Lite

Suerte de la mala es llegar a tu casa, dejar el bolso (cada vez más pesado, debería sacar ese libro que pone tanta resistencia para que lo lea), cambiar el pantalón largo por una bermuda (la bolsonera, oportunamente pagada a precio patrón oro, con cinturón, ¡bermuda con cinturón!, que tan cálidos recuerdos guarda en sus infinitos bolsillos), los zapatos por las pantuflas (más livianas que el aire, libreta de enrolamiento de los que ya doblaron el codo de la vida), apartar la billetera (por si hay que salir a hacer alguna compra de apuro), las llaves (un día más sin perderse, dios sea loado), los cigarrillos (ya hemos fumado seis semanas más de lo originalmente planeado), movido la computadora (hay que enchufarla a los bafles, es viernes y se impone escuchar música fuerte), agacharse para desanudar los cables y páfate, la luz que se corta y son casi las diez de la noche, no tenemos luz de emergencia ni velas pero sí un hambre que se las lleva puta. ¿Cocinaremos a oscuras? La idea es más o menos viable en tanto no suponga freír (¿cuánto hace que no comemos algo frito, Finnegan?), lo que no es del todo malo porque el programa dice que toca ñoquis. Se hierven en un minuto. Salsa filetto en sobre, abundante queso rallado y un bonarda. Ah, el bonarda. Cantamos “encontrar un sacacorchos en esta oscuridad” (música de Spaghetti del rock, ay Mollito, tu lírica que tiene menos vuelo que una paloma torcaza), tanteamos en la mesa buscando el metal terminado en corcho (¿cómo puede ser que todavía no haya controlado la tendencia a lastimar el corcho?) y ¡poc!, la música más maravillosa del mundo. Acercar el pico de la botella al alcance del olfato y dejar que la poesía haga lo suyo. Un día de estos, Finnegan, deberíamos de comprar un decantador. No, para qué gastar plata, si hace al rito dejar que el vino se haga al aire durante media hora. ¡O un pingüino! Qué cosa ordinaria, a quién se le ocurre, si pocas cosas hay más bellas que las lágrimas de vino sobre la etiqueta de la botella. Pero no ha de ser hoy, mi querido, que veamos las lágrimas escurrirse. Con la toca luz que se mete por la ventana (hay una luna enorme pero sólo dentro de un par de horas castigará con su luz este cuarto al que llamamos cocinita) no queda otra que imaginar. Un minuto, listos los ñoquis. Quince pesos. Qué espanto llamarle gnocchis a este engrudo. Por suerte el queso es queso y no rallado, que es como le dicen ahora al queso que no es queso sino almidón de no sé qué poronga con gusto y forma ligeramente parecidos al queso que es queso hasta que uno lee en la etiqueta que no tiene queso y es algo llamado almidón (¿qué es el almidón, máster?). La primera copa de vino nunca sabe del todo bien, salvo que el vino sea de doscientos mangos, que en este momento no podemos pagar. Pero sé por una película que ya se va a poner mejor. Me lo digo: ya se va a poner mejor. En cada bocado meto más de un ñoqui. Antes lo revolví un poco en la salsa y en el queso, a ver si se le quita ese sabor a papa que no es papa. Sigue ahí, es un hecho. Por no tener luz los saqué antes de tiempo. O después, quién sabe si esto es estar crudo o pasado, a quién le importa. En cada bocado feroz se cuela una brecha de aire, culpa de comer con demasiada hambre, qué lo parió. Entonces sudo, me ahogo, me vienen los mocos. Liquidemos el trámite. El fumador tiene por costumbre prender un pucho como señal de que ha terminado de comer. Sea. Estoy a una rayita de batería en el teléfono de dejar de tener luz artificial. Le doy descanso. Pito, la brasa se hincha, el humo busca el techo. Falta menos de una hora para que la luna haga foco. Qué hermoso es tener un plan, me digo. Son muchos años ya de ante una disyuntiva, trisyuntiva no saber qué hacer pero por primera vez desde mi infancia sé que vivo con una misión clara. Para eso he de cumplir con tres objetivos, todos ambiciosos. Orgánicos. Esta vez no se contradicen, no se comen recursos los unos a los otros. De cada uno se desprenden las actividades por hacer. Cada actividad tiene tareas y cada tarea reclama dedicación. Ya no hay que pensar más, sólo hacerlo. La chica que me gustaba no entra en ese plan. Quise meterla por la fuerza y no hubo caso. ¿Debería explicarle por qué hago lo que hago? ¿me ha reportado el suficiente placer como para ponerme en jaque? Surge desde la oscuridad un vozarrón que dice lo de siempre: Finnegan, no seas boludo, ¿suma o no suma?
Volvió la luz. Lavemos los platos. Tomemos un té. Ha sido un día de provecho.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s