Catequesis familiar

Antes, mucho antes de que a mí me creciera la primera barba y forzara a papá a que me enseñase los secretos de la buena afeitada, las grandes cosas de la vida sucedían en la iglesia. O estaban relacionadas con ella. Eramos lo que se dice una familia militante. Papá, allende sus pagos, trabajó para el obispado. Yo nunca hubiera creído eso. Pensé que apenas había sido un muchacho de la Acción Católica, que no sé por qué siempre se me antojó buen lugar para levantar minitas. Total, estando ahí uno ya tiene quién dé fe pública de lo buena persona que es. Lo demás, como en el resto de la vida, ya corre por cuenta del levantante. No lo creía pero hace poco me he quedado sin asunto: a poco de iniciar su trámite jubilatorio, comprobamos que todas y cada una de las empresas piratas para las que papá trabajó habían ingresado las cargas sociales, todas menos una. Y no, no voy a nombrarla.
Papá me enseñó los secretos de una buena afeitada algún domingo de agosto. Estábamos por ir a misa y la pelambre negra que tenía encima de mi boca era poco presentable. Por esos tiempos yo me cortaba la pelusa con una tijera. Ha de ser sugestión, o engaño nacido en el recuerdo, pero ese pibe de trece años tenía una barba mucho más tupida que este viejo de más de treinta. En ayunas, siempre en ayunas, Jorgito, así no te cortás, decía papá. Nunca supe que tendría que ver una cosa con la otra. Es más: nunca le llevé el apunte y, como cualquier hombre, una de cada cinco veces me corto. Me corto y no le doy importancia. O no me doy cuenta. Y salgo a la calle. Y por alguna extraña razón que escapa a mis conocimientos, mi sangre, la sangre que corresponde a las veces que me corto mientras me afeito, tarda en salir. Entonces estoy en el kiosco, en clases, o en el trabajo mismo y noto que la gente me mira y se sonríe. Sólo ahí empiezo a verificar la afeitada. Como no tengo espejo, lo hago al tacto. No resulta raro encontrar algún pelito demasiado largo que ha plantado bandera en esa zona limítrofe que uno desearía no afeitar. O siento que las patillas son tierra de nadie. Hay un pelo acá y un pinche allá. Pero a mí eso no me aflige. Al menos no tanto como encontrar esa mota de sangre seca a un costado de la boca. Esa mota suele ser más bien gruesa y cagarse en la ley de gravedad, tanto que a menudo toma una forma prominente digna de celebrarse. Claro que también al tacto uno termina por barrer la prominencia. La sangre vuelve a manar. Un asco. Imagínense que uno está en el kiosco, en clases, en el trabajo, y de pronto aparece un tipo que se lleva la mano a la cara hasta sacarse un hilo de sangre por poca que sea. No es una cuestión de cantidad. La sangre, como el resto de los fluidos de nuestro cuerpo, no goza de buena reputación. Si uno ha de flagelarse, es mejor que lo haga en privado. Es lo mismo que sacarse los mocos. O hacer pis. O incluso peor porque ahora se han puesto de moda unas ciertas enfermedades que agravaron el mal concepto que ya tenía la sangre. Pero todo eso se areglaría, según mi padre, si yo me afeitase en ayunas. Lo que pasa es que yo nunca le di mucha bola lo que me dijo mi padre. Así me va, podría decir él si es que me oyera decir esto.
A mi hermano menor no le importa afeitarse o dejar de hacerlo. Total, que él tiene cinco o seis pirinchas, para colmo dispersas. Presiento que papá nunca le dijo que es mejor hacerlo en ayunas. El no necesita que lo guíen con mano de hierro, nunca como yo. Al contrario, él, crecido y todo, era un ferviente religioso que participaba de muchas actividades en la parroquia. Para levantarse minas, diría, con justa razón, un desprevenido. Un día de estos, se apareció por lo de mi padre, y a propósito de pedirle un favor, porque ellos viven del favor ajeno, el cura del pueblo. Así, como quien no quiere la cosa, puso en autos a mi padre de una situación incómoda. Mi hermano le andaba arrastrando el ala a una catequista. Mucho mayor que él, por supuesto. Nunca tuve la suficiente intimidad con él como para preguntarle y saber la verdad de los hechos, así que he tenido que conformarme con la versión que me dio mi madre, que no se aparta de esto que vengo diciendo. El tipo le tenía ganas a la catequista. La catequista era más grande que él, que es poco más que un niño con cinco o seis pirinchas por toda barba. Papá reclamó, por supuesto, las explicaciones de rigor. Mi hermano lo paró en seco: ni él, ni el cura ni el comisario tenían ningún derecho a meterse con su vida privada.
Así fue como abandonó la fe.
¿Y por qué mi hermano habría de enamorarse una mujer mayor? No lo sé. Podría esbozar alguna teoría, y creo que de hecho voy a hacerlo, pero a poco transitar, digamos a la altura del tercer renglón, me doy cuenta de que la catequista no podía ser muy mayor. Las catequistas suelen ser jóvenes. Duran en la iglesia lo que tarda un hombre en llenarles la panza de huesos. En general, y como vienen las cosas, si tienen un trabajo, se aferran fuertemente a él. De lo contrario pasan a engrosar la lista de beneficiarios de un plan de asistencia social. Según entiendo, a mayor cantidad de hijos se incrementa la asistencia, entonces no es del todo asombroso que se hable de la tarea de tener hijos como “hacer salario”. Si tienen mucha suerte y el hombre no las abandona, como es de estilo, se van a vivir juntos. La iglesia no soporta eso. Es vivir en pecado. Muy rara vez se casan. Pero en cualquier caso, dejan la catequesis para convertirse en madres.
Debería decir que los hombres sólo se enamoran de mujeres, que las niñas, en el mejor de los casos, sólo son útiles para jugar, pero eso es apenas una intuición. No podría aseverarlo. En primer lugar, porque debería decir algo temerario y en cierto modo lo estoy diciendo: es a partir de cierta edad que los pequeños hombres quedan interdictos para todo lo que sea juego. Ahí se enamoran. El primer amor marca para siempre, hiere de muerte. La pérdida de esa capacidad, la conciencia de esa amputación, los hace tristes. Pero mi hermano no es un tipo triste y yo no sé qué es el amor y mucho menos qué es enamorarse. Imbuido de mi fe palabresca confieso que me aterroriza el amor en tanto palabra. ¿Qué tan grande es el amor que para hacerlo verbo hay que meterse dentro de él?
Yo sí soy un tipo triste. Yo no conozco a mi hermano.

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1 comentario en “Catequesis familiar”

  1. Podría decir muchas cosas sobre lo movilizante de este posteo, pero son demasiado privadas esas sensaciones.
    Sólo diré que jamás me enamoré de un hombre sin barba. Y creo, sólo me enamoré una vez. Tal vez dos. No sé.

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