Over the bridge we go

Sólo después de ver Gouttes d’eau sur pierres brûlantes, de François Ozon, sobre obra de Fassbinder, que comprendí que mi educación sentimental estuvo signada por un equívoco fundacional.
Tal vez por culpa los discos de mamá, que fueron a parar a la basura ni bien el tocadiscos dijo basta, quizá por culpa de la radio, que incluso hoy, treinta años después, ajena a la velocidad de las cosas de este mundo, sigue rotando las mismas cincuenta canciones, yo fui un niño que profesaba un cariño entrañable por las canciones de Rafaella Carrá. Todas, cual más, cual menos, estaban concebidas para el disfrute inmediato, no para detenerse demasiado en ellas, total que cualquiera sabe que para enamorarse bien no hace falta venirse al sur. Ni tampoco, como yo creía, en el amor todo es tempestad.
¿Qué puede pensar un crío de ocho años acerca del amor? Lo que sea, desde ya, menos esta cosa grave, solemne, vagamente animal, que piensa un señor que paga con cuarenta y le dan un par de monedas de vuelto. Tal alcance de la mano está eso de que en el amor todo es empezar que ir más lejos que eso sería el lujo de una mente que pasó el tamiz de la lectura de Barthes. Pero me habría bastado ver ese instante de fuga en que el sueño te gana, cerrás los ojos y a cruzás a campo traviesa un bosque lleno de espinas para iinternarte en un lago de agua de algodón y te dormís para saber que sí, que es más empezar que tempestad.

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