La cuzquito

Otro día te cuento de la facultad. Ahora me viene a la mente mi primer trabajo en serio. Banco de la Nación Argentina. Quién diría.
Me tocaba hacer de todo, pero lo que yo prefería era operar como cajero delivery. Sí, a domicilio. Otros tiempos. Mirá lo que son las cosas. Mi cliente favorito era escritor. A lo mejor vos lo conocés. No como yo, claro, que le llevaba a la casa las papeletas para que firme, pero al menos de nombre. De leer alguno de sus libros. Ezequiel Martínez Estrada. Un auténtico genio el viejo, aunque ya para esa época estaba un poco gagá. Bah, no tanto como que estaba gagá, pero patinaba. Lo que sí, y eso hasta sus últimos momentos, te asombraba la lucidez que tenía para decirte un ensayito sobre cualquier asunto que le tires. Le llevabás algún artículo de La Nueva Provincia y ahí nomás el viejo te cantaba las cuarenta como si vos fueses, ponele, un periodista, alguien importante. Pero él era así con todo el mundo.
Lo malo, para variar, era la jefatura. Yo soy de la idea que a la mujer no hay que ponerla al frente de nada, salvo casos muy excepcionales. Una viuda que tiene que mantener a sus hijos, ponele. ¿No se estudia ahora en administración de recursos humanos? Ah, no, esas minas se convierten en leonas. Esas van a echar todo lo que tengan con tal de ganarse el sustento. Las demás, ah, querido, las demás son las demás.
Mi jefa era mujer. Una cuzquito, che, de esas cortitas, de voz muy aguda, que no sabés si te ladran o te hablan, pero el ladrido no es un ladrido de perro. Es de cuzco, ¿me entendés?. Vos le vas con cualquier asunto y ella se manda a morderte la botamanga. Uh, las que le habré aguantado.
Me acuerdo un fin de año, yo tenía mujer ya, planes, toda la cosa, y se me ocurrió la mala idea de tomarme el 30 de diciembre. ¿Viste que los bancos esa fecha ponen el cartel “cerrado por balance”? Bueno, minga cerrar. Ese día se trabaja más que el resto del año. Yo sabía cómo venía la mano, así que durante ésa semana tomé todos los recaudos del caso. Finiquité mi parte, y la que no se la encargué a un compañero, una gauchada. Y me fui nomás.
¡Para qué! A la vuelta, el 2 de enero, no alcancé a sacarme el saco que la cuzco me estaba llamando. Venga para acá, Finkel. No diga nada, Finkel. No quiero escucharlo decir una sola palabra. ¿Por qué se tomó el día? El día y sin permiso. El treinta, para más datos. Le dije que no me dijera nada. A las nueve lo va a llamar el gerente. El espera sus comentarios. Buen día, Finkel.
Estoy sonado, pensé yo. Hacete a la idea: gerente de banco nación, tipos sin moral, que andan vegetando de ciudad en ciudad. Que no alcanzan a asentarse y ya les asignan otro destino. Un desalmado. Un tipo sin amigos. Siempre desconfiando. Cara de póker. Apenas los buenos días.
Qué dice, Finkel, me dijo. Usted quería hablar conmigo, señor. No, yo en realidad no quería hablar con usted, Finkel, pero su superior me ha dicho que usted tenía algo para decirme. ¿Sabés qué? Me despaché. Le conté todo lo que me venía haciendo esta yegua. Le deje en claro que nunca abandoné mi puesto de trabajo. Que todo era una agachada. Me permití sugerirle que no me eche.
Pare, Finkel. Yo sé de lo que me está hablando. Ahora, Finkel, entre nosotros, de hombre a hombre, ¿no probó con cogerselá?

05.11.2008

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