El viejo y el mar

Hace mucho que no utilizo este blog como un diario pero bien vale tomar una dispensa.
No lo conté pero entre abril y mayo viví las semanas más difíciles de mi vida. A mi padre se le declaró alguna forma de senilidad y tomé parte del operativo. En esos casos, y sobre todo por la edad avanzada del paciente, no suele afinarse demasiado el diagnóstico. Relación costo beneficio que le dicen.
Hasta dar con la dosis apropiada del psicofármaco fue todo un carrusel de pesadillas que ni siquiera he podido contar en detalle a mis amigos más cercanos: nadie lo soporta. Ya lo he visto en algunas caras. En esos casos uno se lo guarda todo, lo rumia, extrae conclusiones. De hecho me pasé el mes siguiente sin ir a trabajar. Apenas salía a la calle una vez al día, después de la caída del sol. A eso lo bauticé mi retiro espiritual.
No fue grato pero sí significativo. Comprobé que había encarado y con éxito la obra más grande de mi vida, corté el cículo karmático de enfermedad que viene arrasando a mi familia desde que tenemos historia. Me sentí gratificado, pleno de gracia, sabedor de que de acá en adelante soy capaz de absolutamente cualquier cosa. Me permití atisbar que hay algo muy grande que está a punto de ocurrirme.
Como decía, guié ese proceso en soledad. Alguien me lo dijo con todas las letras: Estás trabajando demasiado, necesitás ayuda psicológica, en cualquier momento te vas a ver en problemas. En efecto, soy reticente a la psicología como disciplina y ni siquiera es culpa mía: en mi repaso descubrí que también en eso soy hijo de mi padre. ‘El único psicólogo de Mayer es Mayer’ dijo alguna vez. Yo también soy así de boludo.
Con eso me di cuenta de que parte de mi matar al padre, que ya, por lo antes expuesto, lo tenía bastante cocinado, requería de que me sometiese a los rigores de la terapia. En fin, al día de la fecha no conseguí una profesional que me trate. Me enojé contra sus protocolos: no tienen secretarias, hay que mandar mensajes por whatsapp al voleo, que son rigurosamente rechazados (yo también rechazaría a cualquier extraño que se dirija a mí por esa vía) o dejar mensajes en contestadores automáticos que nadie responde. ¿Les dará resultado? Bien por ellos.
Entonces, y esto es lo que quería escribir, la angustia. Ayer me desperté con una iluminación digna de ser descripta con mejor tino por un poeta. Pero yo soy yo, no se me da la poesía y creo que es precisamente por el mismo motivo por el cual no puedo programar una batería electrónica: no tengo ritmo, me cuesta acertar el pulso. Antes que eso, ¡yo mismo soy una batería! Me quejo ante los golpes que a intervalos regulares me propina el afuera.
Pero no: esto es lo que quería escribir. Ayer me desperté con el fantasma de la angustia y pude ver con claridad meridiana que en mi caso funciona con la puntualidad del régimen de mareas. Con la pleamar, hay una gran masa azul, compacta pero llena de pliegues, que tiene por voz un rugido amenazante; con la bajamar quedan desnudos al sol los granos de una arena infinita y piedras y cañadones y los restos muertos del mar de fondo. Y mi viejo es la luna, que tira y suelta.
Pero está la energía mareomotriz, ¿no? Ya le encontraré algún buen uso.

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