El día que jubilé a fander

Escribo blogs desde hace mil años. Bueno, no exactamente mil pero sí casi trece, lo que es decir un tercio de mi vida. A veces, sobre todo ahora, que ando con los cuarenta de estreno y a los malestares oculares, a la calvicie, a las várices y a los problemas de salud dentaria acaba de sumarse un molesto dolor de rodilla, que ni siquiera es dolor si no más bien una cierta cosa que no sé definir: una molestia, como si se hubiera acumulado el cansancio de haber corrido una maratón, una fiebre localizada, que ni bien me despierto está más bien en el muslo, lo que da idea de que podría tratarse de algo muscular, pero a media mañana tiene tomada la rótula, lo que agita el peor de los fantasmas: el óseo. Porque precisamente un amigo, veterano de mil batallas, que cometió la hazaña de esguinzarse estando sentado, me lo dejó bien claro alguna vez: la edad de un hombre se mide en las rodillas. Quién dijo en el corazón o en el colon en la dentadura, ¡en las rodillas! Qué condena. En fin, decía que a veces me encuentro pensando ¿así que estos fueron los años más felices de mi vida? Estudié contador, en mi cabeza siempre estoy haciendo balances. Balance, balanza, equilibrio. Partida doble. Si hay acá es porque falta en algún lado. Si alguna vez fui feliz lo sé porque he pagado abultadas facturas. Nunca resulta grato el momento de pagar. Ni al contado ni en cuotas. Nunca. Pero en esta lengua, que es la única que tenemos, la que somos capaces de fabricar a diario, hay un lugar para “valer la pena”. Por qué, señor, por qué. Nada vale ninguna pena. Díganselo a sus hijos. En todo caso es simpático que el esfuerzo dirigido con inteligencia encuentre su recompensa. Pero la pena no es una elección válida. Pero pagué, la pucha. Pagué todo. Y lo que es mejor: ya no tengo ganas de pensar en eso. ¿Por qué? Simple: ahora se impone la pregunta por el futuro. Los veinte años por venir, los próximos cinco, el año que viene, qué sé yo. Es otoño y la depresión llega tan puntual como la caída de las hojas. Ya no paso frío pero el cuerpo tiene memoria de otros fríos y se acurruca por reflejo. Entonces es una depresión por época y por locación. Sí, no me gusta estar acá. No me gusta desde hace mucho. Bien o mal, cumplí un ciclo. Sumé los suficientes fracasos como para dedicarme a otra cosa. En otro lugar. Con otras ganas. Pero acá es una palabra demasiado ancha. Acá es Trelew, acá es la Patagonia, acá también es Argentina y Argentina, que tan especial se cree, no es un lindo país para vivir. Acaso porque lo tiene todo (riquezas naturales, paisajes bellos, una geografía extensa y diversa) elige flagelarse. Cuando yo tenía seis o siete años, no sé, chico de estatura, grande de mente como para estar detrás del mostrador de mi viejo y atender alguna emergencia, un camionero que pasa, una vecina que quiere un kilo de azúcar, pero a la vez un novato en un mundo absurdo, incapaz de entender por qué la gente tiene la cara larga de un sufrimiento presente y de otro latente, le pregunté a papá: Papá, por qué el año que viene va a ser peor que este. Se lo había escuchado a un cliente ocasional, que seguramente venía viajando y ya nunca volveríamos a ver, pero que como buen peregrino se quedó a conversar un poco. Eran los años de los milicos. Ya se les estaba apagando la estrella y por lo visto era notorio que lo nuevo por venir no era tan nuevo ni tan bueno. No sé: yo vi a dos tipos charlar amargamente por el futuro y me afligí, pedí explicaciones. Aunque no tuviera en claro cuánto dura un año, cuánto falta para el año que viene, qué significa “que las cosas marchen mal”. Mirá, querido, me dijo mi viejo, cuando yo tenía tu edad y la bolsa de harina se fue de noventa centavos a noventa y cinco la gente ya decía que en este país no se puede vivir más. Cuando seas grande y tengas un pibe te lo va a preguntar a vos también, vas a ver… Y acá estoy, ya en la edad mediana, sin hijos ni planes de tenerlos; al contrario: si hay un plan, ese es no tener hijos. ¿Por qué? Acaso tenga que ver con esa charla con mi padre. Es descorazonador saber que la historia se mueve de dando círculos. Todos queremos alguna seguridad pero esa certeza no es nada grata. Pero capaz que la decisión fue mucho más compleja y supuso la ponderación de una infinidad de factores, entre los cuales mi viejo, esa charla, el saber que el año que viene no sabemos “dónde vamos a ir a parar”, son sólo boludeces que suman. De eso se trata, ¿no? Un montón de palabras que miran en una misma dirección. Pasó mucha agua bajo el puente. Tres décadas y media. Y ahora soy yo el peregrino y en vez de darle charla al patrón me voy rápido, controlo el vuelto, pido factura, guardo bien la billetera, miro para todos lados antes de salir a la calle. Quizá antes estuve ponderando precios en otro lado. Saqué cuentas. Tuve miedo. Yo estudié, me preparé, probé algunas cosas, y salió esto. Argentina sigue siendo un país choto. De chico, cuando Argentina era nuestro negocio, la casa, el patio, un televisor que bramaba ¡BUENAS NOCHEEES ARGENTIIINAAA! un par de calles con amigos para jugar a la pelota, un puente sobre un arroyo que era movido cada vez que venía la creciente, yo no lo entendía. Ahora, que leí algunos libros, que entiendo cómo se calcula el PBI, la deuda externa, el nivel de empleo, ahora que nadie me corre con la vaina y vi un montón de películas y trabajé para el estado y estafé y me estafaron y rompí corazones y me volvieron a estafar, viajé, poco pero viajé y estudié mitología, sé cosas de países remotos, tomé inventario de maderas y anduve paseando en aerosilla, ahora tampoco entiendo. Quiero decir: no entiendo y es grave, porque a esta altura ya no tengo tiempo como para ser esperanzado. ¡Y para colmo no voy a tener hijos! ¿Qué nos hicimos como país? ¿Por qué nos gusta tanto este pantano? Lo que cambió, decía, es que sé algunas cosas: conozco más a la gente, sé de sus mañas, sus intereses. Descreo profundamente de su inocencia (¿hay algo más autoindulgente dentro del cancionero popular argentino que aquello de “toda la pobre inocencia de la gente”). Mi viejo, pongamos, no sabe cómo se calcula el PBI, no trabajó para el estado, no sabe bien de qué hablan cuando se habla de corrupción. El ve una calle rota y piensa que el municipio no hace nada. O, por la calle de la casa de mis padres, que es de tierra, pasa el camión regador y mi madre, que es levemente alfabetizada, dice “se ve que va a haber elecciones”. Porque ella ni siquiera sabe cuándo hay que votar. Ni sabe para qué se vota. Y muy probablemente vota por la boleta que le diga mi papá. Pero saben que todos roban. A esta altura ya no me angustio por esas cosas. Pasaron y seguirán pasando. Lo que me irrita profundamente es la manipulación. El que me digan cómo tengo pensar. Que me enseñen qué es lo que está bien y qué es lo que está mal, como si tuviera tres años. Repito: son años difíciles. Uno ve cualquier película de Buñuel o de Fellini o de Berlanga y ve el fascismo. Pero como es una película, como ya es historia finiquitada, se caga de risa. Pasa en la vida real: mis amigos, los que solían no estar politizados, que siempre miraron con desdén a la cosa pública y sus manejos, algunos que saben cómo se calcula el PBI, otros que no, ahora militan un fanatismo que aturde. Los otros, los que estaban politizados, ya no quieren hablar de política. Entonces, los primeros, que no leyeron un libro de historia en la puta vida, te empiezan a evangelizar con esto y aquello, lo que no estaría del todo mal si no fuera porque repiten las tres pelotudeces que dice alguien en la televisión. Perdieron el juicio crítico. Rivalizan como si todo fuera una batalla que hay que ganar como sea. No admiten el matiz. Es así como les dijo el Pai, el pastor brasilero, y el que no lo quiere ver es un ciego, le hace juego a la derecha, a la sinarquía internacional, a las pelotas de Mahoma. Los segundos, cuando tienen ganas de refutar, también van al hueso. Y se producen charlas enfermas, como las que podrían tener los pacientes de un neuropsiquiátrico si no estuvieran narcotizados. ¿Y todo para qué? Al fin y al cabo todos somos ovejitas de un discurso dominante. Y al régimen (en todo lo ancho del término) lo que le interesa es controlar la lengua. Su fin último es vaciar a todas las palabras de sentido. ¿Qué importa lo que está bien y lo que está mal? En todo caso lo que está bien o mal está definido por ellos. Ahora, que somos menos ingenuos, sabemos cómo funciona la usina comunicacional. Parece mentira pero Orwell no ha perdido una pizca de vigencia. Dos o tres referentes imponen una consigna, que no es más que eso: una frase hecha, una declaración de voluntad que en los hechos no se compadece ni con las políticas públicas ni con el infinito plexo normativo que nos aprieta las pelotas. “Ser malo está mal”. ¿Quién podría oponerse a eso? Lo hacemos bandera. Remera. Meme. Y el que no salta se fue a la bé. El que no salta es holandés. Por puto y cagón. Le afanamo la bandera, que la vengan a buscar. ¿Qué es esta renuncia voluntaria al librepensar? ¿Necesidad de pertenencia? ¿Lisa y llana estupidez? A quién le sirve está más que claro. Pero yo me cansé. Que otros jueguen a esto. Un día voy a necesitar que otro hable por mí. Pero todavía falta.
Hace trece años que escribo blogs. Recuerdo con cariño aquellos comienzos. Por temor a lo que la gente podría decir elegí un seudónimo. Una chica linda me dijo “voy a decirte fander”. Y fui fander todos estos años.
Elegí dejar de serlo. Yo soy fander pero fander ya no es yo. Hay que morir muchas veces para vivir. Fandercito se cansó. Estamos probando un pibe nuevo, a ver qué tal se porta.
Nos vemos por ahí.

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