Crisálida

Al principio, y el principio es mucho antes de que uno y otro tengan nombre, ese modo en que las gentes someten a otras al cautiverio de una palabra con la que identificarse, el escritor la cortejaba con suavidad, con ternura, menos por vocación que por el temor que le daba pensar en la sola posibilidad de que ella se evaporase ni bien fuera anoticiada de toda la verdad, o de al menos parte lateral y significativa. En plan de cortejo fue que contó le recordaba de forma al mismo tiempo vaga y precisa a una pibita de la calle Paraguay, una piba de escasos veinte, que trajinaba los pasillos de la carrera de historia, de culo ancho y hospitalario, flequillo, mirada de angustia penetrante, y fue ella la que entonces marcó el pulso de la revelación: por cierto, ese es mi nombre, dijo, como si el escritor se lo inventase o fuera un truco de magia revelado en sueños. Entonces, llegada la hora de despedirse, el escritor dijo: no soy yo el que se va, sos vos la que me abandonaste, nunca te tuve, nunca, entonces, habré de echarte en menos, y ella, témpano, operó silente, se calzó el ropaje de la ausencia, se evaporó. Tal vez por eso fue que al escritor ver de nuevo a la piba de la calle Paraguay, ahora de ancho flequillo, en la foto carné que ilustraba una columna de la página de un periódico cultural, le provocó un cimbronazo en todo el cuerpo, un frío que corría por su espalda de norte a sur y todo lo arrasaba, la conjetura, nunca del todo confirmada, de que todo aquello, y cuando decía aquello pensó: desde cuándo todo esto se convirtió en todo aquello y en todo caso qué motivos hay para que aquello, al menos por lo que dura la lectura de una columna en un periódico cultural, vuelva a ser esto, y ella, la de la foto, ya no una chica de culo ancho sino la investigadora de un ámbito prestigioso e impoluto, el cine la materia, como la revelación en sueños de un truco de magia, como el cierre perfecto a una historia singular, como la pieza última y lánguida que había de faltarle a esa vida pobre que nunca fue una pobre vida, y cerró el periódico, se echó a llorar con lo que le quedaba de fuerzas y brindo en lágrimas a la salud de las profecías que se cumplen.

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