Buried

Tuve una infancia casi sin tele. Mucha pelota, mucha jarana con amigos salvajes y muy poca tele. Con el tiempo supe agradecer mi suerte, porque de un modo u otro, la televisión es ese aparato en donde ocurren cosas que no caben en la vida de los hombres pequeños. Seinfeld se ríe de mí y se jacta de haber creado el primer programa de televisión donde lo que pasa en pantalla es menos importante que lo que ocurre fuera de ella. Salud, Jerry, y muchas gracias, pero yo hablo de otra cosa. Hablo de los primeros traumas. De una publicidad de lavarropas Drean que para gracia de mis padres me movía a meterme debajo de la mesa. Nunca entendieron por qué pero la señora que protagonizaba el aviso me causaba terror. Más adelante, con las primeras películas, empecé a familiarizarme con la idea de la muerte. Era el tiempo de los sábados de superacción y en los western los buenos mataban a los malos pero fue durante el visionado de una de esas películas en que me sentí morir yo, el niño que miraba sin asombro lo que ocurría dentro el cuadro en blanco y negro. Un tipo, el horror, le quemaba el carro a otro, el espanto.

Al día de la fecha no me explico por qué caló tan hondo en mí la imagen de las llamas consumiendo la madera. ¿Será que siempre he concebido que hay mayor nobleza en la madera que en la vida de los hombres? ¿O es que el fuego resulta más persuasivo que las balas y las espadas? ¿O es que fui educado en la convicción de que el hombre es las cosas que hace, sus trabajos, de lo cual una amputación de este calibre se parece mucho a morir?

No lo sé, pero me enternecí mucho cuando supe que mi hermano Nico, a sus ocho o nueve, fue víctima de una desgracia parecida: le robaron la bicicleta que usaba para vender verduras en las calles polvorientas de mi pueblo y por propia voluntad, sin consultarlo con nadie, fue a una radio e hizo la denuncia pública. Debe de haber sido un relato conmovedor porque no en tardó en comunicarse con la radio el comisario del pueblo (¡el sheriff!) y le dijo que ya mismo la policía había comenzado un operativo de búsqueda y que, de ser necesario, él en persona le compraría una.

Hace poco charlaba con un amigo sobre una película reciente que todavía no he visto, que debe ser pésima pero sin embargo fue muy mentada en su originalidad: la que transcurre de punta a punta con un tipo adentro de un ataud. Por supuesto, de inmediato se hizo presente el link con Kill Bill y la maravillosa Uma Thurman en una escena inconcebible. Eso hubiera bastado para enterar (ja!) la idea de originalidad en la película pero mi amigo se acordó de un capítulo de Alfred Hitchcock presenta, en el que de punta a punta un tipo pugnaba por salir de un ataúd apenas armado con un encendedor. Para ese nudo hay sólo dos desenlaces posibles: o el tipo hace la de Uma o muere ni bien se le acabe el oxígeno. Creo que ningún director, salvo un sádico como Mel Gibson, condenaría al público a un final como el segundo. Sólo Hitchcock o, para decir mejor, el guionista del referido capítulo (¿quién puede afirmar, sin consultar imdb, que no estamos hablando de Quentin Tarantino? ¿quién puede negarlo?) puede introducir una variante ingeniosa: el encendedor dice basta, fundido a negro, títulos. Una maravilla.

Mi amigo lo contaba y yo pensaba la puta, debo haber visto ese capítulo y lo sepulté con otros saberes desechables. Y si lo vi, seguía pensando, ese final es magnífico para dejar la huella imborrable de la que venía hablando. Y vuelve papá y me dice: la noche es lo mismo que el día pero con la luz apagada. Mirá, Clic. Pero, como lo canta el trovador de nuestra generación, hay una luz que nunca se apaga. O se apaga pero ya no tenemos modo de enterarnos.

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