Volutas de humo 

Mi viejo fumó desde los 13 años. Eso contaba. Lo negoció con mi abuelo. Trabajaba como un burro. Tres cigarrillos al día era poco en relación a su prestación laboral. Mi abuelo aceptó. Papá fumó treinta años. En otra época, yo, que era apenas un niño de seis años o siete, le compraba Fontanares o Imparciales, dos o tres atados al día. Tuvo una úlcera gastrointestinal y casi no cuenta el cuento. Dejó todos los vicios. Tenía la edad que yo tengo ahora.
Yo fumo. El primero fue a los 12. Me di al vicio a los 20 y nunca pude parar. En la peor mishiadura prefería fumar a comer. Pero nunca pude fumar delante de mi padre. Así de grande ha sido para mí su figura.
Sólo pude fumar delante de mi viejo cuando él perdió la cabeza. No fueron muchas veces, se trataba de una emergencia, yo estaba de paso y me cuidaba.
Cuando hube de encauzar todo me cayó la ficha. ¿Y si pruebo dejar de fumar? Sólo por hoy, sólo por esta semana, una prueba.
Pude. Encaré el Edipo con un serrucho. Funcionó. O parece que funciona. Sufro por las mañanas, cuando saco la flema de todos estos años y toso hasta llorar, pero tengo un enemigo menos al que temer. Aunque no se lo pueda contar a mi viejo.
Yo ya no fumo. No digo que no vuelva a hacerlo. Simplemente ya no es un tema relevante para mí. Fumo en sueños y lo disfruto. A veces sueño que compro un atado. Para tener. Por las dudas. Por si algún sábado a la noche me pinta echar un poco de humo.
En algún punto creo que fumar fue una manera de esconderme. Un día el esconderme dejó de tener sentido. Y otro gallo cantó.

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