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Nunca atiendo el teléfono. Ya casi no hablo por teléfono más que por cuestiones laborales. Lo condené al formato vibración salvo por veinte minutos a la semana en que espero un llamado. Basta y sobra.
Pero a veces veo la pantalla encenderse y un instinto básico me dice Atandé, boludo, atendé. Por ahí es una oferta laboral, alguien que tiene planes de visitarte, alguna promesa de experiencia disfrazada de felicidad.
Habla Diego. Qué raro que llame Diego. A lo mejor es por trabajo. Cambiar de trabajo siempre es una buena noticia. Conocer otra gente, ganar otra plata, aprender tareas nuevas. Cambiar de trabajo es mudar la piel y sería genial mudar de piel de manera inmediata. El temor verdadero es quedarse sin piel entre un momento y otro. Es duro el invierno y el costo de vida y todas las ramificaciones de este mismo problema que es vivir.
Dice el diario que murió Jorge. Te llamaba para preguntarte si vos sabías algo más. Treinta y nueve años. Algo más. Treinta y nueve años. Morirse antes de los cuarenta es antinatural, no estamos preparados. Qué vamos a estar preparados si a la mayoría de nosotros el campanazo lo agarra en pleno armado del circo. Todavía sómos jóvenes salvo por alguna molestia en las rodillas, la miopía, la acidez estomacal, las consecuencias del tabaquismo, la calvicie. Y pagamos créditos hipotecarios, prendarios y a sola firma con tal de comprarnos una casa, un coche, un televisor grande para ver el mundial y le debemos una fortuna a la tarjeta por ese capricho de conocer Cartagena de Indias ahora que somos jóvenes, qué vamos a esperar, ¿a qué los pibes terminen la escuela y no nos podamos las chuncas? La onda es ir ahora, endeudarse un poco, que no le hace mal a nadie, y aprovechar aprovechar aprovechar.
Y yo ni siquiera sabía que el tal Jorge había muerto. Caramba. A Jorge el campanazo lo agarró a mitad del cursado de una maestría qiue no necesitaba, porque ya era un profesional próspero, de esos que pueden darse el lujo de depurar la cartera de clientes echando a los pequeñitos, que los que pagan mal, a los gitanos, a los que no traen los papeles en fecha, a los que piden planes de facilidades de pago que nunca alcanzan a terminar y viven al calor de palabras como intimación, intereses punitorios, embargo trabado, honorarios causídicos.
Treinta y nueve y a mí todo me parece inoportuno: que se llamase Jorge, que tuviera treinta y nueve, que estuviese más o menos contento de lo que hacía, cosechando los frutos de su esfuerzo, la puta, como yo, que me llamo Jorge, que tengo treinta y nueve, que hoy no me encontré en las necrológicas, quizá porque mi muerte no es algo no digno de comunicarse, total, ¿a quién podría importarle?

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