Llueve 

Llueve. En condiciones normales amaría la situación. Pero estoy yendo al trabajo, estoy algo de maltrecho de salud, llevo mis mejores pilchas y me importunan los autos. Vivo en la parte alta de Trelew. Acá el agua caída corre a gran velocidad y no importa la belleza de la lluvia tenue y persistente: fue una noche dura y las cunetas son arroyos que marchan a toda prisa. Hay pocas veredas, ir por la calle a primera o última hora expone al peatón a un resbalón, una caída, un charco inadvertido, el revoleo de agua de un automovilista sádico, valga la redundancia. 

Crecí en un pueblo del desierto. 200 milímetros de precipitación anual. Crecí en la parte baja de un barrio de calles de tierra. El agua hace sus propias cunetas y el patio de mi casa era un modesto océano de aguas marrones adonde ir. Pero la tierra absorbía y en un par de días ya hacíamos vida normal. 

Ahora mismo odio el barro. Me parece algo siniestro. Que en mi barrio no hubiese veredas es normal, tampoco había cunetas. Yo tenía bigote y todavía no había llegado la red de gas. En cambio acá, lo que no existe es planificación del desarrollo urbano. Hacer una vereda es tirar la plata. Este año o el que viene el gobierno anunciará una obra muy necesaria y volverá a romper todo. 

Y volverá a llover y diremos que es la peor lluvia de los últimos cuatrocientos treinta años. Total, quién sabe. 

Husos y costumbres 

Leo. 

Los puntos extremos de la superficie continental de la Argentina están a los 26 grados al este y 73 al oeste. Semejante extensión habilitaría el empleo de tres husos horarios. O por lo menos dos. 

Sin embargo, por cuestiones culturales (costumbre, comodidad) se utiliza uno solo. Es razonable. Si hubiera que establecer divisiones se haría por provincias. Nadie sabe en qué punto de latitud y longitud vive pero la gran mayoría sabe cuál es su provincia. 

El problema es que no poca gente vive en una provincia y estudia o trabaja en otra. Y a nadie le gustaría usar dos relojes. Lo que redundaría en la implementación de parches: Carmen de Patagones tendría la misma hora que la provincia de Río Negro. Así, los locutores de la radio dirían son las siete y cuarto de la mañana en la provincia de Buenos Aires, una hora menos en Patagones, si es que Patagones tuviera alguna relevancia. 

Pero muy en el fondo la macana es otra y muy grave. Desconozco las razones por las que el estado argentino escogió estar a tres horas de Greenwich cuando su territorio está a cuatro y cinco horas solares de esa referencia. Ese equívoco redunda en numerosos disparates. Lo padece toda la población pero sobre todo los noctámbulos, que jamás dejaremos de portarnos como sonámbulos. 

Un macaco senza storia 

De un tiempo a hoy una de las angustias que me come el alma es la convicción de que mi generación es la última. No está bien ni mal pero es la última. Perdimos toda forma de fe. No queremos aprender. El cansancio nos gasta las rodillas, nos lacera el colon, nos muerde los dientes. La presión vuela por los aires, los pulmones informan que ya fue bastante, los ojos pierden terreno a manos de la presbicia. 

Pienso que lo que me angustia en realidad es la muerte de mi padre. Estamos en la víspera y puede que lo estemos para siempre. Después de él moriré yo. La idea de mi muerte no me asusta. Sólo me aflige la eventualidad de que tarde mucho en llegar. 

Ese apocalipsis del afuera, la derrota de mi generación, y del adentro, la fragilidad emocional y fisiológica a la que parezco condenado, es un enemigo impiadoso. Y no hice nada para torcer el rumbo. 

Sensini 

Roberto Bolaño le dedicó a Antonio Di Benedetto un cuento más o menos malo pero sentido. El autor de la mejor novela argentina era un sobreviviente, un tipo con un solo saco. En el cuento Di Benedetto se llama Sensini, vaya a saber uno por qué. Suena mal, sesea, termina en una insípida ene, la progresión e-i-i habilita a pensar en debilidad. Y ya no está Bolaño para preguntarle. 

Casualmente hubo un futbolista argentino llamado Sensini. Roberto Marcos. Arrancó jugando de 3 en Newells. Con el tiempo emigró a Italia, donde consiguió destacarse. Jugó casi hasta los 40 años. Llamaba la atención su versatilidad: podía jugar en cualquier puesto de la defensa e incluso como volante central. 

Durante largos años Sensini fue número puesto en cada convocatoria del seleccionado argentino. Como suele ocurrir, quizá por lo deslucido de su trabajo, quizá por su falta de carisma, quizá por los malos trazos de su rostro, Sensini era blanco fácil para la puteada. 

Sensini tuvo la mala suerte de cometer el penal que a la postre le diera el título de campeón del mundo a Alemania en 1990. Sensini cometió la impericia de quedarse enganchado cuando todos dieron el paso al frente a pocos minutos del final de la definición del oro olímpico en Atlanta 1996. 

Hay un lado Sensini de la vida. Una trayectoria impecable con dos manchas de dimensión oceánica, el sino de los hombrecitos grises que no están diseñados para la gloria. Sensini, Roberto Marcos. 

Ya morí 

El trágico evento de Olavarría devolvió al tapete la canción que Juanse le escribió al Indio. Que la lírica de Juanse tiene menos vuelo que una torcaza no es novedad. Sin embargo, una lectura rápida y abominablemente contemporánea detecta que la palabra ‘gente’ está mencionada dos veces dentro de  las escasas cien de toda la canción. Casi como habla Sergio Massa. 

Si hacemos foco sobre ese par de veces en que se nombra a la gente, el público, la multitud sin nombre, podemos notar que es gente que cree y gente que muere. Gente que va detrás de una fe, que en tanto tal no admite duda, pliegue, reproche; y gente que muere de repente. La gente tiene para sí muchas formas absurdas de morir. Pretender que si no fueron por aplastamiento o asfixia son menos muertes es parte del dogma. 

Uno lo ve al Juanse actual, recuerda su intervención en el último show de Spinetta -la gente, la multitud innominada, le gritaba Pomelo, Pomelo-pondera su trayectoria, su cancionero, la misérrima lírica que puso al servicio de sus canciones y admite: sí, la verdad se aloja en hoteles extraños. 

Feliz navidad 

Una vez estuve en una casa de esas por las que pasa Papa Noel y está en el greatest hits de mi vida. 

Hay que imaginarse un pueblo con montaña, el faldeo de un cerro, verde hasta que digas basta. 

Entre los niños había inquietud. Parece que es abuelo, decían. Viste que Papa Noel siempre aparece cuando el abuelo dice que va a buscar el helado. Tres años, en escala infantil, es siempre. 

Fiona, la más grande del conciliábulo, puso a consideración un plan: yo, despacito, me acerco, y cuando lo tengo a tiro le arranco la barba. Hay un intercambio de opiniones hasta que interviene Giuliano, el más chico: ¿y si de verdad es Papa Noel? 

El 24 a la noche el abuelo va a buscar el helado, como siempre. Pero esta vez ve llegar a Papa Noel,  que es otro y prima la algarabía, los gritos, la risa. 

La revolución de terciopelo

Viste que hay gente que va al psicólogo a pedir consejo, yo no sé, por qué mejor no se buscan un tarotista, un cura, o es que acaso no tienen los suficientes amigos. Yo tengo bastantes amigos, eh, menos de los que me gustaría, quién no, es que, superado cierto umbral etario, agotada la posibilidad de nuevas aventuras, cómo se hace para conseguir nuevos amigos. Ni siquiera nos queda el correo de lectores de la revista Flash, ¿sigue saliendo? Vos ni siquiera habías nacido. Sin embargo hasta no hace demasiado tiempo estaba en radio Rolando Hanglin con un programa involuntariamente cómico en el que la audiencia llamaba por teléfono ofreciéndose para conseguir pareja, algo así como un aviso clasificado pero dicho con la propia voz y describiendo el objeto en esas tres o cuatro líneas que uno considera relevantes, tipo soy Jorge de Trelew, tengo 41, soy profesional, llevo una vida saludable, tengo dos mil películas y busco señora o señorita de entre 20 y 40 años para relación seria o banal, lo que se dé, mi correo electrónico es unmarloparatucacerolita@hotmail.com Gracias. Y ni el conductor ni la coconductora, Florencia Ibañez, se reían, que es la clave de las comedias que funcionan, que los actores no se rían, cualquier mueca en esa dirección denotaría que se trata de una puesta en escena: todos sabemos que lo es pero ponemos una cuota de fe poética al servicio de el momento, así debería ser siempre, ¿no? Entonces, decía, maldita la hora en que yo buscase consejos, realmente no me interesan, no porque los necesito en un sentido demasiado global, distinto sería que yo buscase ayuda para escribir esta nota. Sé que no hay nadie que escriba como yo pero sí que hay gente que ayuda a leer mejor, a pulir esas terminaciones rugosas que atribulan al tacto. Compré un teléfono para mi hermana, ni me fijé en cuánto anda mi deuda, simplemente dije a la carga y fui, lo que es una avance, no vayas a creer, en casa éramos muy de la idea de cuando juntemos unos pesos, ¿sabés cuándo vamos a juntar unos pesos? Mañana. Y mañana es nunca. Entonces mejor no pensar en esa clase de cosas. Improvisé un embalaje con mis propias manos. Un papelón. Quedó torcido, mal pegado, pero sentí, mientras lo hacía, que eso era una especie de rúbrica, de marca de autor. Soy torpe, qué le voy a hacer, soy atolondrado, me cuesta mucho aprender. Si hiciera cincuenta envoltorios aprendería. Si hiciera doscientos lo haría muy bien. Pero la verdad es que difícilmente haga otro envoltorio en lo que queda del año y quién sabe el próximo. Lo mismo con un mueble que tenía hace meses en casa y me dispuse a armarlo, total era sábado a la mañana y sonaba algún show de Kraftwerk, alguno de mis favoritos, a todo volumen, ¿te conté que viajo a verlos? Fue imprevisto. La noticia me tomó por sorpresa, recién llegado de la guerra y yo, que no creo en dios ni en la predestinación, sino en las relaciones de causa y efecto, en las continuidades, en los patrones, yo, que desde que hago terapia y puedo observar mi relato desde otra dimensión me voy aproximando al concepto de rizoma, que acuñó Deleuze, y por vueltas que le diese no podía y no podía, también es verdad que el que abrió la puerta fue un filósofo que lo explicó en mensaje llano, un texto que disfruté mucho, porque es como la novela luminosa de Levrero, es Deleuze y yo, o por qué sobre Deleuze no se puede decir casi casi nada y arranca diciendo algo así como yo, que antes estudié ingeniería agronómica bla, y claro, el rizoma es una forma especial de la raíz, y yo me acordé de las tardes en los veranos de mi adolescencia, las primeras, las más sacrificadas, cuando con el viejo tumbamos árboles y tuvimos que desentrañar un nido de raíces que era verdaderamente infernal, por acá y por allá, largas, de todos los grosores posibles, lo mismo que ahora, que el relato se desboca y es precisamente eso, rizomático, salida, llegada y transcurso, hay que desactivar, sugerís, de esa manera singular que tenés de marcar los puntos negros sobre la piel verbosa, y yo creo que sí, que ya es bastante tiempo de habitar un discurso que me es ajeno, que ayudó en alguna época, que totemicé, así funciona la figura del padre, sobre todo el mío, patriarca déspota, sabio y croto, que encontró en un discurso que probablemente heredó de su padre un conjunto de eslóganes que a él lo acompañaron todo lo que duró su viaje, quizá eran útiles, quién dice que no, pero en mí son una rodilla que cruje, y se cruje duele, y se duele uno, en defensa propia, camina mal, se estropea el pie, la cadera o, como ocurre con algunos músculos, encuentra una posición en la que el dolor no duele, es como un calor desproporcionado en una parte del cuerpo, pero sin pinchazo, sin marea, sin desgarro, sin ardor, un dolor suave como un nido caliente, quietud, inmovilidad, parálisis, entonces me puse en acción y me embarqué en lo que nunca, armemos esto, qué tan difícil puede ser y ni bien abrí la bolsa con los clavos, los tornillos y los herrajes me di cuenta de que la cosa no sería sencilla, sobre todo porque los manuales de instrucciones, qué les cuesta, no pasan de una hoja, los gráficos tiene una definición paupérrima, entonces tengo a todas mis tropas y no sé bien cómo ordenarlas, sí que sé, con paciencia, pero para atornillar y respeta los rigurosos noventa grados hace falta una mano más, o dos y a mí las mías no me acompañan y de golpe vuelvo a sentirme miope otra vez. Así funciona la miopía. Uno ve menos, comete errores, se golpea, se lastima, toma nota, la próxima vez activará alertas, tomará recaudos, pero eso equivale a llenar el baúl de un auto con todas las herramientas que uno podría necesitar ante un percance. Se puede, claro, es un curso de acción posible, pero es poco eficiente. La reacción ante la ineficiencia es violenta por reflejo. La respuesta a una reacción violenta es otro machucón, otra laceración y yo no termino de discernir si el tornillo que atornillo respeta o no la escuadra. Te decía, me gusta que sea suave, que brote de a poco, clavos, tornillos, herrajes, soldados de una revolución sin trauma, con bastón, soporte, back up, rehabilitación. La próxima voy a traer una mejor sonrisa. Prometo solemnemente.