Diario

Sarmiento, invierno de 2007

MIÉRCOLES
Ah, dónde habrá quedado el Mayer existencialista, se pregunta alguien. Bueno, no esperará que le responda. O sí, mejor voy a responder al interrogante, no del modo concluyente que se supone debe tener una respuesta a una pregunta bien concreta sino, más afín a mi estilo, yéndome por las ramas.
Entonces, ramas, allá voy.
La última vez que me dijeron existencialista, y de esto hace ya varios años, varios y qué años, los mejores y peores de mi vida, los más intensos, fue un reproche, un reproche por una voz femenina pronunciado, y no fue existencialista lo que me dijo, o al menos no a secas: existencialista de mierda, eso me dijo. Ella era grande, mucho mayor que yo, y no teníamos casi ningún punto en común. Todo lo que ella tenía de versada, yo lo tenía (lo sigo teniendo) de ignorante. Pueden sospechar lo interesantes que pueden resultar las charlas con una mina que lo llama a uno Michel, no por Peyronel, no por Platini, sino por el pelado Foucault.
Sí, vengo perdiendo mi pelea contra la calvicie y estimo que, llegado el caso, borraré de mi cabeza toda marca de haber tenido pelo alguna vez. Ya lo saben: siempre tuve pelo, desde bebé, aunque en esa época era nada más una pelusa, algo que mi madre dio en llamar piel de durazno, lo mismo en las orejas, en las mejillas, si hasta en casa atesoran un cuadro (en esa época escaseaban las fotos) con mi imagen, una imagen intervenida (mucho antes del photoshop) a manos del artista autor, que dejó su marca con un gorrito amarillo. Qué detalle: todos pensaban que el cuadro sería más bonito si el bebé pelado tenía la cabeza cubierta con un gorro amarillo.
Nadie me consultó a mí. Menos mal. Ahora me las ingenio para encontrarle una palabra a cada cosa. Antes, se los juro, yo decía cosas como ajojó, gugú, tata y no pluscuamperfecto, metempsicosis o desoxiribonucleico. A mí modo era más certero. Con el tiempo, es obvio, aprendí muchas más palabras, pero no ganado más que en confusión, pero ese en verdad no es mi problema; el problema es que la gente quiere entender. No saben qué mierda, pero algo quieren entender. No cuenten conmigo, dimito redondamente. Anoten mi saldo y cobrénselo a Magoya.
No era linda. Tenía cara de gata, el gesto felino, y se vestía como si fuera linda, como si fuera joven, como si en verdad todos sus alumnos no quisieran otra cosa que acostarse con ella. No era mi caso, yo no era su alumno, pero tampoco se me ocurría razón alguna para tener esperanzas de conquistar a una mujer que me doblaba en edad. No las había, no las hay al día de la fecha, de modo que me limité a ser yo, que es lo que todo el mundo debería hacer, especialmente cuando ha perdido el rumbo. Gugú, tata, ajojó, así todo es más claro.
Señora, le juro por lo que más quiera que no tengo la menor intención de cogerla. Cuente con mi buena voluntad. Enséñeme Foucault, nadie lo entiende pero los que lo entienden dice que el pelado es un fenómeno. Déjeme averiguar si es para tanto.
No pude haber escogido peor camino. La mina se enamoró y yo qué culpa tuve, la puta madre, si querés es porque querés y si dejás de querer es por eso mismo. Siempre hay un problema y estos sí que son problemas, che, que la mina plantee la intrusión como si tal cosa.
Un fracaso, sí.
Hablando de eso, quizá mañana les charle un poco sobre Fitzgerald, que sigo leyendo.

JUEVES
A veces me olvido de algunas cosas. Lo hago con naturalidad. Tengo la vaga sensación de que no hay modo de educarme en algunas cosas.
Siempre me siento lejos de casa. Viviendo de prestado. Incluso en el mejor de los mundos.
Tomo el cuarto que me toca en suerte, el 16, y me doy cuenta de que hace nada, un año, la mitad de un año, estaba tomando el cuarto 15. Estuve cinco semanas ahí, despertándome con los vidrios empañados, despertándome con el olor a pan recién horneado, despertándome por la gentileza de un reloj que, en casa o fuera de ella, hace más o menos bien su trabajo.
El cuarto 16 debe parecerse mucho al 15. Debería. Pero yo meto la mano y tanteo en la pared un buen rato antes de dar con el interruptor. No soy hombre de mundo. He olvidado mi estatura, la lógica de los interruptores vecinos a cada puerta. He tenido miedo a la oscuridad y no he dado un solo paso antes de acertar la posición del interruptor.
El cuarto 16 tiene un detalle que mejora al 15. No es gran cosa, pero un veladorcito que responda a los mandos naturales siempre se agradece. Ahora alumbra las páginas de El último magnate de Fitzgerald. Quizá mañana termine de leerlo.
Por una vez cabe eso que tanto esgrimen los reseñistas perezosos: Scott se muestra en su mejor forma. Quiero decir: hasta ahora creí o intuí p me convencí de que el tipo tenía una gran novela al alcance de la mano. Le faltaba exploración. Cometía ese pecado amigo de los jóvenes que es el arrebato. Su mejor forma, entonces, vale lo que una forma encontrada.

VIERNES
Las ponderaciones. Saber qué tan caliente es el agua caliente.
Las constataciones. Hace demasiado frío afuera como para que el agua fría sea sólo agua fría.
Hay todo ese ejercicio tortuoso de encontrar el punto preciso para el baño reparador.
Y el tiempo. Flotando detrás. ¿Cuánto dura el agua caliente? ¿No me dejará a pie perfectamente enjabonado?
Termino con Scott. Es amargo leer aquello de “hasta aquí llega el manuscrito”, pero todo acaba en pantano ni bien uno empieza a hurgar en la novela planeada, en la descripción de los personajes, del ambiente, las frases sueltas que el autor no pudo acomodar a gusto. Es la vaga sensación de meterse uno donde no le corresponde: ¡un antro similar a la cocina de un restaurante cinco tenedores! Presumo que esa lectura no enriquece ni mucho menos, al contrario. A mí me asalta la duda sobre si la novela habida no es muy superior a la novela ideada. Se me dirá nadie sabe bien qué es lo que hubiera escrito Fitzgerald si hubiese continuado rumiando su texto. Es cierto, tan cierto como que pudo escapársele de las manos. Hay otro libro de él que me gusta mucho y esta vez sí por su cocina más que por la obra en sí y es Historias de Pat Hobby. Ese librito tiene un voluminoso prólogo del editor que trabajó con las primeras versiones de todos los textos recopilados. El tipo da cuenta de las innúmeras correcciones que hacía Fitzgerald. Yo he llegado a odiar ese escrúpulo. Lo hago a la luz de un resultado, en esa ocasión y en términos puramente estéticos, más bien magro. Eran textos para ganarse el puchero, textos con hambre. Eso los hace feos incluso en su maravilla. El último magnate, en cambio, huele a novela definitiva. Me restaría ver qué tanto metió mano el editor pero, con el agua del río a las rodillas, ya me importa poco, casi nada.

LUNES
La puja es la misma. La forma, el fondo, esos lugares demasiado transitados.
Hace un rato charlaba con un amigo. El ha escogido vivir en otro país, o al menos eso es lo que siempre entendí, un país, un mundo en sí, tan diverso de este que nos toca a diario, digo yo, que acaso viva en un país diferente al de ustedes, todos los que leen.
Le preguntaba por el idioma. Cómo es que hace para no perderlo. Sé que el chat nos engaña, que hablamos con tan pocas palabras que de un modo o de otro siempre acabamos por entendernos, pero él suena convincente. Leo mucho en castellano, me cuenta y yo le creo, pero desconfío del idioma que habita en los libros. A veces es la foto de un tiempo perdido, a veces la mano mágica del autor, pero rara vez lo distintivo es captar el registro hablado. No hay manera. La gente habla en su propia lengua y no existe manera cierta de meterse en ella. La foto sale movida.
Recuerdo a papá. Un día me contó que se había pasado un buen rato detrás de la puerta de mi cuarto, al solo efecto de escuchar de qué hablábamos con mi amigo el gallego. Presumo que lo movía cierta desconfianza hábilmente devenida en curiosidad y que sólo me lo contó ya no por el hecho de haber dado muerte a esa desconfianza sino porque, llanamente, no había entendido nada. Eso es lo que me dijo: no entendí nada.
Me imagino que no era nada de otro mundo. Por un lado la jerga propia de los adolescentes en flor y por otro lado una gama de intereses bien distinta que la suya. Si lo nuestro era el continuo movimiento, el estar al tanto de las últimas, lo de él más bien era la conservación de una lengua que le había sido dada hace muchos años.
No seas chambón, Jorgito, me dijo hace unos años un compañero de trabajo. Te mandaste en cana con la edad, le dije, desplazando el foco de atención desde mi chambonada a la voz arcaica con la que se me afrentaba. Chambón sigue estando en el idioma de papá. Yo mismo sigo siendo un chambón por más que él tenga los dedos el doble de grueso que los míos.
La forma lo es todo, dije en la misma charla con mi amigo, un rato después, cuando él pretendía convencerme de algunos autores y yo a él de otros. La forma es la lengua. La lengua se aprende.
O se desaprende: como el gallego, que ha perdido su lengua madre y, sin embargo, no se ha subido del todo a la adoptiva, sin por ello perder su acento característico. A eso llamo yo tener estilo.

MARTES
Acabo de darme cuenta: la panadería de la esquina tiene una chimenea y la chimenea tiene salida a escasos tres o cuatro metros de las ventanas de los cuatros 15 y 16. Es humo, sí, pero es humo con olor a pan. Ese olor me despierta a las mañanas. En realidad no sólo ese olor. Hay determinadas ayudas de las que ya no puedo prescindir: el mismo despertador celeste que compré en el 2002, cinco pesos sin pila, seis pesos con pila, me dijo la cajera del todo por dos pesos y yo aproveché para comprarme también una pavita. Volvía a vivir solo. Pensé que para una vida normal serían de mucha ayuda un despertador y una pava. La austeridad suele hacernos tan sabios. La persiana levantada, que en sí es una manía que tengo no sé desde cuándo. Supe de una chica que no podía dormir sola si no era con la luz prendida. Yo soy un poco así. Yo me he puesto un poco así, el tiempo, las heridas, supongo, las pesadillas. Hay un foco del alumbrado público que me pega de lleno en la nariz. Es invierno. En primavera, en verano, será el sol el que se encargue de todo. Y, último pero no menos importante, la esquina. Mi ubicación es estratégica. Mi ventana está a unos veinte metros del punto justo en que el pavimento le deja lugar a la piedra en gastados tonos azules y grises, que rellena las callecitas menos céntricas. Entonces, cada auto que pasa, y suerte que no son tantos, es un sacudón, una mordedura. Así duermo mejor.

MIÉRCOLES
Si tuviera que pasar un año entero acá o, no sé, por ahí seis meses, con tal de que fueran lo bastante fríos y yo no tenga demasiado qué hacer, me aburra en el trabajo por las mañanas y a las tardes dé lo que mis viejos dirían la vuelta del perro, siempre la misma, tres o cuatro cuadras, de memoria sabidos los pozos, los montículos de arena, el resto congelado de la pérdida de una cañería que reventó, no sé lo que sería de mí. A lo mejor me enamoraría de la primera con que me topase por la calle, no estoy seguro.
Es posible que indagase en los elementos que me resultan más cercanos: la chica que limpia mi habitación, discretamente linda, creo que podría enamorarme hoy mismo si estuviera resuelto a hacerlo, lástima los críos que corretean a su alrededor y el vacío que le ha dejado en su vida la falta de un macho; no es que lo sepa, no es que alguien me lo haya contado, es lo que olfateo, lo que veo cada día cuando llego con mi bolsito al hombro y ella me dice hola, buenos días, y no sé si buenos pero algo mejores resultan los días cuando me saluda. No, decididamente no, no me gusta. Un día, casi sin darme cuenta, le oí decir algo que me dejó pasmado: yo necesito alguien que me contenga. No presté atención así que no sé a quién se lo decía. Yo no hacía otra cosa que imaginarme las habilidades que podría tener ese culo. De golpe ella, su frase, los ojos del vacío. Me sentí mala persona. Tuve ganas de salir corriendo. Quizá quise decir buenas tardes y salió por mi boca un hilo de arena. Me hacía falta.
O mi coachee, quién sabe. No es linda, ni mucho menos. De a ratos la veo y me parece armoniosa, pero sé que sólo se trata de una ilusión óptica. No lo es. Tiene bonita voz, eso es rigurosamente cierto. Uno puede oírla en el teléfono y sin solución de continuidad evocarla toda en algodón. Lástima que a mí no me gusten las mujeres así. Casi me indigno cuando paso mucho rato con una que no se permita decir una palabrota. Es demasiado correcta, siempre todo en su lugar. Se viste de modo sencillo pero a mí se me ocurre descuidada. Por eso cada vez que me siento a enseñarle alguna cosa (ella no sabe casi nada), suelo detenerme bruscamente. Puteo, digo que me equivoco, que esto no es lo mío, que en verdad estoy aburrido, grito, le cuestiono la caligrafía, que se mande sin preguntar, que me pregunte, que espere respuesta.
A veces pienso que es cuestión de tiempo.
Hace poco me senté frente a Proust. Lo hice con toda decisión. Quería reírme de mí, de ese que el año pasado (o el anteaño), con la misma excusa, no pudo pasar de la página 2. Y pude haberme reído, pero no soy tan modesto. Llegué hasta la página 8 y con muchísimo esfuerzo. Quise revancha. Tomé a Céline. En la mitad de tiempo invertido en Proust ya andaba por la página cuarentaytantas.
Será cuestión de tiempo, laputamadre.
En eso se me va la vida de acá: pensando cuánto es lo que puedo tardar en flaquear. Podría demandar varias semanas o unas pocas. Eso depende del frío, de mi estado de salud, de los libros que me acompañen. Sólo que algunas semanas, como todos sabrán, son más largas que otras.

VIERNES
Estoy más viejo que la última vez. Es un hecho.
En el súper ya me conocen. La vida de hotel me obliga a la visita cotidiana. Compro más o menos lo mismo. La tortilla de papas, por ejemplo, es casi tan buena como la de mi madre. La cerveza, la oficial, la única que ponen en la heladera. Empanadas, pongamos, que no producen mucha mugre.
El súper tiene sólo tres cajas. Me quedó una mala impresión de un tiempo en el que vine y salía gente de todas partes. El trámite demandaba cada vez más tiempo. No era raro estarme media hora haciendo cola, mirando en detalle muchas cosas que no habría de comprar. Betún, por ejemplo, en todas sus formas y colores. Perchas. Toda clase de chocolates, caramelos.
Ahora cada cajera se tapa la espalda con un chaleco polar. Lo demás es igual: el pantaloncito azul, la chomba blanca y el bucito también azul. Todas son simpáticas. Soportan con una sonrisa a los clientes más molestos. Lo que hace una moneda de más en el bolsillo: quién más, quién menos, todos se sienten llamados a ser dueños, jefes, o al menos a llevarse todo por delante, y ellas ahí, sin otra defensa que no sea la sonrisa.
Sólo por ese detalle reparé una vez en la cajera más pendejita. Tendrá veinte años, veintidós. Anda a cara lavada, apenas se peina, el pantalón le queda algo holgado y es corta de palabras, pero le queda la sonrisa y es bastante. Quiero decir: por lo demás, da muy seriota, casi como si se esmerara en hacer de sus labios una trompa, pero es obvio que ella no es dueña de esa trompa porque le basta una pequeña broma como para hacer añicos la trompa y devolver la grata mueca de sumisión, de protocolo, vaya uno a saber.
Pago con débito. La máquina tarda mucho en procesar. ¿Necesita el otro ticket, señor?, sí, le digo yo, que en realidad no lo necesito ni soy tan paranoico como para pensar que ese ticket en manos del enemigo pueda causarme algún estrago. Ah, pensé que estaba apurado, dijo ella. Hay gestos que me mandan en cana siempre. Nunca quiero estar mucho entre la gente. También, le dije. Ah, qué bueno, dijo ella, que no es muy ducha para responder.
Casi le dejo el ticket. Así, de paso, se enteraba. El ticket no importa nada. Igual, apenas salí, antes de comprar el diario, lo tiré en la calle. Sobre un charco. Congelado.

DOMINGO
Hizo frío casi todo el día. Como casi todos los otros días, pero hasta ayer no hubo una pizca de viento. Las nubes eran más azules que el cielo. Diez menos diez empezaron las campanadas de la iglesia. Es una campana, no una grabación, pero no muestra mayor eficacia a la hora de convocar feligreses. Un buen rato estuve ahí, pendiente de la eventual gente que iba y venía, pero nada, no andaban ni los perros. Hice dos cuadras y dos más hasta dar con el primer ser viviente con rasgos típicos de humanidad. Los domingos, por lo visto, nada de nada en el pueblo. Por un momento tuve ganas de llamar a todas las puertas, de vocear como si vendiera el diario o de gritar cualquier cosa sin el menor sentido, en plena plaza, pero también tuve miedo de que el viento se llevara mis golpes en la puerta, mis gritos sin sentido, y que todo fuese a parar vaya a saber dónde.

LUNES
Rosario de lamentos. Por qué a mí, por qué siempre yo. Es injusto el papel de mesías que me han asignado. Hay demasiados reclamos por atender. No puede ser que uno tenga que abocarse a solucionar meses y meses de desidia. Si fuera martes sería lo mismo, pienso, pero en una de esas las horas hábiles administrativas operan una suerte de anestesia, a resultas de lo que, si es jueves, pongamos, jueves pasando el mediodía, ya nada importa demasiado. Esto, si bien se mira, es el resultado de esa sucesión de nomimportas. Haría falta un baño diario para quitarse de encima esa cáscara y quizá no alcance. Pero el gesto, pienso, vale. Primero el simulacro. Después, acaso, todo tomará para sí algún sentido.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s