Traveler

Qué plato, Traveler, que justo a vos que calzás ese nombre te haya tocado quedarte. Nunca fuiste a ninguna parte, ¿no? Si lo único que te viene faltando es haber heredado la casa de los viejos y que tus pibes se críen en el mismo patio que vos. Pero ya ves, al que maneja los piolines de esto le encanta el humor, el humor negro, desde ya, aunque si lo pensás un poco todo humor es negro si se están riendo de vos, no hace falta matar a nadie. Entonces el muy pillo manda que todos se muden, todo el reparto de la película de tu adolescencia, no todos en realidad. Algunos quedamos. No podíamos irnos. Los viejos no servían para hacer otra cosa. A los cuarenta años quién te da laburo. Y todos somos un poquito árboles, no podemos rajar sin llevarnos nuestro pan de tierra. Y esos, los árboles, los que nos quedamos, ya no éramos los mismos. De los treinta que éramos en el cuarto año del comercial quedamos quince. Cerraron cursos. La escuela es una cárcel de mínima seguridad pero pocas cosas más tristes que las aulas vacías. La mitad del bullicio se siente menos que la exacta mitad del bullicio. Habrá sido la costumbre, no lo sé. Eramos pendejos, todas las cosas pasaban afuera. La radio del gallego Freyre dale que dale, todo el día hablando de política. Cuando sos pendejo es así, le llamás política a todo lo que pasa afuera. Que Buenos Aires, que el gremio, que el apellido patricio del secretario de producción para la defensa, las intensas gestiones, el turco hijo de un camión lleno de putas que en el ochenta y nueve había venido al pueblo, a nuestro pueblo, fijate lo que son las cosas, si venía al pueblo es que todavía era un punto en el mapa, del socavón de la mina de Sierra Grande empezará la revolución productiva. Eramos tan pendejos, qué sería eso de la revolución. Lo apoyaban Miguel, Víctor, qué carrerita hicieron los muchachos, eh. Loco, algún día tenés que escribir la novela de Miguel, que un día se convirtió en Mike y tiene un puñado de alcahuetes que babean con su verba todavía llena de fúnda méntal ménte. Como antes, cuando era intendente. ¿Como antes? ¿cuando era el abogadito que tenía por todo lujo un saco con el ruedo descosido? Quién lo ha visto y quién lo ve. Ahora los alcahuetes le festejan sus trajes entallados. Tener poder no es otra cosa. Hay que hacer la corte. Alguna vez fantaseamos, sí, me acuerdo, con visitarlo en su despacho y pedirle una mano, total somos del pueblo que el ayudó a fundir pero a título de qué, ¿resarcimiento? ¿lavado de culpas? ¿y quién nos lavaría la culpa, Traveler, de haberle estrechado la mano a un tipo así? A lo mejor nos la debe. Pero quién sabe. A lo mejor el nombre del pueblo a manera de santo y seña ya no funciona. A lo mejor nos acusa de haber gastado el retiro voluntario en un remís o un kiosco con fotocopiadora. Todos somos liberales hasta que nos dicen que existe algo que se llama álea empresaria y no es culpa del estado si vos no sabés gastar los morlacos. Es un tipo ocupado. Y el Senado de la Nación. Mirá si no podemos pasar siquiera el detector de metales. No, viejo, ni a vos ni a mí nos hubiera dado la cara. ¿Y si cuando el sacara el temita del retiro voluntario le dijéramos que nosotros no tenemos nada que ver con eso? No queremos guita. Nos hace falta, igual que a todo el mundo, pero lo que a nosotros nos afanaron fue la infancia. La adolescencia. Ponele el nombre que quieras. Entonces si después abre la mina, se la da a los chinos o al congo belga, y despues la confisca, la decomisa, la expropia, la usurpa, la compra, la alquila, la da en pago, en caución, en trueque, qué carajo nos importa. No es tema nuestro. La patria que violaron, la infancia, la inocencia, la rota mancomunidad de los pendejos que viven una atmósfera en la que todo está bien, se fuma, a veces se coge, se escabia todos los sábados, el pelo largo es rock, esa factura es la que deberíamos ir a cobrarle. Pero qué. A la virginidad no te la devuelve un juez de paz, un decreto de necesidad y urgencia.
Todos se fueron y los exiliados somos nosotros, Traveler, los ninguneados, los que perdimos el tren de la historia, los que no nos insertamos en el concierto de las naciones, los que somos incapaces de decodificar el mundo que está naciendo. Vivimos de prestado, no clavamos un clavo en la pared porque no sabemos dónde nos encontrará la próxima navidad. Van a hablar en tu nombre, Traveler. ¿Qué les decimos? A mí me sale la vascongada y me dan ganas de mandarlos a todos a la concha de su madre. Pero no, quedémonos así. Cuando hace el suficiente frío no sentís nada.

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4 comentarios en “Traveler”

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