Perdón

Hace unos diez años recibí un mail extraño. Era largo, una o dos páginas, como se estilaba en la época, y entre varias cosas (curiosidades geográficas, comentarios musicales, angustia que viaja de polizona entre inquietudes más o menos prosaicas) decía algo que me hizo ruido durante un buen tiempo: “¿Sabés las ganas que tengo de que alguien me diga Loco, porque no te venís y arrancamos con algo?”.
El tipo no era un perfecto desconocido como yo lo era por entonces. Acababa de estrenar una obra de teatro, le sacaba algún jugo a lo que escribía, que es lo que parecía gustarle. Pero cargaba un hastío fenomenal. El mío no se quedaba atrás pero tenía otros apuros. Comer, sin ir más lejos. No estoy diciendo “comer sano”, “comer variado”, “comer caliente”. Comer.
Respondí generosamente pero, queda claro, la verdad es que mi cabeza andaba en otra cosa. De hecho mi única preocupación era aferrarme a algún madero de mi propio naufragio. Se trataba de mi crisis de los 30.
Ahora que el tiempo ha pasado y viví con toda su virulencia la crisis de los 40 lo veo todo con otra claridad. Quiero decir: 40 es igual a 39 más uno, no supone en sí mayor cambio. Trabajo con números, miles, hoy y todos los días de mi vida. Lejos estoy de encariñarme con alguno. Lejos estoy incluso de odiarlos. Son material y sólo eso.
Pero el carreteo antes del despegue se hizo largo. A mamá se le declaró esa larga y penosa enfermedad que no se puede nombrar. Papá sigue completando los formularios para consagrarse al alemán. La guita nunca alcanza. Mi trabajo no me gusta. En materia de amores contabilizo menos fracasos que la gente de mi edad pero pasé largas semanas devastado. Dejé de leer, apenas escribo.
Lo bueno fue que me enamoré de mi terruño y de sus historias. Hay parte del mérito de eso en el trabajo que me toca, el feo, el que detesto, que me permitió andar cientos de kilómetros de ripio y conocer paisajes desolados (ya que no desoladores). También la enfermedad de mamá colaboró. Viajé todos los santos días a Puerto Madryn durante un mes y me emocioné cada vez con ese oasis que supone el último escalón antes del mar, con el perfil filoso de las bardas, con cada cuadrilla de operarios tirada en medio de la nada pugnando por mejorar el diario vivir de otros miles que apenas se enteran.
Valoré cada centímetro de verde y me dieron ganas de comprarme un pianito, tomar clases y empezar a pensar en otra cosa. Hacer whisky, reparar heladeras, escribir poesía, armar un cineclub.
También es cierto que ante el lecho de mi madre enferma me pregunté más de una vez quién tomaría mi mano cuando llegue la hora de los penares de salud. Y me entristecí y casi por inercia repelí la tristeza porque lo que menos necesitaba mi madre era ver el rostro ojeroso de su hijo al borde del llanto. Evité el tema con todo escrúpulo. Tampoco expliqué por qué me visto de negro ni en qué cajón quedaron archivados mis sueños de dandy. Total, cualquier cosa que dijese le haría bien. Incluso la respuesta que hube de improvisar cuando me preguntó: Jorgito, ¿por qué se agarra cáncer uno?
Me dije lo que tantas veces: todo se andará. Llegaba a casa en el último colectivo. Comía algo, me servía un vaso de Cynar, me derrumbaba en la cama y dormía con la facilidad de quien venció al bruxismo a costa de un mal mayor.
La depresión es el mayor predador del hombre contemporáneo. Mi depresión se alimenta de levantarle la moral todo el que se me cruza. Es más fuerte que yo. Hice mía esa fórmula de la liturgia católica que dice: yo no soy digno de que entres en mi casa pero una palabra tuya bastará para sanarme.
Ojalá una palabra mía bastara para sanar. La buscaría hasta perder el sentido. La busco hasta perder el sentido. La busco. Aunque no baste.
El día de mi cumpleaños número 40 compré una pizza calabresa, dos botellas de champagne y una caja de curitas. Lo sé porque hace poco tiré a la basura el ticket del supermercado. Acaso debería de haberlo conservado para mi museo personal. Me gusta pensar que esto que ahora mismo escribo es mi verdadero museo personal. Entonces repito: una pizza calabresa, dos botellas de champagne, una caja de curitas. La pizza era barata. No conseguí a buen precio ningún brut nature. Me arreglé con lo que había. Me parché con curitas.
Escuché el bolero de Ravel. Lloré. No le dirigí la palabra a ningún ser humano. No atendí el teléfono. Sólo respondí un par de mensajes melosos que me dejaron mis hermanas.
Después me fui de vacaciones. Me dejé crecer la barba. Reñí un par de veces por estupideces. Volví a pensar en mudarme. Hice cuentas. Necesito una moto. Puedo vivir en cualquier parte pero necesito que esa parte cualquiera se materialice. Me imaginé los peores días: la lluvia, la nieve, los inviernos. Pensé en abrigos, borceguíes, leña. Pensé en recibir amigos y emborracharme con vinos caros. En tocar mis propias canciones, en esmerilar los filos de ese otro proyecto que hace años me habita. También pensé en mi propio cuerpo solo y derrotado pero feliz de haber encontrado un lugar en el mundo donde morir.
Y me acordé de ese correo electrónico de 2005. Ese correo que quizá me haya escrito yo mismo desde el futuro invitándome a tomar un desvío. No le hice caso. No me juzgo, andaba mal. Creía en el amor (ya no). Y me dieron ganas de pedirle perdón a ese muchacho. Perdón por no estar a la altura (suele pasarme). Perdón por demorar lo inevitable. Perdón por no darme permiso para empezar algo, donde algo es algo que no pasa por tamaños ni análisis de factibilidad.
Empezar por algo es comprarme un piano, masacrar esa verruga, componerme la dentadura, dejar de perder el tiempo con esa chica, atar los cabos sueltos de la historia que escribo.
Algo.
Algo grande, hermoso, intenso, verdadero.

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