La barba no es para cobardes

Fue un domingo. Lo recuerdo porque tocaba ir a misa. El espejo denunciaba en mi cara un bigote tan negro y tupido como no he vuelto a tener jamás en mi vida. No gastaba más que trece años pero ya llevaba un par de años recortándome con tijera la pelusa rubia que obstinadamente crecía por encima de mi boca.
Venga para acá, querido, habrá dicho papá, que para las cuestiones importantes volvía al trato formal. Voy a enseñarle cómo afeitarse.
La descripción fue tan minuciosa que la he olvidado casi por completo. Recuerdo, eso sí, que lo fundamental es afeitarse en ayunas. Eso, en principio, para evitar cortes. Mucho tiempo después, habiendo investigado bastante sobre el tema, sólo puedo decir que lo suyo era una superstición hecha liturgia.
Y desde el vamos que lo era, toda vez que sólo se afeitaba para ir a misa, acaso como regalo para el señor, quizá porque era el único momento de la semana en que aparecía en público.
Hombre de laburo, mi viejo más que barba tenía un cepillo con cerdas de metal repartidas a lo largho de su rostro. El tiempo pasó factura y en ese momento eran casi todas blancas, alguna gris, mayormente ralas, pero más que invasivas al tacto. Papá no besaba a nadie.
Seguro dejó caer un detalle: agua tibia primero, para abrir los poros; agua fría al final, para cerrarlos.Tal vez se ocupó de decir que lo importante es frotar toda la cara en jabón y dejar que el jabón actúe durante unos segundos. Que en ese intervalo lo prudente era trazar un plan de afeitada para hacerlo rápido, de una vez, a pulso firme, evitando repasar, que es lo que provoca lesiones. O a lo mejor: pprimero las mejillas, trazos rectos, después los alrededores de la boca, poniendo atención en las comisuras. Después la zona vecina al cuello. siempre de arriba hacia abajo y por último los rincones: las patillas, el borde de la mandíbula, debajo de los agujeritos de la nariz.
Y en otro momento, más adelante, cuando en mi cara ya sólo quedaban esos restos de jabón que sólo se van con agua: un día vas a querer dejarte una barba. Eso es más complicado: hay que saber cuidarla. Peinarial, cortarla y recortarla con un dibujo que a vos y sólo a vos te convenza.
Pasaron muchos inviernos y yo sigo sin barba. Es una de las formas que ha tenido la cobardía de manifestarse en mí. Es que llevar una buena barba es un trabajo que exige cuidados. La imagen lo es todo, ya lo sabemos, ¿qué cabe pensar del tipo que que no sabe sino afeitarse al ras? Que carece de espíritu protector, que no está educado para cuidar nada, que siempre escoge el camino sencillo.
Y lo mismo vale para las minas de pelo corto. Si no llega a los sesenta años y no tiene abierto un expediente oncológico, entonces usa el pelo corto porque le teme a las complicaciones, porque no sirve para cuidar ni un cactus.
En fin, amigos, hay que guardar las apariencias. Ellas dicen más de lo que a nosotros nos gustaría.

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