Pericuerpo de luz

Hay cosas que no deberían pasarle a un hijo de carnicero. Hay cosas que no deberían pasarle a nadie en general pero sobre todo al hijo de un carnicero.

No, por lo visto no heredé el oficio. No soy fuerte ni diestro con los cuchillos, ni siquiera tengo habilidad para distinguir entre los distintos cortes vacunos. Yo nunca quise ser carnicero. De chico, si me preguntaban, decía que quería ser maestro. O matemático. Un tiempo quise ser periodista. Cualquier cosa menos carnicero. El impulso pueril de hacer una vida diferente al padre. Y también, por qué no, el tiempo que nos pasa por encima como un barco a toda vela y deja en ridículo los viejos oficios.

El no era carnicero sino más bien un peón de campo todo terreno. La vida citadina lo convirtió en carnicero. De hecho, y no porque se trate de mi padre, en el recuerdo de los viejos habitantes del pueblo él es el carnicero, por mucho que no esté detrás del mostrador hace más de veinte años. Se sabe, algunos negocios fracasan, el fisco, los peces grandes que se comen a los chicos. Ya no hay carnicerías. Mejor dicho quedan pocas. La carne que venden es de baja calidad. La barrera fitosanitaria hizo de la patagonia una suerte de siberia a la que no llegan los mejores cortes. El oficio se vino a menos y el carnicero tiene cada vez menos contacto con el cliente.

Papá usaba un delantal inmaculado. Se hubiese retirado ante la insistencia de las autoridades bromatológicas para que cumpla la regla de la chaqueta y el gorrito. Sin embargo a limpio no le ganaba nadie. A limpio y a entrador. Ese feeling que da el día a día resultaba tan o más importante que la solvencia con que hundía el cuchillo en la veta precisa. Hoy paso por la góndola de las carnes envasadas al vacío y frunzo la nariz. Soy hijo de ese fundamentalismo y del kilo de carne diario, que hicieron de mí esto que soy, un tipo escasamente diestro en la manipulación de elementos punzo-cortantes.

Tanto que a última hora del sábado, recién vuelto de un sueño cálido en que unas carnes amadas se abrían a mi paso a voluntad, sentí el llamado urgente del hambre y puesto a cortar en dos el pan, dueño de una confianza que no me pertenece, hundí el cuchillo hasta dar con el dedo índice de mi mano izquierda. Doce milímetros, justo donde el dedo se pega a la palma. La primera reacción fue de estupefacción. Me quedé mirando el dedo durante el par de segundos que la sangre tardó en manar y con ella la desesperación de saberme herido y a la intemperie. En algún rincón de mi casa siempre hubo algodón y agua oxigenada.

Una gasa, ¿no tenés una gasa?, dijo ella, la de las carnes amables, y yo dije no, suerte que tengo algodón y agua oxigenada.

Con la mano sana arranqué un buen pedazo de algodón y apreté el dedo contra la palma para fijarlo. No tardó en pegarse. Lo quité con suavidad sintiendo que cada hebra se me había hecho carne y la sangre volvió a manar. Tomé un pedazo más pequeño de algodón y me resigné a alimentar con un sánguche al soldado caído y a consolarlo. Por un rato pensé en qué habría querido decirme con la laceración autoinflingida. Sólo comprendí que era un muchacho somnoliento, con hambre, apremiado por su torpeza y no mucho más.

Algodón, agua oxigenada y palabras, dijo ella, ¿eso es todo lo que tenés en tu botiquín? Sí, eso es todo.

Puse Tazas de té chino, el noveno track del ya mítico primer disco de Don Cornelio y pensé largamente en la expresión “pericuerpo de luz”. Quité de nuevo el algodón que insistía en adherirse a mi mano. Moví con suavidad los dedos, sentí la herida volver a abrirse y manó otra sangre, levemente cristalina. La dejé correr, limpié el área, puse un algodón más pequeño y estoy sentado, esperando que el tiempo haga lo que mejor se le da.

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1 comentario en “Pericuerpo de luz”

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