Cuestiones fundamentales de senectud

De un tiempo a esta parte, probablemente desde que cumplí cuarenta años, me preocupa la vejez en general y la mía propia en particular. Cosas de la vida. El año pasado mi madre se enfermó de cáncer y felizmente a la fecha está curada. Ahí asoma un factor decisivo, que como tal, será el primero que quitaré del análisis: hagamos de cuenta de que la salud acompaña.
Supongamos también que uno puede jubilarse a los 62 años y con el 82% de su remuneración como activo. Probablemente ese sea mi caso y de hecho es el caso de una buena parte de mis compañeros. Sin ser joven, 62 años supone un umbral interesante: todavía hay hilo en el carretel, algo del cuerpo responde, la cabeza está en orden.
Por eso, cada vez que tengo ocasión, les pregunto: ¿Qué vas a hacer después de esto? En mi relevamiento encontré respuestas variadas, casi todas entusiastas: poner una carpintería, hacer un posgrado, coger, ir al mundial de Rusia 2018. Quien más, quien menos, todos tienen asumido que hay que buscar algo para hacer.
Ninguno de esos es rico. No hay manera de ser empleado público y llegar a los 62 años en esa condición. Pero todos estos tipos cuentan con una jubilación que será por lo menos dos veces y media superior a la que corresponde a la mayoría de mis compatriotas, víctimas del nefasto sistema de despilfarro previsional.
Pero hay otros, unos pocos, profesionales, pluriempleados, que no quieren saber nada con la idea de retiro. A esos este asunto les genera escozor, cuando no un tono sombrío en la mirada. A esos no termino de entenderlos: ¿no están preparados para el quiebre y por eso profesan miedo a la condición pasiva? ¿están esclavizados por la idea adolescente de acumular y acumular? ¿los desespera ser considerados viejos por decreto?
Respeto todas las posiciones. A más de dos décadas de que llegue mi turno lejos estoy de entender acabadamente lo que pasa por cada una de las cabezas, qué otras angustias esperan por mí. Pero hoy, a esta hora, puedo gritar a voz en cuello que lo único que deseo es dejar de trabajar. No sé que haré después. Ojalá tenga la suerte de que la salud me acompañe. Me gustaría estar lo bastante en paz como para escribir. Sé que es posible que para entonces mi don esté oxidado. Pero si no se da miraré películas. Viajaré aunque más no sea a veinte kilómetros. Engrupiré alguna vieja (por lo que tengo relevado el deseo sexual de los sexagenarios es muy superior al que yo ostento a la fecha). Haré un jardín o cerveza o cualquier otra cosa que me devuelva la satisfacción de algo terminado con mis propias manos.
Pero no quiero trabajar más. Me cansé del encierro, de tener jefe, de cumplir horarios. Quizá cuando den las campanadas yo escoja alguna otra forma de encierro, quizá me esclavice (y yo -lo sé cabalmente- soy peor jefe que esta manga de hijos de puta) y juegue a correr carreras contra mi ego. No lo sé.
Pero quisiera dejar de trabajar. No venir mañana. ¡No ir a trabajar hoy a la tarde mismo! Tengo tantos libros para leer, tantas películas para mirar, tantos secretos de mi amada Patagonia por descubrir, que cada segundo que paso al servicio de este mal patrón lo siento tiempo perdido, muerte en cuotas.
Y yo quiero vivir.

Anuncios

2 comentarios en “Cuestiones fundamentales de senectud”

  1. Cualquier cosa…menos…hacer cervezaaaa!!
    Ojo que si faltan, más o menos 20 años para jubilarte y hacer y disfrutar lo que sea, que no sea trabajar…. se te va a acumular bastante ansiedad (por asi decirlo) y se puede acercar a algo que se llama locura si no se hace algo antes!
    Comentario de un boludo que te quiere. Abrazo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s