Me duer

Es un hecho. Ni siquiera soy de capaz de completar la tercera sílaba de esa fórmula. Puedo pensarla. Eso estoy haciendo. Pero no decirla. Decirla significaría estar despierto. Durante un buen rato lo estuve. Cebé mates, animé charlas, desparramé a lo ancho de mi escritorio todos los papeles en los que suelo trabajar. Hasta ayer lo hacía. Trabajar. Incluso cuando trabajar no fuese otra cosa que desparramar a lo ancho de todo el escritorio un montón de hojas recién impresas, cada una con su planilla, y en cada planilla una tabla, y en cada celda de la tabla, incluso en las vacías, el resultado de un cálculo que he estado barajando durante meses. Meses que se hacen años. Años que se hacen dolores. Ayer, por caso, me desperté de la siesta con un dolor que anteayer no tenía. La rodilla. Más exactamente el centro mismo de la rodilla como objeto de una explosión. Onda expansiva. Esquirlas. Había soñado que era la noche del 31 de octubre y los fantasmas improvisaban un carnaval por las calles de mi barrio. Yo mismo, un fantasma menesteroso, ataviado con una sábana raída, encontré contra un muro la verdad esa de la impenetrabilidad de la materia. Le entré franco con la rodilla. De ahí, el dolor. Me hizo bien ese pensamiento. Uno se asusta de las cosas cuando no puede explicar sus razones. Portarme como un fantasma, aunque más no fuera en sueños, era una razón. Ni buena ni mala. Una razón. Puesto en auditor diré que no creo en los fantasmas. Que nunca en la vida me he disfrazado. Que todas mis sábanas gozan de excelente salud. Que la peligrosidad del barrio disuade a la gente como uno, los decentes, de lanzarse a las calles en plena noche salvo que exista una necesidad impostergable. También pensé que sería cosa buena renunciar a este trabajo. Pero ni bien hice un par de números comprobé que la única manera de costearme una vejez confortable es acceder a una jubilación que sólo este trabajo podría darme. Sólo me faltan veinticuatro años de servicios. Si me faltaran veinticuatro horas todo sería más grave. Me duermo sentado y no podría, ni aunque mi vida dependiese de eso, estar despierto durante las próximas veinticuatro horas. El sillón es cómodo, reclinable, de auténtico cuero, manifiesta una cierta posición dentro de esta fracción de la hacienda. Pero en realidad es robado. No me lo gané. Si ahora mismo, en vez de esto, redactase una solicitud de sillón, sé que el imbécil de mi jefe tardaría menos de media hora en venir a mí hecho una furia. Así era hace un año, así hace dos, así hace tres, con otro jefe, con otros sillones. Entonces a uno no le dejan otra alternativa que incurrir en el latrocinio. Si bien se mira, el latrocinio es más digno que apropiarse de buenas a primeras del acervo que deja un tipo que se muere. En la hacienda, pasar de un área a otra es morirse en una, nacer en otra. Nacer, crecer, pagar el derecho de piso, las expensas, la servidumbre, usucapionar un puesto y de ahí en más procurarse algo mejor. Allí o en alguna otra parte. ¿Nacer de nuevo? ¿a los cuarenta? A quién se le ocurre. La edad óptima para dejarse de pavadas es la de 36. Treinta y seis. Seis por seis. O dos al cuadrado por tres al cuadrado. No es casual que la suma de los treinta y seis primeros cardinales de lugar a la cifra del diablo. Treinta y siete es adentrarse en el infierno. Antes de la trigésimo séptima campanada un boludo se fue. En busca de algo mejor. Murió. Todo junto. Y dejó este hermoso sillón en el que ahora mismo apoltrono el culo. Algún día, hace mucho, el finado se me apareció. Te quedaste con mi sillón, dijo. Y después: es cómodo pero no sirve para trabajar. En efecto, es óptimo para el descanso. No suelo mirarme el culo pero si esta tarde hiciera la prueba estoy seguro de que vería en mi culo el dibujo del sillón. Cuesta pararse. Si las piernas fuesen una autopista una voz metálica diría que es la hora pico y el flujo sanguíneo marcha lento, con el letargo de una procesión. Hubo un choque. A la altura de la rodilla. Se ruega a los señores. Sí, tan luego vestido de fantasma. De noche. En un barrio malevo. La sábana raída. Maloliente. De lleno contra un muro. Se desmayó, el boludo. Entre dos lo cargaron. Sonreía. En busca de algo mejor. Murió. Todo junto.

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