Un macaco senza storia 

De un tiempo a hoy una de las angustias que me come el alma es la convicción de que mi generación es la última. No está bien ni mal pero es la última. Perdimos toda forma de fe. No queremos aprender. El cansancio nos gasta las rodillas, nos lacera el colon, nos muerde los dientes. La presión vuela por los aires, los pulmones informan que ya fue bastante, los ojos pierden terreno a manos de la presbicia. 

Pienso que lo que me angustia en realidad es la muerte de mi padre. Estamos en la víspera y puede que lo estemos para siempre. Después de él moriré yo. La idea de mi muerte no me asusta. Sólo me aflige la eventualidad de que tarde mucho en llegar. 

Ese apocalipsis del afuera, la derrota de mi generación, y del adentro, la fragilidad emocional y fisiológica a la que parezco condenado, es un enemigo impiadoso. Y no hice nada para torcer el rumbo. 

Anuncios

Sensini 

Roberto Bolaño le dedicó a Antonio Di Benedetto un cuento más o menos malo pero sentido. El autor de la mejor novela argentina era un sobreviviente, un tipo con un solo saco. En el cuento Di Benedetto se llama Sensini, vaya a saber uno por qué. Suena mal, sesea, termina en una insípida ene, la progresión e-i-i habilita a pensar en debilidad. Y ya no está Bolaño para preguntarle. 

Casualmente hubo un futbolista argentino llamado Sensini. Roberto Marcos. Arrancó jugando de 3 en Newells. Con el tiempo emigró a Italia, donde consiguió destacarse. Jugó casi hasta los 40 años. Llamaba la atención su versatilidad: podía jugar en cualquier puesto de la defensa e incluso como volante central. 

Durante largos años Sensini fue número puesto en cada convocatoria del seleccionado argentino. Como suele ocurrir, quizá por lo deslucido de su trabajo, quizá por su falta de carisma, quizá por los malos trazos de su rostro, Sensini era blanco fácil para la puteada. 

Sensini tuvo la mala suerte de cometer el penal que a la postre le diera el título de campeón del mundo a Alemania en 1990. Sensini cometió la impericia de quedarse enganchado cuando todos dieron el paso al frente a pocos minutos del final de la definición del oro olímpico en Atlanta 1996. 

Hay un lado Sensini de la vida. Una trayectoria impecable con dos manchas de dimensión oceánica, el sino de los hombrecitos grises que no están diseñados para la gloria. Sensini, Roberto Marcos. 

Ya morí 

El trágico evento de Olavarría devolvió al tapete la canción que Juanse le escribió al Indio. Que la lírica de Juanse tiene menos vuelo que una torcaza no es novedad. Sin embargo, una lectura rápida y abominablemente contemporánea detecta que la palabra ‘gente’ está mencionada dos veces dentro de  las escasas cien de toda la canción. Casi como habla Sergio Massa. 

Si hacemos foco sobre ese par de veces en que se nombra a la gente, el público, la multitud sin nombre, podemos notar que es gente que cree y gente que muere. Gente que va detrás de una fe, que en tanto tal no admite duda, pliegue, reproche; y gente que muere de repente. La gente tiene para sí muchas formas absurdas de morir. Pretender que si no fueron por aplastamiento o asfixia son menos muertes es parte del dogma. 

Uno lo ve al Juanse actual, recuerda su intervención en el último show de Spinetta -la gente, la multitud innominada, le gritaba Pomelo, Pomelo-pondera su trayectoria, su cancionero, la misérrima lírica que puso al servicio de sus canciones y admite: sí, la verdad se aloja en hoteles extraños. 

Feliz navidad 

Una vez estuve en una casa de esas por las que pasa Papa Noel y está en el greatest hits de mi vida. 

Hay que imaginarse un pueblo con montaña, el faldeo de un cerro, verde hasta que digas basta. 

Entre los niños había inquietud. Parece que es abuelo, decían. Viste que Papa Noel siempre aparece cuando el abuelo dice que va a buscar el helado. Tres años, en escala infantil, es siempre. 

Fiona, la más grande del conciliábulo, puso a consideración un plan: yo, despacito, me acerco, y cuando lo tengo a tiro le arranco la barba. Hay un intercambio de opiniones hasta que interviene Giuliano, el más chico: ¿y si de verdad es Papa Noel? 

El 24 a la noche el abuelo va a buscar el helado, como siempre. Pero esta vez ve llegar a Papa Noel,  que es otro y prima la algarabía, los gritos, la risa. 

La revolución de terciopelo

Viste que hay gente que va al psicólogo a pedir consejo, yo no sé, por qué mejor no se buscan un tarotista, un cura, o es que acaso no tienen los suficientes amigos. Yo tengo bastantes amigos, eh, menos de los que me gustaría, quién no, es que, superado cierto umbral etario, agotada la posibilidad de nuevas aventuras, cómo se hace para conseguir nuevos amigos. Ni siquiera nos queda el correo de lectores de la revista Flash, ¿sigue saliendo? Vos ni siquiera habías nacido. Sin embargo hasta no hace demasiado tiempo estaba en radio Rolando Hanglin con un programa involuntariamente cómico en el que la audiencia llamaba por teléfono ofreciéndose para conseguir pareja, algo así como un aviso clasificado pero dicho con la propia voz y describiendo el objeto en esas tres o cuatro líneas que uno considera relevantes, tipo soy Jorge de Trelew, tengo 41, soy profesional, llevo una vida saludable, tengo dos mil películas y busco señora o señorita de entre 20 y 40 años para relación seria o banal, lo que se dé, mi correo electrónico es unmarloparatucacerolita@hotmail.com Gracias. Y ni el conductor ni la coconductora, Florencia Ibañez, se reían, que es la clave de las comedias que funcionan, que los actores no se rían, cualquier mueca en esa dirección denotaría que se trata de una puesta en escena: todos sabemos que lo es pero ponemos una cuota de fe poética al servicio de el momento, así debería ser siempre, ¿no? Entonces, decía, maldita la hora en que yo buscase consejos, realmente no me interesan, no porque los necesito en un sentido demasiado global, distinto sería que yo buscase ayuda para escribir esta nota. Sé que no hay nadie que escriba como yo pero sí que hay gente que ayuda a leer mejor, a pulir esas terminaciones rugosas que atribulan al tacto. Compré un teléfono para mi hermana, ni me fijé en cuánto anda mi deuda, simplemente dije a la carga y fui, lo que es una avance, no vayas a creer, en casa éramos muy de la idea de cuando juntemos unos pesos, ¿sabés cuándo vamos a juntar unos pesos? Mañana. Y mañana es nunca. Entonces mejor no pensar en esa clase de cosas. Improvisé un embalaje con mis propias manos. Un papelón. Quedó torcido, mal pegado, pero sentí, mientras lo hacía, que eso era una especie de rúbrica, de marca de autor. Soy torpe, qué le voy a hacer, soy atolondrado, me cuesta mucho aprender. Si hiciera cincuenta envoltorios aprendería. Si hiciera doscientos lo haría muy bien. Pero la verdad es que difícilmente haga otro envoltorio en lo que queda del año y quién sabe el próximo. Lo mismo con un mueble que tenía hace meses en casa y me dispuse a armarlo, total era sábado a la mañana y sonaba algún show de Kraftwerk, alguno de mis favoritos, a todo volumen, ¿te conté que viajo a verlos? Fue imprevisto. La noticia me tomó por sorpresa, recién llegado de la guerra y yo, que no creo en dios ni en la predestinación, sino en las relaciones de causa y efecto, en las continuidades, en los patrones, yo, que desde que hago terapia y puedo observar mi relato desde otra dimensión me voy aproximando al concepto de rizoma, que acuñó Deleuze, y por vueltas que le diese no podía y no podía, también es verdad que el que abrió la puerta fue un filósofo que lo explicó en mensaje llano, un texto que disfruté mucho, porque es como la novela luminosa de Levrero, es Deleuze y yo, o por qué sobre Deleuze no se puede decir casi casi nada y arranca diciendo algo así como yo, que antes estudié ingeniería agronómica bla, y claro, el rizoma es una forma especial de la raíz, y yo me acordé de las tardes en los veranos de mi adolescencia, las primeras, las más sacrificadas, cuando con el viejo tumbamos árboles y tuvimos que desentrañar un nido de raíces que era verdaderamente infernal, por acá y por allá, largas, de todos los grosores posibles, lo mismo que ahora, que el relato se desboca y es precisamente eso, rizomático, salida, llegada y transcurso, hay que desactivar, sugerís, de esa manera singular que tenés de marcar los puntos negros sobre la piel verbosa, y yo creo que sí, que ya es bastante tiempo de habitar un discurso que me es ajeno, que ayudó en alguna época, que totemicé, así funciona la figura del padre, sobre todo el mío, patriarca déspota, sabio y croto, que encontró en un discurso que probablemente heredó de su padre un conjunto de eslóganes que a él lo acompañaron todo lo que duró su viaje, quizá eran útiles, quién dice que no, pero en mí son una rodilla que cruje, y se cruje duele, y se duele uno, en defensa propia, camina mal, se estropea el pie, la cadera o, como ocurre con algunos músculos, encuentra una posición en la que el dolor no duele, es como un calor desproporcionado en una parte del cuerpo, pero sin pinchazo, sin marea, sin desgarro, sin ardor, un dolor suave como un nido caliente, quietud, inmovilidad, parálisis, entonces me puse en acción y me embarqué en lo que nunca, armemos esto, qué tan difícil puede ser y ni bien abrí la bolsa con los clavos, los tornillos y los herrajes me di cuenta de que la cosa no sería sencilla, sobre todo porque los manuales de instrucciones, qué les cuesta, no pasan de una hoja, los gráficos tiene una definición paupérrima, entonces tengo a todas mis tropas y no sé bien cómo ordenarlas, sí que sé, con paciencia, pero para atornillar y respeta los rigurosos noventa grados hace falta una mano más, o dos y a mí las mías no me acompañan y de golpe vuelvo a sentirme miope otra vez. Así funciona la miopía. Uno ve menos, comete errores, se golpea, se lastima, toma nota, la próxima vez activará alertas, tomará recaudos, pero eso equivale a llenar el baúl de un auto con todas las herramientas que uno podría necesitar ante un percance. Se puede, claro, es un curso de acción posible, pero es poco eficiente. La reacción ante la ineficiencia es violenta por reflejo. La respuesta a una reacción violenta es otro machucón, otra laceración y yo no termino de discernir si el tornillo que atornillo respeta o no la escuadra. Te decía, me gusta que sea suave, que brote de a poco, clavos, tornillos, herrajes, soldados de una revolución sin trauma, con bastón, soporte, back up, rehabilitación. La próxima voy a traer una mejor sonrisa. Prometo solemnemente.

13/ El nuevo disco de Kraftwerk

Parte de la fe kraftwerkiana se funda en la creencia de que está al caer un nuevo disco, del que apenas si hemos tenido novedades. La última, allá por 2013, fue publicada en The Guardian (y por esas cosas de la internet jamás he podido dar con ese link sino con numerosas referencias en casi todos los portales del mundo, así que la damos por buena). No es un secreto: ya pasaron tres años de aquello, lo que es hablar casi de una nueva glaciación y el nuevo material no aparece; no sólo no hay fecha sino que en los últimos conciertos tampoco tocan canciones que no hayan sido grabadas antes: absolutamente todo lo que tocan estuvo incluido en Der Katalog, el corpus de la obra que Ralf ha considerado el definitivo, el que con tanto amor ha curado. El catálogo nos ha permitido acceder a nuevas versiones de canciones hermosas y poco frecuentadas, como Kometenmelodie, Antenna, Airwaves, Europe Endless y The Telephone Call.
De un nuevo disco de Kraftwerk sería dable esperar que se trate de un álbum conceptual, que es la fórmula que le ha dado los mejores resultados; que incluya canciones que den lugar a suites, que es lo que mejor se les da; que no contenga hits demasiado pegadizos porque escapa a la estética Kraftwerk; que tenga alguna reminiscencia futurista, que es lo que Kraftwerk ha trabajado toda la vida; que, a falta de Emile Schult o de un sustituto competente, no se prodigue demasiado en materia lírica. Todo lo demás es posible: incluso que incluya versiones furiosamente bailables, como ha venido experimentando en vivo; pero quién podría asegurar que no volverán al período oscuro de Radiactivity, a esas texturas pesimistas que no hacen sino resaltar la belleza de las melodías.
A lo mejor, a falta de el cerebro de Florian Schneider (y de su rostro, idóneo para el soldado que tire la bomba atómica que acabe con todo esto), jamás haya un nuevo material. Después de todo, no tenemos la menor idea de cuánto de la creación recayó sobre cada socio del núcleo principal. Pero no estamos del todo huérfanos: Fritz Hilpert y Henning Schmitz firmaron varias canciones de Tour de France y sólo esta reticencia a publicar material nuevo nos impide apreciar cuánto es lo que podrían aportar.
Mientras tanto, el laboratorio Kraftwerk no para. Basta escuchar con paciencia los conciertos de estos últimos tres o cuatro años: no hay dos versiones iguales; Kraftwerk, lo mismo que en los ’70, se inclina por introducir nuevos arreglos a las canciones y testearlos en vivo. Casi podría afirmarse que salvo Spacelab y The Model, canciones nacidas perfectas, casi todo el repertorio ha sufrido mutaciones más o menos notorias. Y de este disco, el soñado, el que se resiste a ver la luz, tuvimos antes tres indicios, tres canciones nunca grabadas en estudio.

Hurgando en las catacumbas del mundo bootleg descubrí esta canción que no había escuchado hasta hoy. Solamente fue tocada dos veces en vivo: esta, en Karlsruhe,y otra en Linz. Como nunca fue publicada en disco, no tiene otro nombre que el que le dieron los fans: Lichthof
https://www.youtube.com/watch?v=QRvY-kITGhE

Esta es Luton, ¿el borrador de Planet of Visions? Es imposible saberlo precisamente por lo antedicho
https://www.youtube.com/watch?v=CPjjx990bTg

y esta es Tango, una de mis favoritas de todo Kraftwerk, si hasta parece una breve historia de la música techno y, para más, lleva un nombre caro a nuestro sentir nacional:
https://www.youtube.com/watch?v=gDNhHBl-Jz8
Pero a estas eran canciones de fines de los ’90, dejaron de tocarlas y lo que pasa en los estudios Kling Klang sigue siendo un misterio guardado bajo siete llaves. Lo que no quita que no haya día en que no me despierte esperando que los diarios de todo el mundo titulen estruendosamente: hay nuevo disco de Kraftwerk.

El triunfo radiante

Un hombre sin un plan, ¿es verdaderamente un hombre? Lo pensé un rato y la primera respuesta tuvo la voz de la angustia: un hombre sin plan no se desmarca demasiado de su condición animal, suspendió su condición histórica, carece de proyección, se enfrentará a numerosas dificultades por culpa del no haber estudiado escenarios, andará por la vida desnudo y a los gritos, hará la plancha con método y fascinación. Son diez minutos de desesperación. Después se me pasa, ni bien me doy cuenta de que ya hay brotes verdes, brotecitos verdecitos: ganas de cortarme el pelo muy corto y recuperar mi aspecto, de hacerme por fin una profunda limpieza de dentadura para volver a sonreír con esta boca maltrecha y de comprarle a mi madre un nuevo aparato de radio y jubilar a la vieja y querida Tonomac que ya ha dado todo lo que podía, un aparato con puerto usb, al que abrocharle un pendrive con la música que solíamos escuchar cuando éramos felices. Lo primero que me viene ala mente es Daniel Altamirano, que se cita con dios a la una; la excusa es una cena y la licencia poética viene dada por el horario. Dios tiene todo el tiempo del mundo, en cambio uno, el que canta, se queja de que la vida apura, como si estuviera al filo de suicidarse o algo por el estilo, y yo, que leo torcido, tiendo a pensar que lo que sobrevuela es el suicidio porque la enumeración caótica de la canción abarca un buen número de imágenes bellas, no exentas de melancolía, y yo pienso a este tipo le está pasando algo. Pero a lo mejor me pasa algo a mí, que empecé, bien que despacito, la colecta de canciones, y empecé, egoísta como soy, por las que a mí me gustaban. Entonces encaré la escucha de la Misa Criolla en la primera versión, la de 1964, y la experiencia me transportó a una dimensión aterciopelada. Era una asignatura pendiente y me felicité por leer después al respecto: la idea original de Ariel Ramírez, ese lado B que es demasiado festivo para ser una misa (y ciertamente no lo es, sino una obra independiente llamada Navidad nuestra o Nuestra Navidad, no pienso detenerme a chequear). Y también caí en Cafrune, que tenía una voz dulce de esas que enamoran, pero no me puse a escucharlo, no todavía, aunque ahora, mientras escribo a la carrera, tengo antojo de Virgen Morenita. Uno de estos días te contaba que el himno de mi provincia incluía una a línea, que en tiempos modernos, a caballito de la corrección política, se torno ofensiva y a mí no es que me parezca encantadora (no deja de ser un himno y las letras de los himnos son facturadas por gentes que tienen con la poesía una relación más bien contractual) pero me quedó muy grabada desde la infancia, sobre todo porque las maestras un poco se enojaban con nosotros, niños que cantábamos el himno provincial casi a grito pelado, como si fuéramos soldados, en desmedro del argentino, que nos costaba un huevo, , sobre todo hacia el final, donde la verba del poeta contractual gana vigor y dice el mar, el río, la pampa, los andes, arado y pluma bien juntos los dos, ha de alcanzarnos el triunfo radiante (y en esta parte el retumbe era ensordecedor y todavía me conmueve, EL TRIUNFO RADIANTE) bajo el auspicio benigno de dios, pero antes que eso, y y esto es lo que quería decir, anota sobre el pecho del tehuelche puso el sello el español. Papá y mamá son del norte y en el norte, más que el español, el que puso el sello es el cristiano, y yo no nací de un huevo, soy carne de esa carne y algo de fervor religioso semilló en mí, que ya de cachorro era un señorito dado a la contemplación de la belleza de las palabras, una palabra tuya bastará para sanarme, ¿no? Y por un momento me sentí como Amelie, que creía que en una cajita de recuerdos podía habitar toda una infancia, sobre todo en ese período en el que mi relato es de segunda mano, el que me contaron y en este punto de la exploración parece que es el único tramo feliz, yo creo que no, que si hurgamos un poco más voy a encontrar victorias parciales, de esas que se festejan con la boca grande, aunque hayamos perdido siempre, qué importa eso; la dimensión del éxito está mensurada por agrimensores que no somos nosotros. Es cultural, dicen, está de moda decirlo, ¡es cultural! y eso nos absuelve de todas las culpas, como si fuéramos niños y por lo tanto no nos cupiese una pizca de responsabilidad en el qué hacemos, en el cómo lo hacemos. Y va a quedar para alguno de estos fines de semana el segmento litoraleño, al que odio con todas mis fuerzas. Se supone que papá no es correntino como para que le guste el chamamé, de pibe eso a mí me enojaba mucho y me llevó un buen recorrido comprender que la inclinación por esa música ha venido degeneración en generación, y que fueron alemanes los que inventaron el bandoneón y el acordeón, alemanes y curas, porque el bandoneón es prácticamente un órgano portátil, y las misiones cristianas de altri tempi you know, entonces lo que empezó vehículo para la alabanza no tardó en convertirse en herramienta ala hora del recreo y de ahí las polcas, los valses, toda música que es ruido al oído de este esnob que ese par de rústicos criaron. ¿Cómo pudo ocurrir? Freud tiene palabras lindas para esto, pero crecer, sobre todo en ámbitos hostiles, es crecer en contra de algo. Yo me crié en contra de eso y entiendo que mi reacción fue precoz, enérgica, radical, y devine en un niño que sufría esas carencias, ¿cómo llamarlas? ¿culturales? Y todo de ahí en más se torna un poco brusco, ¿no? Es así, cuando tengo palabras el relato no es alambicado sino atrompicado, se va a la banquina, avanza campo traviesa, se enreda entre las matas, se astilla la piel con las ortigas, y también me dieron ganas de comprar un perfume caro y hacerme otro dibujo en la barba, cambiar de zapatillas y volver a la caminatas por nuestro Central Park del desierto, pero lo fundamental es, creo, ese empezar a volver a casa. Lo anterior no cuenta. Fue una misión de guerra. Antes de eso hubo un silencio demasiado largo. Volver sería volver muy atrás en el tiempo. Hay que volver y todavía me sangran las manos, no creas que es fácil, pero la onda es volver bien, a que me alcance el triunfo radiante, y puede que también deba tomarme un tiempo para poner discos de Leo Dan, Leonardo Favio, Nicola Di Bari, porque el gran desafío es sostener los términos del balance.