Putita

Cuando consiguió un puesto en el ministerio causó sensación. Entre tanta señorona entrada en años y en carne (es un decir) que aparezca una pibita de buen ver era motivo de festejos. Y de loas, cómo no, al Rusito Lewandoswky, que se encargaba de los castings. Porque no entró ella sola sino varias otras. Una modelo, que supo ser reina de la tonina overa, una valquiria que levantaba muertos, una pocahontitas que hizo las delicias de los simpatizantes de los pueblos originarios, una colorada que no era colorada en realidad, pero para el caso qué importaba, y así.
-Yo le entro, dijo el Gatito.
-¿Te parece?
-Putita.
En menos de lo que tarda en volver la luna llena ya se había organizado un asadito. La excusa tal vez haya sido un cumpleaños o la víspera de un feriado largo. Fueron invitadas todas, uno nunca sabe, pero vinieron dos: la colorada que no era y Abril, la rubia que le interesaba al Gatito.
Rubia, tontita, incapaz de perforar una hoja como dios manda pero de lindo andar, condenada (es un decir) a la Recepción. Buscan a Fulano, ¿de parte? y poco más que eso, pero a nadie de adentro, nadie de afuera, a nadie le importaba. Como era de suponer, su conversación tenía la profundidad de un charquito. Tal vez en eso se fijó el Ruso cuando la reclutó.
Pegué algunas promociones, decía ella, que era muy de hablar así. Cualquiera hubiera pensado que era hija de padre golpeador, cualquiera que le prestase atención a lo que decía.
Fue en esa reunión que el Gatito blanqueó sus pretensiones. La colorada dijo después de la reunión sentirse desilusionada. Tal vez se había fijado en el Gatito, quizá notó que la usaron descaradamente: invitar solamente a Abril habría sido para quilombo.
-Te va a cagar, dijo el Gato padre.
Era un tipo de mucho kilometraje. Tuvo tres mujeres con papeles y un largo tendal de otras, un seductor. La idea del Gatito de matar al padre pasaba por conquistar más mujeres. Abril, a esa altura, seis sueldos después, se había convertido en la mina más atractiva del ministerio pero el Gatito seguía tirando arañazos.
Ahí empezaron las disputas.
-Anoche se enojó, no quiso decirme por qué.
-Hermano, vos tenés cuarenta, ella veintidós, te toca hacer un esfuerzo para comprenderla.
-Pero qué linda es.
-¿Y en la cama?
-Por ahora es como cogerse a un fiambre, ya va a aprender.
Pero al Gatito no le fue concedido el don de la conversación. Era el tipo más parco del mundo. Decía poco y lo decía en un tonito monocorde, casi sin mover los labios, ni un solo gesto en la cara. Debería haber sido espía de la KGB o algo. Abril, por el contrario, muy maricona, propensa al escándalo en los pasillos, a la reacción desproporcionada, a putearlo de arriba a abajo en la intimidad.
Se peleaban y se amigaban a un ritmo frenético. En la oficina nadie sabía a ciencia cierta cuándo sí, cuándo no. A veces Abril entraba a la oficina y le hablaba en voz muy baja. Sabe dios cuál sería el reproche del día.
-Pará, están los chicos, decía el Gatito.
Por lo demás, a quién se le ocurre tratar de conquistar mujeres por el chat de la intranet. Todo el mundo sabía quién le arrimaba la bocha a quién y en qué términos.
-Che, boludo, en la cocina están vendiendo un cuadernillo con tus chats, cuarenta sin anillar, sesenta anillado. Yo me compré el anillado.
Abril era la mina más linda que jamás hubiese tenido en la vida. Y se notaba. Todo en el Gatito era exagerado, propio del tipo que acostumbrado a frecuentar bagayitos. O a pagar. Empezó soltar la lengua. Le gustaba que el culebrón se hubiese transformado en un reality. Contaba un poco en la oficina, otro poco, haciéndose el sufrido, a alguna señorona entrada en años y carnes.
El hablaba de algo a las once y a las doce ya era la comidilla. Todo el edificio sabía que la noche anterior Abril no se la había querido chupar. Desde arriba lo llamaron un par de veces al orden pero qué hacer. ¿Un sumario? ¿Con qué motivo? ¿Violencia de género, intentona de abuso, difamación? ¿Echarlo? ¿Echarla? ¿Echarlos? Laissez faire, laissez passer.
-Anoche me calenté y en un descuido ya la estaba agarrando del cogote.
-Pará, boludo, vos le levantás la mano a una mina, yo me entero y te recago a trompadas.
Fue la más definitiva de las rupturas. Duró tres semanas o cuatro. El Gatito se pasaba el día bufando, agazapado, mandando emisarias, descargando en el confensionario la batería de tempestades que la minita había desatado. Al tipo violento se lo adivina en lo sobreactuado pero esto era algo más que un indicio. Cuenta regresiva para que lo caguen a palos.
Durante la quinta semana, cuando el tema amenazaba convertirse en historia, Abril lo llamó aparte: estaba embarazada. Y el Gatito, un tipo tan chato que no tenía por tema de conversación nada fuera del fútbol, empezó a mechar cada media docena de frases un grave Voy a ser padre.
El embarazo, es obvio, hizo de las peleas el pan de cada día.0
-Dice que quiere juntarse, que si no nos juntamos, no le pone mi apellido.
-¿Y vos?
-Yo no sé.
No estaba preparado para ser padre. Eso es precisamente era el palo más grave de la relación. Le faltaba el acting protector. Y no tenía el talento para simularlo.
-¿Y vos?
-Es mi hija, qué sé yo, pero si me junto pierdo todo.
El Gatito tenía un par de casas que no eran suyas a su nombre y un campo, un sueldo interesante y otro que arañaba dignidad. Consultó a medio mundo. Sólo un par de outsiders le dijeron que lo mejor era correrse. Total, tener hijos con una loca, ¿para qué? Ya habría mejor ocasión. Pero el Gatito buscaba que le dijesen que juntarse era lo mejor. Esto era el amor de su vida. Hizo de tripas corazón y se juntó.
Como suele ocurrir con los tipos que nunca estuvieron con una mina linda, el Gatito se volvió paranoico. No quería que se juntase con sus amigas ni que se anotase en la facultad. La invitó a que deje el trabajo.
-¿Tenés miedo de que te ponga los cuernos?
-Putita.
Convivían, se separaban, se volvían a juntar. La maternidad hizo de Abril lo que ya era en sus tiempos de promotora: una loquita de esas que con un par de tragos encima se convierten en la reina de la noche. No había sábado que no saliese. El Gatito se enfurecía pero se recordaba padre y trataba de amoldarse.
-Te va a cagar.
-Arreglamos en que le paso cuatro lucas al mes. Para la nena.
-¿Me querés decir para qué? El mundo está lleno de esa clase de minas, a mí me no me la cuentan.
Al año ya se veían espaciadamente. La nena circulaba entre los dos como una encomienda. El Gatito fingía interés en ella pero lo más probable es que se tratase de un juguete en manos de un chico de cuarenta años. El trofeo de guerra de algo que él creyó el amor de su vida y no pasó de los polvos que le echó a la mina más linda de su vida.
-¿Te conté que el mes que viene voy a licitar por el Bora?
-¿Y de dónde vas a sacar la guita?
-Abril se ofreció a prestarme, yo qué sé, pensé en decir no, pero quién sabe, por ahí nos volvemos a hablar, a ver.
-¡Pero es la guita de la nena!
El Gatito, quizá por haber frecuentado largos años los pasillos de la facultad de ciencias económicas, lo veía casi todo bajo el prisma patrimonial.
-Volvieron a entrar al edificio a robar.
-¿Pensaste en mudarte?
-No, qué mudarme, un revólver me voy a comprar.
-¿Sabés usar armas?
-No, pero no me gusta que me roben.

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1 comentario en “Putita”

  1. Jorge:

    por si las moscas… vos no habrás conocido a mi hermana he?!

    mirá que si andás ventilando cuestiones que atañen a mi familia te meto una causa en el Juzgado Nº 1 de la Dra. Adela Lucia Juarez Aldazabal y se te van a ir las ganas de junar minitas en la calle 25 de Mayo.

    seguro de estar a salvo de infidencias te dejo saludo y abrazo.-

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