I’m happy, hope you’re happy too

Afuera sopla un viento que se las lleva puta. Esa es una expresión muy de mi viejo, que en todo caso nunca dijo adónde se las llevan. O qué se lleva. Porque algo se lleva y es puta. Aunque puede que no sea puta y sólo se haya puesto puta para la ocasión. Se sabe: los vientos patagónicos son una oportunidad preciosa para permanecer bajo siete llaves o, de otro modo, los vientos patagónicos son esos patanes de barrio que sin permiso, de puro prepotentes, se hacen dueños de cada esquina.
¿Lloverá?
¿Lloverá como llovió en navidad? ¿Lloverá con la serena furia de quien lo tiene todo programado? ¿Lloverá y les mojará la pólvora de la balacera que los muchachones tienen preparada para las doce? Sería de toda justicia poética que llueva. Que se moje la pólvora. Que nos lavemos la mugre de todos estos años, ¿los mejores de nuestra vida?
Se fue la juventud como por un tubo. Llevaba prisa. ¿No la habremos tratado todo lo bien que ella hubiera querido? No hay manera de preguntarle pero hay la evidencia palmaria de que se siente a gusto en las cachorritas que los días de calor se pavonean con la estudiada indiferencia de los que se saben dueños de un activo superior.
Lloverá siempre. Y la falta que hace.
En los dedos que pugnan por darle un sentido a estas palabras hay un polvillo casi imperceptible a la vista, que hoy por la noche, tal vez mañana, se convertirá en dos, tres, cuatro abscesos, algo bastante feo de ver, en la punta de los dedos, cercando a las uñas.
Por lo visto, por lo leído en realidad, los abscesos son el residuo que queda cuando ha culminado la acción inmunológica de los glóbulos blancos, que son una especie de guardia de infantería, presta a repeler cualquier amenaza para la integridad de la salud del cuerpo. Acabada que sea la misión, los cascos blancos no abandonan sus puestos sino que se quedan ahí, formando un camposanto que, a la vista extraña, luce abrumadoramente espantoso, y, al tacto propio, duele un dolor suavecito, de advertencia.
Se largó. Fuerte. Un poco más allá de la nube que se precipita hay un disco amarillo que, como yo, no acaba de decidirse: salgo o no salgo. A él, en aquellas lejanías, no le va ni le viene el cortejo de las nubes. A mí, en cambio, los amagues me acobardan y pondero si tendrá sentido salir a la calle. Después de todo, ¿qué podré comprar? Una pizza, dos botellas de agua tónica, limones. ¿Un pantalón o dos? ¿Me haré cortar, por fin, el cabello? Es treinta y uno de diciembre. Uno no debería molestar a los empleados de comercio salvo que sea estrictamente necesario. Pero.
Estornudo. El polvillo pugna por ganar las fosas nasales, que lo repelen con inaudita violencia, salpicando la pantalla de mi monitor. Qué espanto. Debería comprar un líquido para lavarle la cara. Y el polvillo. Debería comprar tantas cosas. Cuando uno se hace ducho en el arte de postergarlo todo siempre hay compras para hacer. La pregunta es ¿son lo bastante urgentes? ¿Qué entendemos por urgente?
Paró la lluvia. Es como si hubiese adivinado que yo me estaba arreglando para salir. Me puse a escribir. Dos párrafos más adelante, paró. Sospechoso.
Este año también he preferido no reunirme con nadie. ¿Con quién lo pasás? es la pregunta con que se atosigan los unos a los otros. Se asume desde el vamos que no hay mucho para celebrar: las fiestas son un trámite, hay que pasarlo. Siempre tengo alguna oferta, por suerte. Antes decía que sí y me sumaba a la mesa de alguna familia. En cada casa me sentí como en la mía: como el orto. Siempre hay una o más inquinas que más temprano que tarde se apoderan de la reunión. Pavadas. Cuando hay ganas, se discute por el punto justo de la molleja. Pero there are more things.
Siempre la pelea es por alguna otra cosa. Entre parejas, siempre se reprocha alguna infidelidad: en potencia o en acto, vigente o pretérita, concreta o abstracta. Entre padres e hijos es más de lo de siempre. No importa que los hijos sean ejemplares de mediana edad. Todos deberían de haberse casado con una farmacéutica. O haber aprendido más habilidades manuales. El reproche está al caer. En las relaciones de segundo o tercer grado (yernos, cuñados) los reproches son oblicuos, deportivos. Delicias que aprendimos de la guerra fría. Con los demás, la actitud oscila entre lo distante y lo inquisidor. Nunca se está cómodo. No hace falta alcohol ni el huracán calórico del menú. En todo caso el alcohol y el menú, con su ingesta, no hacen otra cosa que potenciar las bombas que se sientan a la mesa.
Mejor solo.
Pero de vez en cuando, quiero decir acá y ahora, hay una cierta cosquilla. Será que el calendario amontonó esta vez cuatro días completamente inhábiles para navidad, otro tanto para año nuevo, con tres días puente de trabajo, donde se trabaja menos que a media máquina, menos por decisión conjunta que por voluntad de cada uno de los engranajes que ponen a andar esta maquinita.
Entonces uno dice pucha o, más apropiadamente, putamadre, o putaqueloparió, qué buena oportunidad tirada a los perros, esta, que a lo toma a uno sin festejada, sin viaje, sin regalos, sin apuros, como si fuera un perro de la calle, que comerá más esta vez porque todos lo hacen a su alrededor, no porque tenga algún sentido hacerlo. Pucha. Puta. Putamadre. Putaqueloparió.
Y el reproche, esta vez propio, por propio inapelable, cae para estas fechas, que para colmo de males coinciden con la nueva era de los mayas (dice un amigo ‘es un cambio, pero la era dura cinco mil años, nada va a cambiar de un día para otro), que es decir que fue abortada la amenaza del fin del mundo que tanta ilusión nos había hecho a los que cargamos encima tantas deudas. En fin, que no se acabó nada y estamos solos, cavilando, pensando a plazos, ¿qué haremos el fin de año que viene? Ya estuvo bueno, ¿no? Y cosas así, dichas de buen modo pero que suponen un codacito de esos que se dan las parejas entradas en años. Llamados de atención que dicen mucho más de lo que su literalidad denota.
Salgo a la calle. Dos cuadras, cuesta abajo por la Sarmiento. Ahora sí que se largó. Siento las piedras contra mi cara y el agua chorreándome por los pantalones. Al carajo los planes de comprarme nada. Es un bochorno andar así por la calle después de guarecerse, con desespero, debajo de unos árboles, como si uno fuese un perro desamparado.
En fin, 2012 no estuvo mal, pero en verdad me duelen un poco las mandíbulas de tanto apretar los dientes.
Que estemos todos bien.

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1 comentario en “I’m happy, hope you’re happy too”

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