touring.6

Me acuerdo de Lito, un flaco, alto, boludón, al que conocí en un cumpleaños. Era el rey de la fiesta, el que tenía las mejores anécdotas, todas en primera persona, como si el absurdo del mundo se condensara en una sola persona. Por desgracia, no pude oírlo contar la mejor de sus anécdotas, la de su viaje a Machu Picchu.

La ingesta de frutos desconocidos debería reservarse a ámbitos controlados. Así procede la gente con dos dedos de frente e incluso tipos mucho más estúpidos que eso. Lito no es del palo. En uno de sus paseos se tentó con cierto fruto silvestre y lo comió con fruición. Cumplió la recorrida con el resto de sus compañeros de excursión y se aprestó a tomar el colectivo que lo devolvería a la civilización.

Primero fue un retortijón y después otro. ¿Cuánto faltaría? ¿100 kilómetros? ¿una hora de viaje? Uno se va llenando de preguntas pero la certeza es una y creciente. Los fastos de la revolución digestiva no se contentan con meros cambios de posición. Hay que hacer lo que hay que hacer. Pero vas en el colectivo y sabes que no se puede. Que no se debe, en realidad. Pero ¿qué hacer? ¿pedirle al chofer que pare y ponerse en cuclillas al costado de la ruta? Tenemos toda la luz del mundo y cuarenta testigos de la carnicería. Mejor el baño químico y que salga lo que pugna por salir.

Viste lo que es un baño de colectivo. En viaje, es de lo más complicado orinar dentro de la taza. No es raro entonces que ni bien hube de bajarme los lienzos el colectivo embiste un lomo de burro. Fatal, Cerré los ojos. Lo sé porque cuando volví a abrirlos tenía mierda delante mío. ¿Entendés lo que digo? ¿Te hacés a la idea?

De ahí a la desperación hay sólo un paso. Cada cosa terrible trae de la mano una que no se queda atrás. A gastar todo el papel y tratar de reducir la proporción de los daños materiales. A fregar como una sierva. A darle hasta que el carretel diga basta. ¿Cuánto tiempo habrá pasado? Sudo. Trato de pensar. Se me ocurre que el sueter iría mejor a la cintura. No sé por qué hace uno cosas por el estilo. Bah, sí lo sé. Tomo coraje, abro la puerta, pongo cara de póker y si quieren venir que vengan. Los cuarenta testigos se dan vuelta para ver al tipo que ocupó el baño durante los últimos veinte minutos.

Uno de los choferes, entrecejo apretado, camina hacia mí

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