Die and Let Live

Todas las familias felices son iguales: teóricas. En esta época tenemos el vivo recuerdo de las últimas fiestas que hemos pasado entre los nuestros. Yo no sé si es el calor o el rechazo a esa empalagosa cultura del consumo dispendioso o, por qué no, el mero paso del tiempo, que ha hecho de eso que fue nuestra familia un rejunte de extraños que no hacen otra cosa que gritarse en las comidas.

El rito es juntarse, y para juntarse viajar, intercambiar regalos, beber cantidades industriales de líquidos nocivos para la salud y comer a cuerpo de rey glotón. Es chocar las copas a la hora señalada, esa que esperamos con apremiante ansiedad media hora antes, una, dos, de acuerdo a lo tirantes que hayan devenido las relaciones en el curso de la última semana, del último año o del último cuarto de siglo.

Y de vez en cuando la muerte: estira la pata el viejo justo antes de las navidades y la familia que esperaba reunirse en torno a una mesa surtida debe hacerlo en un velorio. Cada uno con sus penas anteriores, el cofre de los secretos blindado por una historia toda escrita para ocultar lo evidente, para fingir el apego a la norma, a la expectativa de los otros, no en vano decía el trovador hace mil años: soy el sueño de mamá y papá, no les puedo fallar.

Hay un hermano que llevó a pasear su desconcierto a tierras lejanas y le pasó la franela para que no luzca tan mal en la celebración; otro que lleva su amor a los suburbios con tal de que nadie lo sepa; otra que acaba de descubrir que los hombres son unos cretinos que no quieren amor ni sexo ni nada que no sea vivir para contarla (ay, los escritores); una amante furtiva que con el semen todavía tibio en su piel asiste al día más triste de otro que ni siquiera sabe su nombre; un departamento del que nadie tiene noticia; y la pertinaz costumbre del coqueteo, todo sea por reverdecer eso que se va tiñendo de ocre.

Six Feet Under nos hace amigos de la muerte. Al poner en evidencia que la muerte es un hecho más, y si siquiera el peor, no la banaliza sino que nos educa en la certeza de que antes que la muerte lo que importa es la vida y que estamos obligados a encontrar un modo sexy de lidiar con ella. Todos los días. Ellos, los Fisher, juntos y por separado, son infelices a su manera, menos por las puertas que abren que por las que no se atreven a abrir.

Muy a mi pesar, Billy Chenowith es el personaje que más se me parece. Sin embargo no he podido menos que que sentirme interpelado por la evolución de Claire Fisher. Sus avatares sentimentales y la puja interna con la que vive su condición de artista, potenciados por el arduo tránsito entre la adolescencia y la juventud la convierten en un ícono de la generación desencantada de la que alguna vez fui parte. Sus labios de churrasco me tuvieron hipnotizado durante las pocas semanas que me demandó mirar la serie de punta a punta, aunque ahora que le pido un esfuerzo a mi memoria compruebo que tardé varios meses en ver el último capítulo. Sabía que era apoteósico, el mejor final de la historia de la televisión de todos los tiempos, el único inobjetable, los diez minutos en que el corazón trepa por la garganta y muta en lágrimas dulces, el que nunca me cansaría de volver a ver (aquí está la última secuencia pero si no han visto la serie es preferible que no den clic al enlace).

Cada familia infeliz lo es a su manera, sí, pero la puta que es inspiradora la infelicidad de algunos.

Anuncios

3 comentarios en “Die and Let Live”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s