Matar al padre

Ya lo conté en este mismo espacio pero qué importa, ¿no? En última instancia, con más o menos arte, uno siempre escribe sobre las mismas cosas. Entonces, va de nuevo:
Cuando yo era pibe tenía un puñado de amigos atorrantes. En determinada época nos juntábamos a tomar mate en la casa de alguno. La sede era rotativa. O sea que una de cada seis veces venían a mi casa. Dependiendo de los horarios, a veces estaba mi viejo. Esas veces yo las padecía. ¿Por qué? Los yanquis, que para todo tienen una palabra, dirían que mi padre era un frenemy. Carne de su carne, yo no me daba cuenta de que esos episodios sólo podían leerse en clave freudiana. Edipo y la puta que te parió.
Sí, entre los dos se libraba una competencia en la que casi siempre se imponía él, lo cual resultaba de toda justicia: por experiencia, por prepotencia, poco podía hacer yo para defenderme. En plan de ser un “viejo buena onda” mi padre tendía a ponerme en ridículo por todos los medios. Él traía a cuento anécdotas de mi más tierna infancia, de las que apenas si yo poseo alguna sombra de recuerdo, mis amigos lo festejaban con generosas carcajadas. Yo, por las mías, me ruborizaba, farfullaba alguna imbecilidad. Me habían copado la parada.
Sólo el paso del tiempo me permitió ver las cosas desde otra perspectiva. Los padres de casi todos mis amigos me caen bien y yo, a mí modo, me he sabido ganar su confianza, de suerte que no pocas veces me vi pensando “ojalá yo hubiera tenido un padre así, ¡otro gallo cantería!”. Y las pocas veces que lo hablé con esos amigos fue para cagadas. En el fondo eso que yo disfrutaba es la contracara de aquéllas tardes adolescentes. A todos, nuestros padres incluidos, nos place mostrar nuestro lado luminoso, la cita picante que nos provee de un brillo que no nos es dado sostener demasiado tiempo. Sería como el menaje que uno reserva para las ocasiones especiales, cuando hay visitas o es fiesta de guardar.
Ojo, que si lo conocieras un poco más no te resultaría tan divertido, me dijo un amigo, otro amigo, otro amigo. Así con todos, no se salvaba ni el ingeniero que leía Las flores del mal ni el filósofo enfrascado en su nirvana ni el tipo que inventó los cigarrilos 43/70 ni el colimba que tuvo que salir a la calle a proteger las calles en ocasión del estreno de La Dolce Vita. Todos sabían alguna cosa que a mí me habría gustado conocer de primera mano. Sea cine, música, libros. O tenían experiencia de lugares, de personas, de métodos. En comparación yo veía tan rústico a mi padre, un alemanote que tuvo que ganarse la vida haciendo esto y aquello, que nunca se ilustró, que apenas me habó en su vida de lo que era una mujer o una salida nocturna, que se entusiasmaba, lo mismo que sus antepasados (que son también los míos, claro) con la música de acordeón, que se iba en vicio en el entusiasmo peronista y católico, que se empeñaba en ganar las discusiones por hablar a más volumen, que en secreto nunca pudo asimilar las tragedias familiares que asolaron nuestro apellido por tres generaciones.
Pero a mis amigos les encantaba verlo tomar una pava hirviendo con la palma de su mano curtida de mil horas de trabajo sin guantes ni cremas reparadora, callosas hasta el espasmo, ¡manojo de vergas! Y a mí, que lo había visto demasiadas veces hacer su gracia no me causaba otra cosa que una especie de pena, de vergüenza ajena.
Pero ya lo ven: el esmeril del tiempo ha hecho lo suyo y voy camino de convertirme en mi propio padre. Tengo sus mañas, sus malos modos y las ansias de copar la parada de los jóvenes.
Era Edipo nomás.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s