Felisberto

[Este post es una excusa para compartir este link https://soundcloud.com/jorge-mayer/cocodrilo-en-la-voz-de-su-autor-felisberto-hernandez%5D

Por esos avatares que tiene internet di hace poco con el libro de un tipo que hace poco más de medio siglo postulaba a la sumeria como la primera civilización del mundo. Cada capítulo desgranaba, con la pasión que es propia de los obsesivos, los detalles de las elucubraciones que sucedían a los descubrimientos más significativos.
Nada forzado me resultó volver a los días que nos tocan vivir. Actualmente podemos observar a internet como una capa de tierra y piedra ora, cubre, ora descubre, las bondades y las maldades de la civilización analógica que alguna vez fuimos.
¿Así que te gusta Felisberto?, me dijo un amigo escritor alguna vez. ¿Escuchaste su lectura de Cocodrilo? Tenés que escucharla. Se te pone la piel de gallina cuando grita ¡cocodrilo!
Ibamos caminando por Florida y en mi recuerdo media cuadra se dio vuelta a mirar quién es el que iba a los gritos. Desde ese instante la búsqueda de ese documento fue mi obsesión. Finalmente ayer nos encontramos y viví uno de esos momentos de mi vida que veré pasar cinco segundos antes de la muerte.
Debajo de internet, decía, hay una civilización que está a punto de extinguirse. Van a perderse los discos hermosos de los que se han hecho pocas copias; libros hermosos que no han encontrado su lector; fotos hermosas que oportunamente no le interesaron a nadie. Entre los objetos de esa civilización podemos contar este, un casette que salió con la revista uruguaya Marcha hace unos 40 años y al parecer nadie había tenido la gentileza de convertir a formato digital y subirlo al acervo global de nuestros consumos diarios. ¡Cómo no emocionarse ante el hallazgo!
Felisberto no lee bien. Ni siquiera tiene buena voz. Ni acento uruguayo. Parece más bien un chileno del sur. El cuento es demasiado largo para ser leído en voz alta. Felisberto se traba, se ahoga, balbucea. Eso en modo alguno resultó óbice para mi admiración. En un punto empecé a verlo a él mismo como un mercachifle que rompía en llanto para vender ¡un par de medias de mujer! Quizá sobre todo en la parte en la que dice “-Mire: no es que yo sea de los más felices; pero sé arreglarme con mi desgracia y soy casi dichoso.”
No sé exactamente cuando descubrí a Felisberto Hernández pero lo más probable es que Dolina lo haya mencionado en su programa de radio y yo, el alumno más mplicado de la clase, no haya demorado en hurgar en los entresijos de la web buscando sus cuentos y los comentarios que la crítica tenía para él.
Fue un hallazgo de los que signaron mi vida. En Felisberto encontré el estilo que me habría gustado utilizar si yo hubiese abrazado la escritura como oficio. Sus historias eran sencillas, rebosantes de frescura, pero nada ajenas a la preocupación por la más honda filosofía. Pero lo que en el opus hernandiano hace la diferencia es una concepción casi virginal sobre las cosas de este mundo.
Si yo no hubiese estudiado un poco su caso habría pensado que Felisberto era -como yo en aquel entonces- un niño que hacía sus primeros pininos con la escritura, que no se privaba de las torpezas más elementales, pero al mismo tiempo conservaba, urgente, el mejor de los asombros, ese que desgraciadamente el tiempo, que es decir el tedio vital, nos va quitando. Y también la sabiduría de quien ha visto las cosas muchas veces. O lo ha hecho una sola pero con tal escrúpulo que cada uno de los detalles observados estuviese fijado y llamado a forjar una estructura nueva, al modo caprichoso que tiene la memoria para devolvernos los recuerdos.
Felisberto era mujeriego, se casó cuatro veces (María Isabel Guerra, Amalia Nieto, Reina Reyes, y la ahora afamada Africa Las Heras, espía de la KGB). También fue pianista y muy bueno según los que saben pero es una verdad a gritos que para destacarse en el piano con ser muy bueno no alcanza: hay que ser extraordinario, sobre todo en un país pequeño como Uruguay. Cuando en sus apuntes biográficos leía de sus giras por el interior yo me imaginaba pueblos ínfimos como el mío, en los que la gran mayoría de la gente vive sin decir agua va, qué piano ni piano.
Pero Felisberto también escribía. Contaba con un grupo de amigos que lo alentaba siempre, Angel Rama a la cabeza y en su candidez encontró, cómo no, detractores o, para mejor decir, detractor: Emir Rodríguez Monegal, el crítico más riguroso de la época. Dicen que Felisberto, un tipo bajo y regordete, se enojaba mucho y en sus arrebatos de bronca soñaba con cagarlo a trompadas. Cierto o no, no es difícil imaginarlo.
A pesar de que algunos lectores ilustres han declarado que fue el padre del realismo mágico, Felisberto murió en la pobreza. En enerop se cumplieron los primeros cincuenta años de su muerte pero todavía no se ha ganado un lugar en el mainstream latinoamericano del siglo xx. No es justicia pero créanme: no le hace falta.

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