Un acto de fe

Tengo un amigo al que le presto libros. Es muy básico en sus lecturas. Le gustan los libros de historia, las sagas del tipo de Los Reyes Malditos. Si hay batallas, mejor. De vez en cuando ciencia ficción.
En mi biblioteca no hay ningún libro que se ajuste a esos recaudos. A mí me gustan las novelas, un poco menos los cuentos, un poco menos los ensayos, casi nada los epistolarios, las biografías, los diarios de escritor.
Sin embargo, como sé que para él no hay día sin libro y estoy un poco cansado de verlo con sus libros viejos, de tapa dura y hojas amarillas, cuando me acuerdo levanto cinco o seis de los míos y se los presto. No es que me gusten, dice, es que leo tanto que me los olvido.
El es así. Lee bastante pero su lectura es superficial. Rara vez puede hablar de otro libro que no sea el que está leyendo. Lee y olvida. Lee y se deja atrapar por las historias que le cuentan, no por las estructuras, por las marcas de autor, por eso que suele llamarse estilo. Lee porque en el colectivo, en el baño, de vez en cuando en su sofá, no hay cosa mejor que hacer. No hay nada en la tele, no hay guita para la timba.
Pero siempre hablamos de su lectura del día, sobre todo cuando está leyendo uno de mis libros.
Ayer me devolvió uno de Juan Forn, Nadar de noche, que yo leí en noviembre pasado (lo supe porque tengo la costumbre de datarlos) pero que me había dejado sabor a poco: un cuento maravilloso, sí, el de un veterano de Malvinas que hacía buenas migas en la embajada argentina en Chile. Es atrapante, me dijo él, pero debería haberlo cortado antes. Cierto, le dije, potenciaría la sorpresa; la coda procura explicar el después pero a quién le importa el después. ¿Y Nadar de noche? ¡Ese es un cuento memorable por lo malo! Decís ¡contame algo de una vez, hijo de puta! También estuve de acuerdo.
No fue una sorpresa. Yo ya había leído algún material de Forn y no le encontré vuelo: sus historias me parecieron trilladas (a lo mejor, pienso en voz alta, todas las buenas historias están en los libros de historia, sobre todo los que cuentan batallas) y en la ejecución no encontré ninguna marca de singularidad. En el libro de cuentos sí: repite unas treinta veces el adverbio ‘pavorosamente’. Quiero decir: lejos estaba de ofenderme con los comentarios de mi amigo. Al contrario, creo recordar que le advertí que era un libro choto.
¿Cómo vive alguien capaz de prestar libros chotos? En primer lugar, lo compré por el precio: 10 pesos es poco más que un atado de cigarrillos. También hubo alguien que me lo recomendó y soy de los que dan bola a las recomendaciones. Tercero y no menos importante: vivimos en una época en que los libros en tanto objeto comercial tienen un ciclo corto. Si no lo compraba yo o algún otro desprevenido, ese libro, casi como cualquier otro, tendría destino de chatarra libresca: sería vendido por kilo, reciclado, transformado en libro de investigación periodística, autoayuda o, quién sabe, papel higiénico.
Cada libro encuentra a su lector. Lo vivo como un acto de fe.
Por eso ni siquiera estoy enamorado de los míos. Mi biblioteca es un caos y nunca faltan dos o tres debajo de la cama. Todos son pasibles de préstamo. Me encanta prestar, incluso regalarlos cuando sé que di con la persona indicada.
Los únicos que no presto ni regalo ni vendo son los tres tomos de la obra completa de Felisberto Hernández. Son una de las pocas cosas materiales que atesoro. Sé que un buen día del señor voy a tener que empezar nuevo. No voy a tener más que lo puesto, es probable que tenga que vivir de prestado y pase un buen tiempo sin un techo al que pueda llamar ‘mi casa’. Pero mi talismán va a hacer las cosas más simples. No lo sé, no tengo evidencia para sospecharlo. También se trata de un acto de fe.

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