La larga noche del postrauma

Uno de mis auditores es un personaje singular. Antes que auditor fue mi profesor y ahora podemos decirnos de algún modo amigos aunque lejos estamos de ser pares: en el medio está la cuestión etaria, la brecha que se abre a partir de los papeles que nos toca jugar, los que imponen una relación de jerarquía, de respeto, de una retorcida admiración no exenta de una intimidad que no viene al caso detallar.
Hace poco uno de sus hijos tuvo un accidente de esos que lo dejan a uno con el corazón en la boca y tiritando. Yo, por mi parte, estuve abocado a la tragedia que me tocaba. El caso es que llevábamos un buen tiempo sin vernos.
Comienza el cuatrimestre, él volvió a las aulas. Yo lo conozco y no me extraña para nada pero para el común de los alumnos se trata de un hueso duro de roer. Un payaso de esos que hablan poco de su materia, mantienen relaciones tirantes con el curso y matizan con chistes malos que nadie entiende. Pero ahora, me cuentan, incorporó algunos temblores, cuelgues a mitad del hilo de lo que quiere decir.
Alguien me pregunta ¿está bien R.? Sí, digo yo, lo vi magnífico, charlamos una hora, nos reímos un montón. De nuevo: ¿le preguntaste cómo está el hijo? No y exactamente ahí está el eje del problema.
Yo sé que él sabe y él sabe que yo sé. Y en esta relación nuestra, que casi podríamos etiquetar como la de maestro y discípulo, hay un paralelismo que convierte a él en una especie de padre y a mí en una especie de hijo. Con lo cual, lo veo en el pasillo y le hago señas, le hago notar que volví, que de algún modo implica decir cumplí una misión, volví a casa.
Nos estrechamos en un cariñoso abrazo, nos miramos sonriendo, y sin decir nada coincidimos en un gesto de asentimiento que fue una conversación tácita sobre eso que John Irving oportunamente llamó ‘el sapo sumergido’.
Uno puede preguntar, elegir meterse en el terreno de la incomodidad y exponerse a un punto entre dos extremos: la respuesta de compromiso (sí, está bien, recuperándose, de buen ánimo y tal) y la descripción detallada de una guerra (mi pelotón se vio rodeado por dos frentes de fuego y tuvimos que retroceder hasta el bosque y antes de conseguir sitio seguro, etcétera). O puede tener la cortesía de no preguntar. Esa cortesía también puede leerse de modo negativo: el interés es la medida de la acción y claramente a él no le importa lo que pase conmigo, lo que pasó, lo que va a pasar.
En definitiva, se trata de la larga noche del postrauma. Arribamos a puerto seguro pero ni bien cae la noche y apoyamos la cabeza en la almohada, cerramos los ojos y se enciende el proyector de un cine especializado en el género conjetural. Hay una larga saga de películas que comparten un punto de partida: el ‘qué habría pasado si…’
Por eso nos asaltan temblores inoportunos, varamos en el medio de una respuesta, podemos pasar de la risa al llanto en lo que tarda un instante, reaccionamos de modo hostil a algunos estímulos. Hay una herida que no termina de suturar. Que nos atormenta en los días de humedad y en las noches de frío. Que nos duele en las muelas y en las rodillas. Que no importa lo que hagamos por negarla sigue ahí. Eso que no tiene nombre, eso que Irving llamó ‘el sapo sumergido’.

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