Más allá del asfalto

Hace muchos años, cuando yo era pibe y es posible que las radios estuvieran obligadas a pasar canciones en castellano, había una canción de Sandra Mihanovich que decía, más o menos, “me contaron que bajo el asfalto existe un mundo distinto con gente que nunca vio el sol…” Traigo a colación ese recuerdo porque me contaron que más allá del asfalto, hay un mundo distinto al que me toca a diario y que vale la pena conocer.
El mundo mío, el de este lado, es de la inflación fuera de cauce, la presión tributaria que trepa a límites obscenos a cambio de una prestación estatal a todas luces reprochable, un mundo en donde es cuesta arriba ganarse el mango y gratis reventarlo.
Algunas precauciones:
Andá el sábado, después del mediodía.
Agarrá Belgrano y dale para abajo, serán dos cuadras o tres.
De Belgrano hacia el poniente son cosas nuevas; hacia el otro lado, usadas.
Actuá con naturalidad, si te ven muy serio van a pensar que sos inspector municipal.
Se acaba el asfalto y la calle es de una tierra amarilla casi blanca. A un lado y otro hay casas de material, unas pocas bien terminadas, algunas que mezclan ladrillos y bloques. Se ve la ropa colgada al sol, alguna reja, paredes de pintura flamante y de las otras.
Camino por la calle porque no hay vereda en ningún tramo. Más que a los atracadores temo que se me cruce un perro malevo, pero nada. Cuando pasa un auto la nube amarilla casi blanca y yo nos convertimos en una estela de nariz arrugada y diente apretado. Cuando pasa un auto, conjeturo, si se va remontando la cuesta, el caminante cede el centro y se empantana en la piedra bocha, donde un paso o dos se dan en falso, y un tercero es appenas un paso.
Hay un primer cartel que advierte: Prohibido arrojar basura o escombros, Ordenanza Municipal 4282/92.
Los puestos son todo lo improvisados que pueda uno imaginarse: estructuras de caño y tablones a manera de mesa. A algunos puesteros se les nota la experiencia: tienen en qué sentarse. En el suelo hay valijas y debajo de las valijas la tierra amarilla casi blanca y piedra bocha.
A primera vista destacan los productos Adidas: hay camperas, camisetas, zapatillas; en el puesto aledaño se ofrecen frutas y verduras; en el siguiente, Nike; más allá, de perchas que penden de los caños superiores, ropa de colores estrafalarios, jeans, cinturones, gorras. Hay anteojos, accesorios de telefonía, cables, estuches. Ropa de bebé.
¿Unas medias, amigo?, sale a mi encuentro un vendedor. Él juega en campo contrario, no como el resto, que espera a que los clientes se arrimen. Me detengo, veo que tiene zapatillas Puma y agarro una. Es blanca y negra, remeda el emblema del yin y el yang, con abrojos. Ciento cincuenta, amigo, espeta el amigo. ¿Tenés cuarenta y dos? A ver, no, esta es cuarenta y uno. ¿Pero tenés? ¿me traerías un par para mañana? Sí, amigo, ¿no te la querés probar? mirá que…. No, che, soy cuarenta y dos ¿a qué hora vengo? ¿a qué hora armás? Mañana es domingo, pienso, y no me veo madrugando. A las nueve, me dice, o sea, diez once estamos. Fenómeno, paso mañana, traémelas, ¿eh? Sí, amigo.
Un puesto tiene un cartel que me inquieta particularmente: pirotecnia. Siento el calor en la espalda y veo el sol rebotar en el sueldo de baldosas, no en vano esta es conocida como calle Canal, y apuro la marcha, por las dudas.
Advierto que necesito una campera liviana. En algún lado vi una Adidas, negra, y tengo que esforzarme por encontrar el puesto. En la búsqueda doy con un suéter Levis, celeste, de lana muy fina. Lo toco y la puestera me informa: es M. ¿No tenés otro? No, es el único que queda.
Tanteo en otro puesto. Veo que hay camperas Puma y me entusiasmo. Pero son conjuntitos, me dice un pibe que es casi un niño y me trata de usté señor. Hay Adidas, azules, grises, una negra, que me pruebo y por poco tienen que llamar a los bomberos para el rescate. No sé cuál es mi talla y el pibe tampoco. Ni siquiera sabe si el talle 1 es el más grande o el más chico, así que todo consiste en prueba y error.
Me ofrece un talle 3, que tiene los colores de la bandera de Etiopía. Si yo odio la marca Adidas y alguien me ofrece algo con esos colores sin duda mi cara acusa el impacto como si se tratase de un golpe al mentón. Aparece una negra y me dan ganas de abrazar al pibe, a la garra que le pone. La pruebo y va fenómena. Me la llevo puesta. Setenta pesos, señor, vi cómo le quedaba al hombre y me pareció que a usté le iba a ir justa, señor.
Busco remeras, todo sea por evitar el flagelo de la plancha. Compro de a una en cada puesto. Pago con cambio. Me gusta ver la sonrisa que hacen cada vez que alguien les paga con la plata justa. Veo que el cajero en cada puesto lleva un fajo grueso de billetes de cincuenta y de cien agarrados con una gomita. Compruebo que llegué tarde, que ya las mejores cosas que han traído a la venta están en manos de sus legítimos poseedores, los clientes.
Pienso en los locales del centro y veo que desde el centro mismo de la feria es imposible ver la ciudad que hay del lado del asfalto, tanta es la pendiente que acaba en este agujero urbano. Pienso en los talonarios de facturación y lo poco que se frecuentan. Pienso en La Salada, la feria madre, allí donde todos se abastecen, los del centro y los de aquí y siento que de algún modo me he convertido en uno más de la guerrilla contra el sistema moribundo.
Me voy pensando en volver. Pasa un auto, le cedo el centro de la calle, me empantano en la piedra bocha y me hago uno con el polvo blanco, casi amarillo.

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