Adiós a un tirador franco

Hoy falleció Daniel Massei. La parca lo tomó en algún lugar de la bella Italia y por mucho que me apremie el reloj y esté armando el bolsito para mis inminentes vacaciones, no tengo paz si no despacho este par de líneas antes de irme.

Conocí en persona a Daniel Massei hace poco más de cinco años. Fue en el Paseo la Plaza. Tomaba algo con Paula y su teléfono dos veces. Las dos veces dijo “¿a qué no sabés con quién estoy?” y quienquiera fuese el interlocutor, en ambos casos, cortó en modo abrupto la llamada. El primero en llegar fue Piro, que me dijo -siempre lo recordaré- “¿qué hacés, nene? te estábamos esperando”. Después llegó Daniel, me abrazó paternalmente, y me dijo “¿cómo puede ser que tomes cerveza todavía?”. Me encogí de hombros: siempre me ha gustado tomar cerveza si estoy entre amigos, aunque sean las doce del día. Paula pensó que era bueno dejar a los hombres solos, Guille volvió a ocupar la trinchera laboral que había abandonado y yo me quedé buena parte de la tarde con Massei.

Ahora que hago memoria, me había llamado la noche anterior. El estaba en Palermo y yo en Villa Crespo, tal que a cualquier porteño de ley no le hubiese hecho mella hacer las diez o quince cuadras que nos separaban, pero no fui. Lo oí al teléfono perorar un largo rato sobre mi talento y el estado desolador de la literatura argentina. “Leí La joven guardia, es un asco, ya no queda nada”, todo dicho con su media voz, lo que le daba a sus palabras un tinte fantasmal, los desesperados movimientos de un asmático a punto de ahogarse.

Una y otra vez charlamos largamente. “Vamos al Rojas, que están las minas más lindas de Buenos Aires”, me dijo. Se olvidaba que hacía un par de años esa no era su ciudad. Tampoco el Rojas era lo que otrora, a tal punto que organizaba una serie de mesas redondas sobre blogs: Blogs por qué para qué, se llamó la serie, y el libro que debió compilar las diez ponencias presentadas jamás vio la luz. Lo lamenté mucho, no por las ponencias en sí, sino porque y, contrarreloj, para no perder la costumbre, yo había escrito un glosario que las acompañaba y me hacía mucha ilusión tomar parte de algo llamado a durar.

Era otro tiempo: en los blogs estaba el agite. Antes de flickr, facebook y twitter, el centro de internet era la efervescencia de los blogs, su vocación pendeja de llamar la atención, la oportunidad para algunos de nosotros lo que no podríamos alcanzar de otro modo: un público. “¿Sabés lo que es tener treinta tipos que te lean al día?”, me acicateaba Massei, probablemente cuando yo llorase la miseria de visitas que tenía mi espacio en comparación a los primeros blogs que explotaron.

En fin, mi blog nunca explotó. El tuvo dos y las dos veces los cerró enojado y llevándose los archivos. Nos preguntábamos ¿qué es tener un blog exitoso? ¿para qué sirve? ¿hasta qué punto darle pelota a los lectores? y yo era su lector así como yo era el suyo, el que a primera sangre le despachó alguna vez “no me gusta tu estilo”. Nunca se olvidó de eso. Y a mí nunca terminó de convencerme su estilo. El escribía siempre a martillazos, que es como yo redacto esta nota: ella por delante, su mensaje, y no la pretensión de encontrar un tono que sea justo, una forma que sea la precisa. Se puede escribir así pero es un despropósito albergar esperanza alguna de un texto salido a trompicones. De eso iba la ponencia que yo tenía para el Rojas y que nunca vio la luz: la escritura de blog como excreción fisiológica. El no pudo leerla: yo la llevaba en diskette, él no entendía como yo nunca había oído hablar de algo llamado pendrive.

Quizá esa fue toda la diferencia que hubo entre nosotros, un problema de incompatibilidad de periféricos. Quizá no y la diferencia sea más profunda. Si hemos de escribir a martillazos, digo yo, maza en alto, debemos tomar en cuenta que no nos sobran golpes. Será uno, a lo sumo dos. Si fuéramos jugadores de golf podríamos ensayar varios tiros en falso. Pero no, se trata, sigue tratándose, de encontrar la veta, la línea débil de la piedra, su yugular, y clavar la estocada allí mismo. Sin demoras.

“Che, ¿cuándo volvés a tu pago?” El sábado, dije. “Qué bueno, tenés el viaje y todo el domingo para escribir el lunes en Kaputt. Se fue Freidemberg, queremos que vos ocupes ese lugar.” Fue una apretada colectiva y tuvo lugar en el bar La academia. No pude decir no y tomé parte en el blog colectivo, que más que eso fue una empresa de la que hoy estoy orgulloso. Con todo, lo bueno y lo malo. Fue un espacio necesario y elevó el listón de lo que había en ese entonces. La primera vez tuve miedo y me tomé de la mano de Bolaño: me salió Lecciones de vértigo.

Por lo demás, si él pudiera leer esta nota, se cagaría de risa pero yo no puedo tomar en serio a nadie que endiose al gordo Soriano. Pocas personas que aman la literatura lo hacen. Pero lo escribo en joda y Daniel se caga de risa. “¿Cómo hiciste para escribir tal cosa?”, me preguntó sobre una nota reciente. Simple, tenía ganas de cagar a trompadas al que me ofendió. “Escribís mejor cuando te enojás, ¿lo sabías?, pero no podés usarlo como método porque vas de cabeza a la gastritis”.

¿Será? Quién sabe.

Tuvimos algunas otras diferencias pero ya está, me las llevo a la tumba. El último intercambio fue hace tres o cuatro meses en Buzz. Fue un largo hilo sobre el estado de los premios literarios, en Argentina y en España, que entiendo nos enriqueció a todos los que participamos de la charla. Es una pena que haya quedado en un Buzz privado, de otro modo sería como en los tiempos de la internet 1.0, donde uno escribía en espacios abiertos sin temor a que nadie se ofenda o a que meta las narices alguien que no haya sido convidado.

“Firmá con tu nombre y después ganate la lectura”, me dijo Massei. Y: “te falta mucho trabajar las voces, mirá a Jimena y aprendé”. Y también: “pongamos que esto es fútbol y tu recurso es la gambeta. Tené cuidado porque podés ser la gambeta por la gambeta misma, como Orteguita, o podés usar la gambeta cuando hace falta, cuando sorprende, como un recurso más, pero sin olvidar jamás que lo importante es el arco”:

Son cinco años y parecen mil, pero dondequiera que estés, Massei, te informo que hoy también tomé una cerveza, una cerveza triste. A tu salud y a la mía. Sí, loco, hay gente así.

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