Esa noche oscura

Es un hecho: a fin de año cumplo 40. No sé bien cómo llegué hasta acá pero de vez en cuando me da por mirarme en el espejo (algo que evito por todos los medios) y me preguntó ey, ¿qué nos pasó? No se trata de la aflicción por los números redondos, qué va. Trabajo con números. Pienso en números cada puto día. Lo reduzco todo a números. Incluso en un par de experiencias desafortunadas en consulta psicológica di respuestas numéricas. Ey, no dije más o menos bien, dije del uno al diez, siete, cerca de ocho, lo que no me preocupó en el momento (no tenía manera de darme cuenta) sino con el correr de los días, cuando empecé a contarle el episodio a mis amigos, a mis compañeros de trabajo.
Por lo demás, ¿qué tendrá de especial la cifra de dos al cubo por cinco? Nada, creo yo. Más especiales son el 41, el 43 o el 47, pero están tan seguidos el uno del otro que tampoco.
Que no son las cifras, carajo. Es lo que uno siente. No es lo que diga el doctor. Es lo que uno siente. Aunque sea incapaz de encontrar las palabras para contarlo. Un dolorcito acá, en la mandíbula, que no se parece en nada a las molestias estomacales ni a las esquirlas de una buena patada en los rodillas.
Las consecuencias del bruxismo. Sí, el mordillo, esto, el dentista lo otro. Sí, pero lo que hay que aventar son los nervios. ¿Pastillas? ¿Quién carajo querría tomar pastillas para dormir, para calmarse, para que deje de doler? Yo, desde luego, no.
Prefiero los dolores. Me hago uno con ellos. Con él y en él, a ti dios padre todopoderoso, comparto el reclamo aunque no los métodos. Está bien, hay toda una vida por cambiar. No podemos parar toda la máquina. Hay que ir cambiando lo que se puede y a veces lo que está al alcance es tan pequeñito, tan significante a la luz del todo, que lo primero que surge es decir mejor no, para qué el esfuerzo, mejor mañana. Y ahí es cuando todo empieza a irse a la mierda.
Mañana no llega nunca antes de mañana. Lo aprendí de muy pibe y no fue simpático. Papá, ¿cuándo voy a ser grande? decía el enano maldito. Mañana, mañana vas a ser grande, decía el viejo choto, una me dia sonrisa. La ironía, eso que un pibe no puede entender. Aprendemos a ironizar y nos olvidamos de vivir. Al final las cosas eran simples y le metimos tanta rosca al pedo. El enano maldito, al otro día, iba frente al espejo, se miraba: no, hoy tampoco soy grande.
Y tantas cosas por hacer. Las mesetas. Un momento histórico (no relevante; al contrario: trivial, fijado en algún almanaque viejo); un hombre; un oficio; una geografía. Palabras que sólo viven en mis libros: autodisciplina, prospección, competencias, horizontalidad.
De vez en cuando, una pausa. Mirar en el techo la cara de alguien que falta. La tiniebla. De ahora en más voy a hablar de la caprichosa. Sin miedo. Qué más natural que actuar de acuerdo a lo que uno se le antoje. Te entiendo. Soy de ese palo.

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