La base de la fortuna

Es posible que la historia no se ajuste a la realidad, y eso en el caso de que podamos llamar realidad a lo que sé por andar escuchando en las conversaciones ajenas, pero pongamos que escuché lo que escuché y que lo escuchado se corresponde con la pura verdad.
A Violeta le inculcaron desde pequeña la vocación del ahorro. Le dijeron que si guardaba a las monedas todas juntitas en una alcancía, las monedas por arte de magia por la noche se hacían más y más, y entonces, mañana o pasado o el día en que le dieran ganas, podría comprar caramelos más grandes e incluso más caramelos o, si le ponía en la alcancía también un poco de paciencia (y eso ya veríamos más adelante cómo es que se hace) algo más grande, una bicicleta.
Violeta fue una alumna muy aplicada, y yo creo según escucho, que aprendió a contar más rápido que los otros chicos de su grado, porque quería saber cuánto tenía en la alcancía, a ver si ya podía comprarse un caramelo gigante con gusto a dulce de leche, o mejor muchos y muchos y muchos caramelos más chicos pero con gustos diferentes, para no aburrise nunca. O una bicicleta para ir a visitar a sus primitos que viven en Esquel y de paso convidarles de los caramelos que podría comprarse con el vuelto.
Lo malo fue que un día mamá hizo de tripas corazón y la llamó a la pequeña Violeta con un gesto que la pequeña Violeta no conocía. Pensó, porque a los chicos que se les mete desde temprano en la cabeza la idea del ahorro pronto les da por hacerse problemas por cosas que no han sucedido en realidad, que su mamá estaría enojada, vaya a saber por qué, si las notas siempre habían sido las mejores entre las posibles.
Nada de eso. Mamá tenía que pagar la boleta del gas y la plata que tenía en el monedero no le alcanzaba, por eso quería preguntarle a la pequeña Violeta si es que ella era tan buena como para prestarle la plata que guardaba en la alcancía hasta que papá cobrase. Violeta lo pensó un poco y no estaba convencida de soltar prenda. Después de todo, si mamá le daba las monedas de papá cuando cobrase, esas monedas no serían las mismas que ella le había prestado porque las monedas que ella iba a prestarle en realidad eran para pagar la boleta del gas. Pero como mamá insistió e incluso le dijo que no sólo le daría el importe del préstamo sino un poco más para pagar el favor, la pequeña Violeta accedió a regañadientes y se fue a su cuarto a llorar. No quería ver a su alcancía rota ni mucho menos a las monedas madres, que fueron las que ella metió por el agujerito con las chiquitas, que eran las hijitas que habían crecido por las noches, pero las escuchó rodar con el piso y se tapó la cabeza con la almohada.
Mamá nunca le devolvió el dinero prometido y la pequeña Violeta dice que ya no quiere más alcancía, que para eso mejor que tener las monedas es comprar caramelos y comerlos a la hora del recreo.

06.04.2006

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