touring.7

Se prende el Currumahuida, se corre la voz, me llega la voz. La parte linda de Puelo, me aclaran, y hacen bien porque no soy ducho en la geografía de la comarca y me pialo con los nombres de los caseríos y las callejuelas de ripio, los accidentes, las bajadas, los cerros, y como autodefensa elijo no tomar nota mental de nada. El Currumahuida es a Lago Puelo lo que el Piltriquitrón a El Bolsón, el cerro guardian, que junta los barrios sueltos, tirados a la marchanta.

En el patio se siente el intenso olor a quemado y la columna de humo venida del sur se apodera del centro del cielo. Nos afligimos. Dicen que fue accidental, Que va llegando a El Hoyo. Por esas cosas que pasan en la vida, se rompe el lavarropas, pongamos, y hay que ir a buscar el repuesto a Puelo porque Bolsón es Bolsón y rara vez hay eso que uno busca. Para los asuntos serios está Bariloche, para las bagatelas nos queda Puelo, que no es más que un pueblito de 4 mil habitantes, que ha visto disparar su desarrollo en los últimos años de una manera que uno podría llamar meteórica sin faltar a la verdad. Hay casas coquetas a la vera de calles con un pavimento perfecto, que dejan en ridículo a El Bolsón y a la lamentable política de desarrollo de los treinta años de gobierno radical.

La plaza de Puelo es una platea privilegiada para asistir a la devastación. Se ve la inmensidad del cerro y la pequeñez de los aviones. Cuesta imaginar que haya 200 tipos trabajando sin descanso para abatir la voracidad del gigante. En la ladera este se ven por lo menos veinte focos pero la densidad del humo informa que el grueso del fuego está en la ladera opuesta del cerro. Con un poco de esfuerzo se aprecia cuando cada pino es abrasado. Parecen cañitas voladoras de 10 metros de alto, ardiendo con llama azul y repartiendo chispazos en todas las direcciones. La resina, me dicen, y las piñas, que se convierten en granadas incendiarias que en un segundo vuelan cincuenta metros y sólo se detienen cuando ya no hay nada capaz de arder.

Por la tarde empiezan a agitarse los teléfonos. Se dio vuelta el viento. Cruzó la ruta. Viene hacia nosotros. Mirá bien el Piltri, me alertan, a la velocidad que viene es probable que mañana en la mañana tengamos el fuego mirándonos a los ojos. No soy capaz de imaginarlo. Tampoco cómo fue que no hubo una guardia que lo corte antes de la ruta, Lo tangible son las voces temblorosas en el teléfono. A las nueve de la noche podemos ver desde el centro mismo del pueblo a los pinos cañita voladora. Ahora tenemos miedo.

Para la noche tenemos programado un asado que viene postergándose hace cuatro años. En la cervecería alguien elogia el discurso presidencial. Estoy tan triste que sólo puedo oponer que en desastres como este se aprecia con claridad meridiana la brecha que se abre entre discurso y gestión. Que en Puelo, al pie del Currumahuida, vi a un par de bomberos que lidiaban con un camión cisterna muy viejo. Tenía el capot levantado. Esto no se puede prever, me dicen. Sé que mienten pero ¿puede hablar uno de política, de la deficiente prestación estatal, cuando el fuego es una realidad contante y sonante y ya sabemos que esta casa alojará esta noche a una familia que viene huyendo?

Comemos y bebemos. Nos gastamos chanzas. Saludamos la pericia del novato que se encargó de llevar el asado a buen puerto incluso a oscuras. Aparece una guitarra y nos mudamos al patio con la serenata. Canto una canción ordinaria de Pappo. Gustavo toca Stairway to Heaven. Caen las primeras gotas. Se oyen aplausos.

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