del dogma. 

Uno lo ve al Juanse actual, recuerda su intervención en el último show de Spinetta -la gente, la multitud innominada, le gritaba Pomelo, Pomelo-pondera su trayectoria, su cancionero, la misérrima lírica que puso al servicio de sus canciones y admite: sí, la verdad se aloja en hoteles extraños. 

Feliz navidad 

Una vez estuve en una casa de esas por las que pasa Papa Noel y está en el greatest hits de mi vida. 

Hay que imaginarse un pueblo con montaña, el faldeo de un cerro, verde hasta que digas basta. 

Entre los niños había inquietud. Parece que es abuelo, decían. Viste que Papa Noel siempre aparece cuando el abuelo dice que va a buscar el helado. Tres años, en escala infantil, es siempre. 

Fiona, la más grande del conciliábulo, puso a consideración un plan: yo, despacito, me acerco, y cuando lo tengo a tiro le arranco la barba. Hay un intercambio de opiniones hasta que interviene Giuliano, el más chico: ¿y si de verdad es Papa Noel? 

El 24 a la noche el abuelo va a buscar el helado, como siempre. Pero esta vez ve llegar a Papa Noel,  que es otro y prima la algarabía, los gritos, la risa.