Waiting for the phone to ring

Llevo en el medio del pecho una cicatriz, que lejos está de pretenderse la de un marinero, la de un boxeador, la de un operario de la construcción, sin embargo, por la batalla en que hube de ganarla, por el vago recuerdo que de ella conservo todavía (lo más posible es que me desmayase y todo lo que digo sea el cuento que otros me hicieron), porque tenía pocos años, por ser víctima de un accidente por todo lo ancho evitable, por varias cosas más, es de una magnitud que escapa de la escala humana. Quizá haya tardado años en cicatrizar, quizá sólo el concurso de manos expertas y gasas y cremas hayan vuelto la carne a su cauce, quizá no, quizá simplemente debió de quedar así: una mácula de diferente color en el valle entre pecho y pecho, te pensás que no sé: lo adiviné en tu tono de voz. Hay las inflexiones que sólo da el haber gritado con toda la fuerza alguna vez la desgracia de purgar una culpa que no corresponde. El pecho, un sino, un destello de no color, el resto de la cáscara epitelial que armó de apuro una defensa, y ardió. Las llamas, las llagas, son para siempre. Te pensás que no sabía. Lo adiviné detrás de la camisa a cuadros que llevabas la primera vez que nos vimos. ¿Te acordás? Querías bañarte. Querías mudar la piel. Y a falta del don animal (abismal) de mudar de piel con las estaciones yo la mudo a garrotazos.

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