No pudieron evitarlo

No era dolor de cintura, no, la culpa es de los resortes vencidos del colchoncito, botín de guerra de la última guerra perdida por afano, por huida, por demolición, ni por la queja de los riñones, hastiados a esa altura de filtrar el barro de un arroyito no menos cansado, no menos carne de inundación, de crecida desaforada, de despecho, era más bien cansancio moral.
No quiere más lola, decía mamá allá por los 70, cuando todo era joven, incluso ella, y las cosas tenían el vicio de durar, de hacer familia, de entablar con sus dueños relaciones unidireccionales de buen querer. Y el buen querer es un árbol vigoroso, de copa vasta, no se agota así nomás, no deja de funcionar por el capricho que uno pueda imputar a un contacto que se falsea, a una pieza de menos calidad que el resto del conjunto, si no derechamente a la muerte. Con mayúsculas.
Se cepillaba, no obstante, los dientes. Con furia, con asco, sabedor de que esa era la primera de una larga listas de cosas inmundas que el día de hoy tenía preparadas par él. Podemos imaginarlas sin esfuerzo. Una hoja de agenda, la letra apretada, nerviosa, la tinta corrida, una maldita cosa detrás de la otra. En el medio, un espacio en blanco, como quien dice siesta. Polvo de alquiler. Lectura de libro en bar, que es en realidad pretensión de mudarse a alguna de las latas de cerveza de todo el mundo que detrás del mostrador forjan una guardia en perfecta escuadra. O a la charla de esos que siempre se juntan y siempre se juntan a la misma hora y siempre se ríen de las mismas malditas cosas, que apenas denuncian que hoy es un día diferente del de ayer porque gastan diferentes camisas.
Pensar, por ejemplo, cómo serían las cosas si en vez de dentífrico el cepillo tuviera que vérselas por las suyas. El brazo agitado, las cerdas entre los dientes, el resto de una comida que ya es basura pero se encariñó. La basura sabe mal. Pero fuera de la conjetura también el mundo es inmundo. Y a la basura no la enjuga ni una gruesa bocanada de pasta con perfume de menta. Es cosa de ver en el cepillo las cerdas vencidas y decirse no pasa de hoy, te juro.
Vestirse a las corridas. El cinto está en el otro pantalón. En el forcejeo caen las monedas del colectivo. Ruedan debajo de la cama y no es hora de andar en cuatro patas y al tanteo. Un brillo metálico acá y otro allá, quién te manda. Y sólo por la obstinación de pretenderse más fuerte que las cosas de este mundo abotonar la camisa en dirección inversa. Desde arriba, qué tal. Me falta un botón o me sobra un ojal. Todo de nuevo.
El suéter lleno de pelotitas.
Un colectivo llamado No pudieron evitarlo.
Los apretujones de cada día. El olor de los abrigos que ya han tenido bastante invierno, que de improviso han apretado el cuello de sus dueños por una primavera inusitada, llena de prisa, ¿qué hacés acá?
Llega a la oficina. Marca su tarjeta. Es la 54. Abre la puerta, no enciende las luces. No se quita el saco. No se sienta. Espera sabe dios qué.

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