Crónica

Un día de estos apenas idos ocurrió lo que nunca: fui a un recital de poesía. En realidad yo iba a otra cosa. Qué me importa como dicen los poetas sus poemas. Qué me importa si en realidad hay una vocecita, la interna, la que dicta lo que se escribe, que no conoce la luz del día y menos que menos la de las lámparas de una fiesta con todo, hasta un guitarrista, que viene a la fiesta a ponerle un pasamanos, no sea cosa que algún pasajero, un desprevenido, uno de los varios que van a otra cosa, se encuentra de sopetón a punto de caerse y con nada a mano a lo que aferrarse. La música nos cuida de las cornisas, nos convida a mirar siempre adelante en vez de la profundidad de un agujero que parece nunca terminarse, porque las tiene todas para decirnos la pequeñez de la mano que pretende sostenernos. Dos eran los poetas. Uno, regordete, con la pinta que cualquiera juzgaría apropiada para un mecánico de coches; otra, una chica que de tan preciosa el creador juzgó pertinente abrocharle a su rostro la nariz que pondría en ridículo a un ppájaro carpintero, bonito andar, bonito modo de agarrar entre sus manos el libro que leía, pero una nariz que lo hacía a uno sentirse desnudo, temeroso de que fuera cierto de que existen en el mundo unas pocas personas dotadas de un sentido absoluto del olfato. Pero el poeta, mamita querida, mejor se hubiese dedicado a arreglar coches. Por si poco daño hicieran sus poemas sibilantes natura quiso dotarlo en la voz de un seseo que a uno se le antojaba estar viendo una comedia de Dino Risi, excepción hecha del un detalle menor: la risa mordida de un gag fallido, disparado a repetición. Pero lejos estuvo eso de ser lo peor. Me faltó describir la figura del editor, aunque para el caso no tenga la menor importancia. Queremos poesía contra la megaminería, dijo, y contra la violencia de género, dijo, y contra los abusos policiales. Pensé por un momento en las hojas garrapateadas que había dejado en mi casa, en el redondo desprecio al que hubo de someterlas la proclama, y no pude sentirme sino extranjero, vacío, rodeado de gentes que, como yo, habían ido a otra cosa.

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