Un macaco senza storia 

De un tiempo a hoy una de las angustias que me come el alma es la convicción de que mi generación es la última. No está bien ni mal pero es la última. Perdimos toda forma de fe. No queremos aprender. El cansancio nos gasta las rodillas, nos lacera el colon, nos muerde los dientes. La presión vuela por los aires, los pulmones informan que ya fue bastante, los ojos pierden terreno a manos de la presbicia. 

Pienso que lo que me angustia en realidad es la muerte de mi padre. Estamos en la víspera y puede que lo estemos para siempre. Después de él moriré yo. La idea de mi muerte no me asusta. Sólo me aflige la eventualidad de que tarde mucho en llegar. 

Ese apocalipsis del afuera, la derrota de mi generación, y del adentro, la fragilidad emocional y fisiológica a la que parezco condenado, es un enemigo impiadoso. Y no hice nada para torcer el rumbo. 

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