El latido del universo 

Durante el año que pasó me pasó de todo. Y he de confesar que había olvidado lo que era el miedo, esa sensación tan infantil de temerles a los tipos de barba. Ahora el de barba soy yo y tengo miedos mundanos, concomitentes, perfectamente coordenados al punto de que no quede distrito alguno sin ser abarcado. Todos los miedos, el miedo. Perder las llaves; morir, con dolor, antes de que muera mi madre; la locura, la pobreza, la venganza; la soledad, los desatinos, la violencia urbana; la fama, la nada, la guerra. Tuve tanto miedo que renací un par de veces en poco tiempo. Me temblaron el pulso y la voz pero recuperé el aplomo; decenas de veces sonó el teléfono y soporté malas noticias. Ahora sí que soy un hombre. Me recibí de grande y sin honores. De grande y con dolores. Tuve ganas de meter eso que en fútbol llamamos cambio de ritmo. Pelota segura, cabeza levantada, pase profundo. Soñaba con unas vacaciones en Italia. Moderé mi entusiasmo e hice planes para una expedición a Bolivia. Yo también quiero mi revolución. Viajá, me dijo alguien, no te prives de una sensación que perdiste, que los argentinos perdimos, hace tiempo: esa mínima seguridad de saber que nada malo va a ocurrirte. Hoy, lo que dura este instante, el tiempo por delante bajo tus pies.

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Tres comisarías. Episodio 2: Don Baltazar 

Tengo poco mundo. Mis vacaciones suelen ser en El Bolsón, un lugar de magia venida a menos, que supo acogerme al cabo de la peor depresión de mi vida. Superé ese escollo y nunca dejé de volver. Las cosas mejoraron, nací y morí un puñado de veces, pero siempre volví.
Bolsón es de esos pueblos abandonadas por el estado. Queda en el culo de una provincia enorme, tiene una bien ganada fama de aldea hippie en lo acepción más rastrera de la expresión.
Con el tiempo entendí que nunca va a salir adelante y por vocación propia. Decisiones son decisiones, digo yo, que soy el vivo museo de mis errores. Sin embargo hay algo magnético en los hombres que, bendecidos por un don, han elegido irse por el desagüe. Con las ciudades, se me antoja, ocurre algo parecido.
En los últimos años, mi gran hallazgo fue Alma, una vinoteca que es exactamente la que yo quisiera regentear. Buena, bonita, surtida, con precios para todos los bolsillos y, por sobre todo, una atención gentil, ajustada al tipo de cliente. Los tipos que están ahí se jactan de haber bebido todos los vinos que venden. Ese es un plus imbatible.
En fin, entré preguntando por petit verdot. Encontré en precio una etiqueta que me voló la cabeza, Don Baltazar, de Antigua Casa de Montes. Y estoy cebado llevo también un par de botellas de la cepa de moda, cabernet franc, la cepa elegida por el dios. El diablo, por supuesto, bebe petit verdot.
Hay un par de semanas de enero en las que Bolsón se atesta de turistas. El paisaje femenino cambia sustancialmente. Se ven chicas lindas, chicas arregladas, chicas de sonrisa que no cabe en la cara. Esas son turistas.
Busco el lado de la sombra. El pueblo no es grande pero el sol, la carga y las chicas lindas ralentizan la marcha. Es día de feria. Las calles de la plaza están ocupadas por puestos; las adyacentes, colapsadas por un tránsito sin ley. Sin apenas pensarlo estoy entrando en terreno enemigo y alguien me lo hace saber.
Una rareza: una agente de la policía de Río Negro de magnas proporciones, notorias incluso con el horrible uniforme reglamentario cara de alemanota. Je suis perdu. Señor, ¿me acompaña, por favor? Estoy apurado, soy turista. Son cinco minutos. Soy un imbécil.
Me engancharon como testigo. La comisaría de Bolsón es igual que cualquier dependencia policial de provincia: un rancho con una recepción y un pasillo lleno de puertas ciegas. Siempre hace calor, salvo en invierno, que hace un frío de muerte.
¿Me permite una identificación? ¿Este es usted? dice el cana, tratando de ser gracioso. En la foto del documento tengo pelo largo y soy lampiño; en persona, pierdo todos los días contra la calvicie, ostento una barba anárquica. La rubia sólo fue el cebo para un incauto.
En este recinto sin ventanas hay un mostrador. La única silla la ocupa una señora de aspecto mapuche. Llora, apenas se le entiende lo que dice. Un tipo le hace preguntas. Adivino que el otro civil es el otro incauto que mordió el cebo. El cana graciosón me pide los datos. Parece contento cuando digo que vivo a mil kilómetros y estoy de paso. Me pide que firme seis hojas. Las firmo sin leer. Estudié contador público. Estoy formado y entrenado para firmar sin leer y hago de uso.
Muy bien, señor, dice el graciosón, eso era todo. Levanto del piso mi caja con cuatro botellas de vino, abro la puerta y enfilo hacia el poniente, que allá, según mis cálculos, está la salida.
Sofocado por el calor del día, el calor de la oficina policial y el calor de la vergüenza de haber prestado mi nombre a un fin sobre el que nada indagué, flanqueo la puerta con la imagen de esa mujer que lloraba y pienso Así mataron a Nisman.

Tres comisarías. Episodio 1: Cutuli 

En el trabajo me piden un certificado de antecedentes penales. Nunca pasé por ese trance. Por inercia, me dirijo a la federal. La seccional de Rawson es parecida a cualquier comisaría de la provincia, un rancho con bonita fachada, ladrillo a la vista; adentro, el calor aprieta lo mismo que en un hospital o en un geriátrico. El tipo de la recepción, muy amable, me dice que me vaya olvidando: es un trámite caro, tarda un mes, que para qué lo quiero.
En la comisaría de Rawson, a la que me dirigí aprovechando la misma caminata, me preguntan cuál es mi domicilio. Digo Trelew, entonces no, de ninguna manera, constituyasé en la comisaría más cercana a su domicilio, tenga buenos días.
La más cercana a mi domicilio queda a dos cuadras de mi casa. Trámites administrativos sólo por la mañana. O sea que pido un día en el trabajo y voy. No señor, de eso se encarga la unidad regional. Seis o siete cuadras más, cuesta abajo. El certificado cuesta veinte kopekas, tiene que traer una foto de 10×15, cuerpo entero, color. Si corre, llega antes de que le cierre la casa de fotos.
Es media estación. Ando de chomba y saco. Así salgo en mi expediente policial. Sólo me falta una copa de Martini para lucir como un narco bananero.
Toda la corrida es al pedo. El trámite tarda dos días. Disculpe, señor, que no le hayan informado. Tengo que mandar un radiograma a Rawson porque ellos guardan el registro, me dice un tipo de la vieja escuela, muy parecido a Cutuli, aquél actor de comedias picarescas de los ’80. Vengasé el jueves.
Voy el jueves. Pedí otro día en el trabajo. Atrasé el trámite a mis compañeros de expediente y tomé nota de ese fastidio dicho entre dientes.
Ya estoy como en casa en la unidad regional. Saludo con una inclinación de cabeza al guardia de la recepción, paso a un patio al que dan unas dieciocho puertas. La tercera a mano izquierda es biblioteca. Ahí se encargan de los antecedentes.
Antes que yo hay un ñato de campera, que eleva un poco el tono cuando Cutuli le dice que su certificado no llegó, que él no entiende por qué. Cuando el ñato se va, Cutuli me dice, como si fuéramos amigos de toda la vida vida, que de alguna manera, burócratas al fin, lo somos. Me tienen podrido estos delincuentes de mierda. Este tiene antecedentes. Ahora tengo que llamar al juzgado federal que me va a tener a las vueltas una semana. Y encima, lo escuchaste, me maltrató.
El mío está. Me tienen que tomar unos datos. El interrogatorio es largo y exhaustivo. No me molesta, nada hay que me guste tanto como hablar de mí.
¿Hace diez años que trabaja ahí y recién le piden los antecedentes? Qué gente más rara, dice Cutuli. Y después pasamos a la ruinosa instancia de tocar el pianito. Una agente de guardapolvo blanco, atavío policial que nunca voy a entender (Cutuli y todos los administrativos hombres andan de civil, se les nota lo cana en el gesto), me explica todas las precauciones que he de guardar para con la tinta. Nunca me sentí más sucio. Hay que dejar actuar al jabón. No se frote por un minuto, señor. No le tenía fe, sin embargo toda la tinta salió sin dejar rastro.
Al cabo de eso, vuelvo al escritorio de Cutuli, que me extiende con la severa cordialidad de un embajador un sobre. Ahí está todo. Me extiende la diestra y me desea buena suerte.
Salgo al patio. Detrás de la puerta está el guardia de recepción. Adiós, señor, digo, y me sonrío pensando en Cutuli, el tipo que detesta a los delincuentes de mierda.

Volutas de humo 

Mi viejo fumó desde los 13 años. Eso contaba. Lo negoció con mi abuelo. Trabajaba como un burro. Tres cigarrillos al día era poco en relación a su prestación laboral. Mi abuelo aceptó. Papá fumó treinta años. En otra época, yo, que era apenas un niño de seis años o siete, le compraba Fontanares o Imparciales, dos o tres atados al día. Tuvo una úlcera gastrointestinal y casi no cuenta el cuento. Dejó todos los vicios. Tenía la edad que yo tengo ahora.
Yo fumo. El primero fue a los 12. Me di al vicio a los 20 y nunca pude parar. En la peor mishiadura prefería fumar a comer. Pero nunca pude fumar delante de mi padre. Así de grande ha sido para mí su figura.
Sólo pude fumar delante de mi viejo cuando él perdió la cabeza. No fueron muchas veces, se trataba de una emergencia, yo estaba de paso y me cuidaba.
Cuando hube de encauzar todo me cayó la ficha. ¿Y si pruebo dejar de fumar? Sólo por hoy, sólo por esta semana, una prueba.
Pude. Encaré el Edipo con un serrucho. Funcionó. O parece que funciona. Sufro por las mañanas, cuando saco la flema de todos estos años y toso hasta llorar, pero tengo un enemigo menos al que temer. Aunque no se lo pueda contar a mi viejo.
Yo ya no fumo. No digo que no vuelva a hacerlo. Simplemente ya no es un tema relevante para mí. Fumo en sueños y lo disfruto. A veces sueño que compro un atado. Para tener. Por las dudas. Por si algún sábado a la noche me pinta echar un poco de humo.
En algún punto creo que fumar fue una manera de esconderme. Un día el esconderme dejó de tener sentido. Y otro gallo cantó.

Día de cobro

Los días de cobro no son lo que eran. Ya no nos apiñamos ante la oficina de personal a esperar el sobre. ¿Alguna vez manejaron tanto efectivo sin temor a un asalto de grupo comando? Más acá, el cheque, la cola en el banco. Alguna vez, de muy niño, so pretexto de aprender a defenderme, cumplí esa tarea. Ahora estamos todos bancarizados y la guita se acredita en una caja de ahorro de la que somos amos y señores. O un poco menos que eso. Porque retirar efectivo por ventanilla es un incordio reservado a septuagenarios. Ahora vamos al cajero. ¿Hay cola? Es día de cobro, por supuesto que hay cola. Si algo que permanece invariable eso es la costumbre rumana de hacer colas.
Soy vago. Los sábados duermo hasta tarde. Mis pares atacaron temprano. A primera vista, la mitad de los cajeros ya no tienen dinero. ¿Necesito el efectivo? Sí, más de lo que me gustaría: hay ciertos gastos negros que afrontar empezando por el alquiler. ¿Tendrá guita el otro cajero? La cola indica que sí. Pero yo conozco a estos ñatos. Los cajeros no sólo sirven para extracciones: se puede consultar saldos, pagar servicios, hacer transferencias. Que el cajero no disponga de fondos no es impedimento para la operación, digo más: para demorarse ante la pantalla fingiendo aplicación. Estoy seguro de que no hay guita. El que lo está operando siente vergüenza por haber soportado la cola de unos veinte tipos, media hora, cuarenta minutos, y cuando gire sobre sí buscando la puerta no dirá ‘che, no da guita’, no hará ninguna mueca. Simplemente se irá celebrando para sus adentros esa modesta venganza.

Sonrisa y puño apretado

Dos o tres semanas antes de morir, Marie dejó anotado un tip para el mejor vivir que nos conmovió a todos los que seguíamos su historia: sonrisa y puño apretado. Así como lo digo, un tip para el mejor vivir.
Tengo muchos años de mal vivir, ya perdí la cuenta. En el último par de temporadas mis aflicciones comenzaron a tener base concreta. En ningún momento sentí miedo pero sí me hice un ovillo con la angustia. Todo comenzó hace 24 meses. Pasaron cosas feas, dolorosas; cosas que me forzaron a tomar determinaciones, a ponerme al frente de un grupo humano, a experimentar la rara vivencia de sentirme un líder, de tratar de ejercer la función con sabiduría. La puta madre, qué difícil es comportarse como un sabio cuando uno apenas puede dormir.
En el medio hice algunas cosas. Una bastante menor pero grata fue arreglarme la dentadura. Cuando le conté de mis dolencias al dentista el fulano me respondió como lo haría un dentista: amigo, hay cosas que nunca vuelven a ser como eran. Antes había dicho otras cosas. Es una de las mejores dentaduras que vi en mi vida, por ejemplo. Un dentista es, qué duda cabe, un psicópata. Me extrajo una pieza y anduve débil casi un mes. Así como lo cuento. Y algún tiempo después, para cerrar el procedimiento, me hice una limpieza. La padecí. Nunca más voy a someterme a algo así.
De golpe, y sin más motivo que el de lucir una hermosa dentadura, me di permiso para sonreír más. Ese detalle me deparó la cordialidad de los extraños. Un tipo que sonríe es un tipo que no está entregado. Cambiaron las intensidades. Hago planes. Puse mi fiebre neurótica al servicio de mejores causas. No desactivé todas las alarmas, claro; pero básicamente el cambio es sonreír. Eso que Marie llamaba sonrisa y puño apretado. Quedan más batallas que librar.

Lo que vendrá 

Llama mamá. Pocas veces llama mamá. La última vez fue hace cinco meses. Cómo tantas otras cosas, el asunto era grave y urgente hasta que dejó de serlo. Viajé a las corridas. Cumplí mi cometido. Me entrevisté con un psiquiatra. Mi primera vez. Él, cordobés, colorado, con rodete; papá, más perdido que nunca. Era un día con 38 grados. El colectivo sale de una estación de trenes. Todo en torno a una estación de trenes es desproporcionado. El estómago me apretaba. De a ratos la tos de exfumador me arrancaba lágrimas y algo a la altura del abdomen me decía Esto no va a ser gratis, Jorge. Volví y no pude levantarme de la cama. Tardé un día en reponerme. No estaba preparado para mi nuevo papel. En realidad todavía estaba en mi papel anterior, el de hijo conciliador, que viene a poner en orden el caos familiar, el sensato, el inteligente, el que prosperó. Ahora me tocaba ser el deudo que visita a su padre senil en una residencia, la mejor que pudimos paga, junto a otros viejos, cada uno con su cruz. Llama mamá, decía. Su voz es firme. Llama para advertirme. Apunta muchas cosas. El corazón, las crisis, convulsiones, la unción de los enfermos, rezaron, papá, bien que con dificultades, se persignó. El cura hizo un buen trabajo, pienso. Mamá habla con serenidad. Falta poco, dice. Lo creo y a la vez me cuesta creerlo, qué va, no lo creo. Esas cosas no las maneja uno, diría mi hermano. Hay que prepararse, dice ella.
Empecé un blog en el invierno de 2003. De vez en cuando leo páginas viejas y descubro que en uno de cada tres textos de estos catorce años y sus noches hablo de esta inminencia. No hago otra cosa que prepararme para eso. Lo que vendrá.