los ojos de un fantasma

Era una casa sobre la calle en subida. Nunca se veía a nadie. Los postigos cerrados, la pinta de abandono, qué podíamos perder. Abrir un postigo o el otro, tantear la ventana. Quizá el dueño se hubiera ido de vacaciones, quizá parase poco en su casa. Quizá, no fuera casa de nadie y podría convertirse en la guarida de nuestras travesuras. Nada grave, cosa de chicos. Pero mejor que nuestros padres no se enteren. Que nadie pase por la calle de la subida mientras forzamos los postigos. ¿Te parece? Sí, no, quién sabe, esas cosas que es preferible no preguntar, que se responden solas, con los ojos, con un movimiento de cabeza que dice sí, o con una cabeza inmóvil y un guiño. O una sonrisa. O el primer atisbo de una duda. ¿Vos o yo? ¿Por qué no mejor los dos? Uno en cada ventana. Se gana tiempo. El postigo cede. La ventana no está trabada. Un, dos, tres, adentro mi alma. ¿hace mucho que hacés esto? Callate, boludo, y andá en puntas de pies. Se oye un motor de heladera. Por la puerta entreabierta de la pieza se ve la luz blanca de una televisión. ¿Y si mejor nos vamos? Ya estamos en el baile, bailemos. No sé bailar, me tropiezo. Piso tus pies. Pateo la mesita ratona. Si fuera descalzo le hubiera entrado con el dedo chico y ya putearía en varios idiomas. Es de día y hay alguien. Cómo no se nos ocurrió.

¿Habremos salido por la ventana que forzamos? ¿o fue el tipo que se nos apareció, nos ametralló a preguntas, amenazó con llamar a la policía, a nuestros padres? ¿por qué es calvo en mi recuerdo, calvo y con los ojos de un fantasma? ¿cómo son los ojos de un fantasmas? qué cosas raras se me ocurren. ¿fue el día en que Nelsón me llevaba en bici y nos dimos un palo que me raspó los codos? nelsito dijo: no digas nada en tu casa, y yo no dije nada en mi casa, ni de la casa que habitaba el fantasma ni del golpe que nos dimos en la bici, yo en el asiento de atrás, yo volando por los aires, un pozo, los codos raspados.

Ha de ser por eso que me gusta mirar por el hueco que dejan las cortinas, tanteo el picaporte de todas las casas solas, observo la regularidad de cada movimiento de vehículos, me fijo con atención en la puerta de los garages, en las puertas de servicio, tomo nota de la existencia o no de perros y de su respectivo tamaño y capacidad de escándalo.

Por eso que voy en silencio en el colectivo, aguzando el oído para descifrar cada conversación entre extraños, me detengo en la calle si otro se para a hablar por teléfono, regulo la marcha para no despegarme del atrás de las parejas. Me gusta oír sus falsas promesas de amor eterno, el menú de la cena, el repaso verbal de la lista de la compra.

Por eso que presto atención en cada escote, en cada remera que se levanta, en el color de las medias de cada transeúnte y en el modo en que combina con sus zapatos, la marca de los cigarrillos que fuma y los chocolates que come y el nombre que reserva para ese alguien secreto que acaba de importunarlo en el teléfono.

Nunca fui feliz con lo que sé. Con lo que tengo. Con lo que voy a tener. Quién de ustedes será el primero en formularme reproche.

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