Corazón de lata, la boca abierta

Vamos por el absurdo.
Hace unos días, en el supermercado, encontré dos remeras que más o menos me gustaban, cien pesos cada una, y decidí qué más da y las compré. Antes, mucho antes, cuando el invierno de a poco empezó a hacer sus maletas, me abandonaron, como a cualquier hombre descuidado, las camisas, pobrecitas ellas, que piden, además del riguroso lavado, que las planchen, no mucho, suelen decir entre dientes, por donde ve la suegra nomás, como si eso fuera posible, como si fuera sencillo componer en las mangas una raya presentable. Qué va. Mi madre, mi madre que es santa y espera, ella sí podía dibujar rayas perfectas en las mangas. Dos minutos para cada camisa y a otra cosa. A otra camisa. Pero uno, quiero decir estas manos tan torpes, qué es valido pedirles, qué es válido pedirles sin dejarlas en el borde mismo del ridículo.
Dos chombas, en realidad, que a pesar de lo informal tienen ganada una cierta reputación. No hay abogado que no las use en sábado, suéter al cuello y pantalón de corderoy. Lacoste. Dicen, de Lacoste, que ofrece garantía de por vida. No lo sé. Nunca me han sobrado los morlacos como para comprarme algo de esa marca. Tampoco soy abogado. A mis dieciocho no me dio el cuero para serlo. Ahora, que no antes, cuando debí decidir, sé que no tengo sangre de pato, lo que me hubiese condenado a reptar en los pasillos tribunalicios con un par de sacos desaliñados, como le ocurre a cualquier abogaducho que está peleado con eso que otros, la mayoría, llaman éxito.
Pero no iba a dejar las cosas así. También me compré una tercera chomba, una chomba de cuarenta pesos, que al cambio del día es más o menos el precio de una botella de vino de calidad decente, un Marianne, un Finca Flichman misterio. Un par de horas de la vida. Un par de horas gratas de la vida. Las otras eran lisas, negras, porque a contramano de lo que indican los calores, he decidido vestirme como un cieguito. Y el negro va siempre. Va con todo. Y como decía un tipo, navaja en mano: no hay que despreciar una solución sólo porque a primera vista luzca sencilla. Estamos enfermos de complicaciones inútiles. La alimentación, por ejemplo.
Un auto consume nafta o gasoil. De vez en cuando se le cambia el aceite, un acción higiénica; de vez en cuando, los neumáticos, que sería como comprarse zapatos. Pero lo principal: come una sola cosa. A veces más, a veces menos, pero siempre lo mismo. Los hombres estamos condenados a llevar una dieta equilibrada. Si de mí dependiera viviría a pizza, vino, chocolate, té y queso azul, pero en mi despensa tengo leche, arvejas, polenta, arroz y de vez en cuando me hago invitar a cenar bajo el pretexto de comer un pedacito de carne a la parrilla.
Y una chomba rayada. También negra, cómo no, pero con listones blancos, de cuarenta pesos. La usé un viernes a pesar del espejo: las rayas horizontales no son gratas a los hombres de mediana edad. A la altura del abdomen se dibuja la curva de un globo terráqueo y uno echa en falta la numeración que diga cuál de todos es el paralelo 42 pero se le antoja que bien podría ser el más cercano al ombligo, quizá para cantarle a su indiferencia aquella canción que tenía letra de campaña de colonización: para enamorarse bien hay que…
Y no le fue mal. Pasó desapercibida en la mar de chombas rayadas que pueblan el universo de la administración de la cosa pública de un viernes. Pero no soportó el lavado. Una de las rayas demarcatorias de los paralelos, el trópico de capricornio, tuvo por cría un pomponcito blanco, que sólo fui capaz de advertir cuando la tenía puesta y corrían los minutos decisivos para treparme al colectivo que me lleva al trabajo.
Tomé la tijera con la que suelo cortarme el centímetro cuadrado que tengo por barba (que tengo por recomendación femenina, porque no hago otra cosa que atender al consejo de ellas) y quise intervenir el pomponcito y terminé por completar un desastre. Hay tareas delicadas que uno no debería emprender antes de las siete de la mañana. Chau chomba nueva.
Ese día me había despertado llorando. A veces nos tocan sueños crueles pero no tenía registro de haber llorado en sueños alguna vez. La historia del sueño, como suele ocurrir, tenía anclaje en la realidad, pero esta vez su dimensión resultaba de tan hondo dramatismo que al narrador no le vino a la pluma mejor solución que dejarme a la intemperie, llorando.
Todas las cosas se rompen. Todo se gasta. Todo envejece pero a una velocidad superior a la de nuestro propio volvernos viejos. Por eso hay una industria de la nostalgia. Crecer es tener un baúl lleno de porquerías que alguna vez sirvieron y hoy son obsoletas. De amores que ya no se pueden reparar. Que no hacen más que juntar mugre y convocar la mirada curiosa de los feriados.
La casa se va llenando de problemas de electricidad y plomería. A la cocina se le pierde la perilla de una hornalla y a sus espaldas crece, vigoroso, un amazonas, de fideos cinta, papeles a medio quemar y aceitunas llenas de tierra. Se gasta la pintura y una moneda se adhirió a las baldosas con una ferocidad digna de una causa más noble. Pero cuando de la canilla comenzó a emerger un chorro de facto, cada vez mayor, creí que estaba en vísperas del fin. ¿Sería culpa del famoso cuerito que sólo puede cambiar mano ajena y experta?
La solución no era tan compleja, he de admitirlo no sin un dejo de hastío: justo antes de su boca, su boca que es tuya y mía, la canilla tiene un anillo que, por su propio trabajo, estaba aflojándose y dejaba una luz por la que se escapa un poco de agua, que la presión dirigía hacia arriba, hacia la manija y, ley de gravedad mediante, caía con furia desbocada sobre el cuerpo mismo de la canilla. Y había otro chorro, más bien chorrito, postrero, que esperaba que la mano cierre la llave de paso y sólo chocaba contra la pared blanca de la pileta cuando yo alejaba mi vista, un chorro traicionero, que me ofuscaba grandemente porque no hay cosa peor que los objetos que se rebelan a la voluntad del amo. Una rebelión más y se darían las condiciones fácticas para que yo perdiese mi condición de amo a manos de una canilla, la puta madre.
Había que ajustar la rosca del anillo. Tan simple como eso. Cuando lo hice me embargó tal satisfacción que me metí en el sobre sin comer. Es hora de cambiar el colchón. Hace años que me lo digo. Estos dolores lumbares no son casuales. Hay un elemento de stress, eso es indudable, pero si cada vez que suena el despertador tengo que dar brazadas hasta llegar a tierra firme es señal de que el que-te-dije cumplió su cometido y ya no quiere hacerlo más.
Me lo prestó un amigo hace muchos años. Yo tenía una noviecita que estudiaba comunicación social y el colchoncito de mandato cumplido hubiese sido causal de ruptura inmediata. Con el préstamo, no por mucho tiempo, salvé la ropa. Ella pronto se cansó de mí y el colchón dejó de tener importancia. Mi amigo dejó de serlo pero yo conservaba, como un recuerdo, el colchón. El mundo dio varias vueltas completas, yo supe de pesadillas, sueños eróticos, mujeres de más largo aliento y el colchón siguió ahí, dándole letra al tipo que escribe mis sueños, sueños en los que cada vez más sufro por la espalda.
Soñaba que en casa las cosas se rompían. Una detrás de otra. A una velocidad muy superior a la mía de darme cuenta, de meter mano, de reunir dinero y cambiarlas por otras cosas. Soñaba que mi casa toda era el baúl de las cosas muertas, el museo de la obsolescencia programada. En eso, de un agujero de la pared, de un agujero nacido de su propio impulso, surgía un miserable chorrito de agua. Yo, por toda respuesta, me daba al llanto. Algo de mí, ajeno, pronunciaba el reproche: las lágrimas van a mezclarse con el agua de la inundación, flaco favor.
Sonó el despertador. Di las brazadas de rigor hasta soltarme del abrazo del colchón. Me calcé las pantuflas. Puse agua para el mate y me felicité: resultaba muy oportuno volver a tomar mate. Era culpa de ella que me gustase tanto el té y su ceremonia. Lavar la taza con agua tibia, sin detergente. No secarla. Meter el corazón de lata con la boca abierta del al frasco. Recoger la medida justa de hebras. Cerrar la boca del corazón de lata. Echarlo a la taza. Dejar que el agua hirviendo caiga suavemente sobre el corazón. Reposar.
Sin embargo, llegado el momento de ajustar las últimas cuentas, ella me lo había dicho con palabras muy parecidas a estas: ¿te das cuenta? nunca tomamos un matecito. Me irrité. Nunca el mate había tenido para mí la menor importancia. ¿Por qué precisamente en esa hora, cuando todo se nos antoja camposanto para el econo, con tantas cosas para echarme en cara, sacaba a relucir el problema del mate? Y no dijo mate sino matecito. Justo ella, que entre round y round, ni bien recuperábamos el aire y el habla, proponía ¿un té? Y por toda respuesta se encontraba con mi cara sonriente y el gesto de buscar a un costado de la cama el calzoncillo, que era el modo que yo tenía para decir sí, estuvo bien, necesito un empujón para hacerlo mejor la próxima vez. Y porque no es de buen gusto pasearse con la huella del amor a cielo abierto cuando uno se apresta a tomar una taza de té.
Pero todos los mates que me he comprado en el último tiempo, calabazas, se me han partido en el proceso del curado. Perdido por perdido, compré uno de vidrio. De vidrio rojo con pie de metal. Podría ser un mate cojudo pero es un objeto de decoración en el que ahora tomo mate. El gusto no es el mismo. No sabe a vidrio sólo porque el vidrio no tiene sabor. Pero no sabe a madera y eso es pecado.
Falta poco para las siete. Apisono lo que tengo por cabello con gel. Efecto húmedo. Me calzo la flamante chomba negra a rayas que hacen de mi abdomen un globo terráqueo con indicación de los paralelos en línea blanca. Hay un pomponcito que no la semana pasada.
Chau. Dos remeras, doscientos cuarenta pesos. No está tan mal.

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1 comentario en “Corazón de lata, la boca abierta”

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