Bien otra cosa

En la ex colonia Pastoril Sarmiento, hoy Sarmiento ciudad de dios, no hay 3g de Movistar, con lo que un tuitero de mi calibre entra en crisis. No sé qué pasa en el mundo. Me levanté tres y media de la mañana y quince horas después no puedo pegar un ojo. Fue un día de provecho. Hago buenas migas hablando, debería dedicarme a eso. Hice fuerza incluso bajo advertencia: Jorge eso es una batería, mirá que si se te cae explota y cagás fuego, y lo mismo yo con toda la prudencia y toda la premura, haciendo un esfuerzo que nadie me pidió, sólo porque lejos de la oficina, mi puesto natural, me siento convocado a hacerlo todo. Comí pizza, comimos como bestias hambrientas e hicimos el simulacro de seguir trabajando. Pero nos ganó la modorra. Hay promesa de churrasco para la noche. Gente que no me ve desde hace diez años todavía se acuerda de mí por un asado en el que participé. Después nos fuimos al cabaret. Acá en esa época no había bares. Si querías un café a las diez de la noche tocaba el cabaret. Pero mejor una cerveza. El pueblo creció mucho. O será que yo estoy muy acostumbrado a Trelew, que se cae a pedazos. No, sí. Acá hay petróleo. Estamos a 100 kilómetros por ruta 26 del yacimiento de Cerro Dragón. Ese es un nombre power. Debería escribir un libro de poemas que se llame así. De hecho, para evitar Comodoro Rivadavia, la Dubai de la Patagonia, hicimos un buen trecho sobre ripio hasta empalmar con Cerro Dragón. Es un paisaje insólito, con bardas limadas en forma de escalera, ovejas, guanacos, las norias gigantescas de los parques eólicos y equipos petroleros meta bomba y bomba, a contrapelo de la miserable vida de nuestras ciudades y nuestros pueblos. Y lo más intenso ocurre bajo tierra. Por los caños viaja el néctar negro, los árboles de otra era geológica hechos camposanto. Mis compañeros de viaje no son cultos del modo que yo entonces me toca hacer los comentarios que no causan gracia. Qué karma el de Comodoro. Buscaban agua y encontraron petróleo. Buscaban petróleo y encontraron restos de un parque jurásico. Egidio Feruglio, el prócer que da nombre a nuestro museo paleontológico en Trelew, era ingeniero en petróleo y era capo de YPF. Hoy su nombre es marca de dinosaurio. Sarmiento es distinto. Está en un valle con río. Las chacras custodiadas por guardias pretorianas de álamos, lucen a pleno verde. Hoy hace calor y el viento apenas hace cosquillas, lo que hace de este pueblo infernal un remanso. La gente es sencilla y mis compañeros me prodigan un inmerecido aprecio. Sospecho que se debe a un valor transversal en la gente del interior. Se sienten olvidados. Valoran que se los visite. Les da gusto volver a ver una cara conocida, incluso la mía, más que sonriente para la ocasión, aprietan fuerte la diestra. Es el campo. Termino temprano con lo que tenía planificado. Me hice entender. Me dijeron muchas veces que sí. En el fondo no quiero volver. Mi presidente, al que todavía no he tratado en su carácter de tal, dijo de mí A ese muchacho voy a tener que internarlo acá. No es que me dé miedo, al contrario, me gusta el desafío. Tengo ganas de hacer un trabajo hermoso. Así es el comienzo del resto de mi vida. Trato de hacer memoria. ¿Cómo era vivir sin Google maps? Fácil. Andaba con un plano del pueblo en el bolsillo del saco. A las tardes iba a la cooperativa, la institución del pueblo, y alquilaba una computadora. Al mediodía solía comer sentado en un banco de la plaza el plato del día de la rotisería de la Anónima. Mi hotel era tan pobre que apenas tenía una silla. Ahora hay más alojamientos. El petróleo, algún turismo. Pero todo es muy caro. La Dubai chacarera no es buen lugar para ser empleado público. Pero tiene su glamour. Ya se ve hasta lindas chicas por la calle. Hay edificaciones más ambiciosas. Recuerdo de mi primer viaje que me impactó que no hubiera ni una sola vidriera para mirar. Al contrario, las aberturas tendían a ser pequeñas, como si la gente no quisiera tener noticia alguna del viento. Hace falta vidrio. Cúpulas, balcones, curvas, colores. Ser patagónico es jugarse una patriada dura contra el ambiente. Es lo que hay. Hay que intervenirlo. Mi compañero duerme y no ronca. Capaz que es consecuencia de hacer vida sana. Dieta, deporte. Yo ronco. Ronco fuerte. Él ya lo sabe. Se me ocurrió que era buena idea seguirle la corriente y alojarnos en el albergue municipal. Parece un hostel. Está retirado del pueblo. Ruta 26, primera entrada a la derecha. Tenía ganas de ir a mi viejo hotel pero hay que cuidar el mango. Es sólo una noche. Vamos a sobrevivir. Nadie protestó por los ronquidos. A lo mejor no pude pegar un ojo. Sí, pegué. Y soñé con política. De golpe compruebo que anoche tuve que sacar adelante una conversación que fue sobre política, gestión, rosca, votos, territorio, escenarios posibles para un 2019 resbaladizo. El lugar común es que abrigamos alguna esperanza de repunte. Así son los años electorales. Ojo, que también habla la necesidad de supervivencia. Comparé al gobernador con Macron. No es sólo que use slim fit, es la postura, típica de los que estudiaron en un liceo militar, la sonrisa con muchos dientes y una confianza que va en ascenso. Copió de su maestro el gesto de abrazar viejitas. Los viejos valoran esas cosas. Una muestra de afecto vale por una hora de conversación. Sigo hablando. Contamos el inicio del despelote en primera persona. Pienso que así se construyen las historias corales. El recuerdo es vívido pero el relato se tergiversa, se desmadra en los énfasis, se desenfoca a placer. Corre el vino y en algún momento el anfitrión se da permiso para un vaso. Estoy con remedios, había dicho. Carga el vaso con hielo hasta el tope y el vino cae haciendo fintas. Casa sencilla, el vino se sirve en vaso. La niña de la casa se llama Zoe y tiene cinco años. Se nota a la legua que es la consentida. Qué rico es el calamar, dice. Sentencia irrebatible. Pero estamos comiendo cordero con chorizos de cerdo. Por alguna razón no hice pie con estos chorizos. El cordero en general no me gusta. Es una carne que impone una cierta premura y yo disfruto de la ejecución morosa del acto de comer. Me la pasaría horas comiendo. Carne. Después viene el helado y pido a la doña que me sirva una porción chica. A qué clase de humano no le gusta el helado, cabe preguntarse. Mi viejo hotel tal vez esté cerrado, me cuentan. Pero la viejita vive. A las bombas que se hamacan empujando petróleo las llaman cigüeñas. Cuando atravesamos la inmensidad de la Pampa Salamanca pienso en Próspero Palazzo, piloto de Aeroposta Argentina, que perdió la batalla contra una tormenta feroz y se mató por estos pagos. Tuvo un compañero de trabajo famoso, otro mártir de la aviación: Antoine Marie Jean-Baptiste Roger Conde de Saint-Exupéry. El tiempo ha pasado y la pampa es la misma. La única novedad son los restos que quedan de los campamentos abandonados, un rancho hecho trapera por acá, una pared suelta por allá. El alambrado de los campos describiendo la curva errática de una topografía endemoniada. Me pregunto dónde quedará el paraje El infiernillo. Me parece otro nombre feliz. Los bacanes llaman infiernillo a la fuente con brasas donde se sirve el asado para que no se enfríe. Pero esto es bien otra cosa.

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Lose This Skin

El ringtone de mi teléfono es Lose This Skin, de los Clash, la única banda que importa. Hace años de esto. Años de los feos ciertamente. Diría que el destino se ensañó con mi familia pero eso no es del todo cierto.
El caso es que el violín de Tymon Dogg me crispa. Me arruiné la canción. Con los primeros acordes pierdo la forma, me pongo en guardia. Es un reflejo pavloviano. Se me hizo carne que todas las noticias que me trae el teléfono son malas. Urgencias, calamidades, vértigo y cornisas.
Ya casi no atiendo el teléfono. Salvo a mi hermano, mi compañero de viaje en esta montaña rusa.
Hoy llamó. Temprano. Siempre me encuentra en la cama. Su tono es sereno pero lo apuro ¿Qué pasó? Nada, quería escucharte, dijo.
El viejo está flaco y roto. Ya nadie se anima a dar pronósticos. Otros viejos, con cuadros similares, bajaron pronto la guardia. El nuestro tiene un corazón de fierro. Y, allá donde resida lo último de su razón, un deseo inveterado de vivir.
Me cuenta que consiguió laburo, que invierte en materiales, que la residencia está en crisis: el sogazo financiero, la cancelación de un alquiler, problemas conyugales entre los dueños. Lo que ocurre en cualquier PYME familiar. La elevada rotación de personal. Una obra cerrada de apuro.
Conyugal no esconde el yugo en su seno. Es una palabra sincera. Tengo que reconciliarme con el violín de Tymon Dogg. Y pensar en otra cosa. Este capítulo ya está medianamente cerrado.
Quiero darme un viaje de recomposición espiritual. Ni bien se enfríe la tarjeta de crédito.

El latido del universo 

Durante el año que pasó me pasó de todo. Y he de confesar que había olvidado lo que era el miedo, esa sensación tan infantil de temerles a los tipos de barba. Ahora el de barba soy yo y tengo miedos mundanos, concomitentes, perfectamente coordenados al punto de que no quede distrito alguno sin ser abarcado. Todos los miedos, el miedo. Perder las llaves; morir, con dolor, antes de que muera mi madre; la locura, la pobreza, la venganza; la soledad, los desatinos, la violencia urbana; la fama, la nada, la guerra. Tuve tanto miedo que renací un par de veces en poco tiempo. Me temblaron el pulso y la voz pero recuperé el aplomo; decenas de veces sonó el teléfono y soporté malas noticias. Ahora sí que soy un hombre. Me recibí de grande y sin honores. De grande y con dolores. Tuve ganas de meter eso que en fútbol llamamos cambio de ritmo. Pelota segura, cabeza levantada, pase profundo. Soñaba con unas vacaciones en Italia. Moderé mi entusiasmo e hice planes para una expedición a Bolivia. Yo también quiero mi revolución. Viajá, me dijo alguien, no te prives de una sensación que perdiste, que los argentinos perdimos, hace tiempo: esa mínima seguridad de saber que nada malo va a ocurrirte. Hoy, lo que dura este instante, el tiempo por delante bajo tus pies.

Tres comisarías. Episodio 2: Don Baltazar 

Tengo poco mundo. Mis vacaciones suelen ser en El Bolsón, un lugar de magia venida a menos, que supo acogerme al cabo de la peor depresión de mi vida. Superé ese escollo y nunca dejé de volver. Las cosas mejoraron, nací y morí un puñado de veces, pero siempre volví.
Bolsón es de esos pueblos abandonadas por el estado. Queda en el culo de una provincia enorme, tiene una bien ganada fama de aldea hippie en lo acepción más rastrera de la expresión.
Con el tiempo entendí que nunca va a salir adelante y por vocación propia. Decisiones son decisiones, digo yo, que soy el vivo museo de mis errores. Sin embargo hay algo magnético en los hombres que, bendecidos por un don, han elegido irse por el desagüe. Con las ciudades, se me antoja, ocurre algo parecido.
En los últimos años, mi gran hallazgo fue Alma, una vinoteca que es exactamente la que yo quisiera regentear. Buena, bonita, surtida, con precios para todos los bolsillos y, por sobre todo, una atención gentil, ajustada al tipo de cliente. Los tipos que están ahí se jactan de haber bebido todos los vinos que venden. Ese es un plus imbatible.
En fin, entré preguntando por petit verdot. Encontré en precio una etiqueta que me voló la cabeza, Don Baltazar, de Antigua Casa de Montes. Y estoy cebado llevo también un par de botellas de la cepa de moda, cabernet franc, la cepa elegida por el dios. El diablo, por supuesto, bebe petit verdot.
Hay un par de semanas de enero en las que Bolsón se atesta de turistas. El paisaje femenino cambia sustancialmente. Se ven chicas lindas, chicas arregladas, chicas de sonrisa que no cabe en la cara. Esas son turistas.
Busco el lado de la sombra. El pueblo no es grande pero el sol, la carga y las chicas lindas ralentizan la marcha. Es día de feria. Las calles de la plaza están ocupadas por puestos; las adyacentes, colapsadas por un tránsito sin ley. Sin apenas pensarlo estoy entrando en terreno enemigo y alguien me lo hace saber.
Una rareza: una agente de la policía de Río Negro de magnas proporciones, notorias incluso con el horrible uniforme reglamentario cara de alemanota. Je suis perdu. Señor, ¿me acompaña, por favor? Estoy apurado, soy turista. Son cinco minutos. Soy un imbécil.
Me engancharon como testigo. La comisaría de Bolsón es igual que cualquier dependencia policial de provincia: un rancho con una recepción y un pasillo lleno de puertas ciegas. Siempre hace calor, salvo en invierno, que hace un frío de muerte.
¿Me permite una identificación? ¿Este es usted? dice el cana, tratando de ser gracioso. En la foto del documento tengo pelo largo y soy lampiño; en persona, pierdo todos los días contra la calvicie, ostento una barba anárquica. La rubia sólo fue el cebo para un incauto.
En este recinto sin ventanas hay un mostrador. La única silla la ocupa una señora de aspecto mapuche. Llora, apenas se le entiende lo que dice. Un tipo le hace preguntas. Adivino que el otro civil es el otro incauto que mordió el cebo. El cana graciosón me pide los datos. Parece contento cuando digo que vivo a mil kilómetros y estoy de paso. Me pide que firme seis hojas. Las firmo sin leer. Estudié contador público. Estoy formado y entrenado para firmar sin leer y hago de uso.
Muy bien, señor, dice el graciosón, eso era todo. Levanto del piso mi caja con cuatro botellas de vino, abro la puerta y enfilo hacia el poniente, que allá, según mis cálculos, está la salida.
Sofocado por el calor del día, el calor de la oficina policial y el calor de la vergüenza de haber prestado mi nombre a un fin sobre el que nada indagué, flanqueo la puerta con la imagen de esa mujer que lloraba y pienso Así mataron a Nisman.

Tres comisarías. Episodio 1: Cutuli 

En el trabajo me piden un certificado de antecedentes penales. Nunca pasé por ese trance. Por inercia, me dirijo a la federal. La seccional de Rawson es parecida a cualquier comisaría de la provincia, un rancho con bonita fachada, ladrillo a la vista; adentro, el calor aprieta lo mismo que en un hospital o en un geriátrico. El tipo de la recepción, muy amable, me dice que me vaya olvidando: es un trámite caro, tarda un mes, que para qué lo quiero.
En la comisaría de Rawson, a la que me dirigí aprovechando la misma caminata, me preguntan cuál es mi domicilio. Digo Trelew, entonces no, de ninguna manera, constituyasé en la comisaría más cercana a su domicilio, tenga buenos días.
La más cercana a mi domicilio queda a dos cuadras de mi casa. Trámites administrativos sólo por la mañana. O sea que pido un día en el trabajo y voy. No señor, de eso se encarga la unidad regional. Seis o siete cuadras más, cuesta abajo. El certificado cuesta veinte kopekas, tiene que traer una foto de 10×15, cuerpo entero, color. Si corre, llega antes de que le cierre la casa de fotos.
Es media estación. Ando de chomba y saco. Así salgo en mi expediente policial. Sólo me falta una copa de Martini para lucir como un narco bananero.
Toda la corrida es al pedo. El trámite tarda dos días. Disculpe, señor, que no le hayan informado. Tengo que mandar un radiograma a Rawson porque ellos guardan el registro, me dice un tipo de la vieja escuela, muy parecido a Cutuli, aquél actor de comedias picarescas de los ’80. Vengasé el jueves.
Voy el jueves. Pedí otro día en el trabajo. Atrasé el trámite a mis compañeros de expediente y tomé nota de ese fastidio dicho entre dientes.
Ya estoy como en casa en la unidad regional. Saludo con una inclinación de cabeza al guardia de la recepción, paso a un patio al que dan unas dieciocho puertas. La tercera a mano izquierda es biblioteca. Ahí se encargan de los antecedentes.
Antes que yo hay un ñato de campera, que eleva un poco el tono cuando Cutuli le dice que su certificado no llegó, que él no entiende por qué. Cuando el ñato se va, Cutuli me dice, como si fuéramos amigos de toda la vida vida, que de alguna manera, burócratas al fin, lo somos. Me tienen podrido estos delincuentes de mierda. Este tiene antecedentes. Ahora tengo que llamar al juzgado federal que me va a tener a las vueltas una semana. Y encima, lo escuchaste, me maltrató.
El mío está. Me tienen que tomar unos datos. El interrogatorio es largo y exhaustivo. No me molesta, nada hay que me guste tanto como hablar de mí.
¿Hace diez años que trabaja ahí y recién le piden los antecedentes? Qué gente más rara, dice Cutuli. Y después pasamos a la ruinosa instancia de tocar el pianito. Una agente de guardapolvo blanco, atavío policial que nunca voy a entender (Cutuli y todos los administrativos hombres andan de civil, se les nota lo cana en el gesto), me explica todas las precauciones que he de guardar para con la tinta. Nunca me sentí más sucio. Hay que dejar actuar al jabón. No se frote por un minuto, señor. No le tenía fe, sin embargo toda la tinta salió sin dejar rastro.
Al cabo de eso, vuelvo al escritorio de Cutuli, que me extiende con la severa cordialidad de un embajador un sobre. Ahí está todo. Me extiende la diestra y me desea buena suerte.
Salgo al patio. Detrás de la puerta está el guardia de recepción. Adiós, señor, digo, y me sonrío pensando en Cutuli, el tipo que detesta a los delincuentes de mierda.

Volutas de humo 

Mi viejo fumó desde los 13 años. Eso contaba. Lo negoció con mi abuelo. Trabajaba como un burro. Tres cigarrillos al día era poco en relación a su prestación laboral. Mi abuelo aceptó. Papá fumó treinta años. En otra época, yo, que era apenas un niño de seis años o siete, le compraba Fontanares o Imparciales, dos o tres atados al día. Tuvo una úlcera gastrointestinal y casi no cuenta el cuento. Dejó todos los vicios. Tenía la edad que yo tengo ahora.
Yo fumo. El primero fue a los 12. Me di al vicio a los 20 y nunca pude parar. En la peor mishiadura prefería fumar a comer. Pero nunca pude fumar delante de mi padre. Así de grande ha sido para mí su figura.
Sólo pude fumar delante de mi viejo cuando él perdió la cabeza. No fueron muchas veces, se trataba de una emergencia, yo estaba de paso y me cuidaba.
Cuando hube de encauzar todo me cayó la ficha. ¿Y si pruebo dejar de fumar? Sólo por hoy, sólo por esta semana, una prueba.
Pude. Encaré el Edipo con un serrucho. Funcionó. O parece que funciona. Sufro por las mañanas, cuando saco la flema de todos estos años y toso hasta llorar, pero tengo un enemigo menos al que temer. Aunque no se lo pueda contar a mi viejo.
Yo ya no fumo. No digo que no vuelva a hacerlo. Simplemente ya no es un tema relevante para mí. Fumo en sueños y lo disfruto. A veces sueño que compro un atado. Para tener. Por las dudas. Por si algún sábado a la noche me pinta echar un poco de humo.
En algún punto creo que fumar fue una manera de esconderme. Un día el esconderme dejó de tener sentido. Y otro gallo cantó.

Día de cobro

Los días de cobro no son lo que eran. Ya no nos apiñamos ante la oficina de personal a esperar el sobre. ¿Alguna vez manejaron tanto efectivo sin temor a un asalto de grupo comando? Más acá, el cheque, la cola en el banco. Alguna vez, de muy niño, so pretexto de aprender a defenderme, cumplí esa tarea. Ahora estamos todos bancarizados y la guita se acredita en una caja de ahorro de la que somos amos y señores. O un poco menos que eso. Porque retirar efectivo por ventanilla es un incordio reservado a septuagenarios. Ahora vamos al cajero. ¿Hay cola? Es día de cobro, por supuesto que hay cola. Si algo que permanece invariable eso es la costumbre rumana de hacer colas.
Soy vago. Los sábados duermo hasta tarde. Mis pares atacaron temprano. A primera vista, la mitad de los cajeros ya no tienen dinero. ¿Necesito el efectivo? Sí, más de lo que me gustaría: hay ciertos gastos negros que afrontar empezando por el alquiler. ¿Tendrá guita el otro cajero? La cola indica que sí. Pero yo conozco a estos ñatos. Los cajeros no sólo sirven para extracciones: se puede consultar saldos, pagar servicios, hacer transferencias. Que el cajero no disponga de fondos no es impedimento para la operación, digo más: para demorarse ante la pantalla fingiendo aplicación. Estoy seguro de que no hay guita. El que lo está operando siente vergüenza por haber soportado la cola de unos veinte tipos, media hora, cuarenta minutos, y cuando gire sobre sí buscando la puerta no dirá ‘che, no da guita’, no hará ninguna mueca. Simplemente se irá celebrando para sus adentros esa modesta venganza.