Arda Perón en el Infierno

A veces el tiempo se toma a la chacota ese desprolijo registro que solemos llamar memoria y por empeño que uno le ponga no da con el dato que busca: nació Norep algún día del último lustro en un blog, Tiempo de descuento, y de movida nomás vino a poner en crisis algunas verdades pobremente establecidas: ¿podemos seguir escribiendo sobre Perón? ¿debemos hacerlo? ¿desde qué lugar? ¿podemos desmontar la leyenda erigida en torno a su figura? ¿tenemos el permiso para reírnos de su mito y reconstruirlo? ¿podemos echarlo a rodar en la arena que nos tocó a nosotros? En todo caso, ¿cómo leería Perón la tapa de los diarios de nuestra época? ¿qué diría de las cosas que se han dicho y se han hecho, que se dicen y se hacen en su nombre? ¿sentirá algún remordimiento por no habernos legado un heredero competente? Norep, el lado oscuro de Perón, como se llamaba en aquel entonces, cobró vida en la pluma de Omar Genovese y muy poco tiempo tardó en demostrar que estábamos frente a algo que merecía trascender el estrecho marco de los blogs y hacerse libro y eso es lo que ha ocurrido.
Lo primero que me vino a la mente al desgranar las páginas del libro fue: Norep está triste, ¿qué le pasa a Norep? Es que ese espíritu zumbón que yo conocí hace años ha madurado -cristalizado, diríamos en jerga leguleya; sublimado, dirían los que creen en la psicología como ciencia- y tomado cuerpo en una figura que se muestra incómoda con el designio que le toca, de a ratos rabiosa, de a ratos sosegada, sobre todo cuando siente que ha de ser vehículo de la esperanza de muchos otros y le mete pilas a ese cometido, de antemano inútil, tal el modo en que solemos pensar el infierno.
Eso, ¿de qué manera pensamos el infierno? Digámoslo ya mismo: la idea que vanamente ha tratado de meternos en la cabeza la catequesis es inconcebible. Las razones son elementales: la idea de eternidad, que algo no tenga principio ni fin, escapa a nuestra conciencia, finita como es; el hombre, su blando cuerpo apenas superior al de un gusano, reúne condiciones de adaptabilidad que, potenciadas por lo eterno, serían de temer por el señor diablo.
Además, y sin necesidad de columpiarnos sobre el fango del terreno teórico, haríamos bien en observar en detalle lo que nos rodea. Cuando uno tiene treinta años el menor dolor en la rodilla nos llena de espanto, odiamos sin límite a la razón o sinrazón que trajo a nosotros ese escollo inesperado, interno, a todas luces insuperable. Cuando uno cumple setenta años y tiene los huesos blandos y la diabetes dificulta el proceso de cicatrizar heridas, no camina salvo que sea estrictamente necesario. Las prioridades son otras; otro el valor que uno le da a las partes sanas de su cuerpo y otro el respeto para con las dolencias.
O incluso peor: el pequeño ahorrista se quejará de las tasas de usura que el banco le cobra a cambio de nada y puteará contra el sistema que lo incluye, que lo obliga. En la vereda de ese banco habrá un pordiosero, el sobretodo raído que lo abriga en cualquier época del año, la manito estirada, podrá putear contra el sistema que lo excluye, que lo mea, pero tiene otras cosas de las que ocuparse. ¿Les tocará el mismo infierno a cada uno?
Al jubilado que aportó durante cuarenta años a las cajas de previsión social y hoy cobra el haber mínimo y debe apelar a un abogado para hacerle juicio al estado y esperar que le paguen un reajuste de acá a diez años, en bonos. Deberíamos hacer la prueba, ir, preguntarle por el infierno. Quizá, sabio a esas alturas, se nos cague de risa. Quizá quien piensa que eso es el infierno es este que escribe que, a sus treinta y seis años, registra menos de cinco años de aportes a las cajas de previsión, que no tiene ahorros ni propiedades a su nombre, que apenas le joden los meniscos de la rodilla derecha putea en cinco idiomas, y se imagina a los setenta, cobrando una miseria, con una gamba menos, a la espera de que la condena, que no ha dejado de agravarse durante treinta y cinco años, un buen día acabe.
Pero ahí se pasea Norep, en su novela, acompañado de su ladero fiel, Lopecito (la compañía de Lopecito, ¿es parte de la pena a purgar?), entrevistándose, en medio de intrigas, con un nightmare team del último siglo. ¿Para qué sirven sus planes, las confianzas que gana y reparte con unos y otros?
Yo tengo una teoría que escapa al libro, que es de mi pura invención, y a renglón seguido comparto.
Hay vasos comunicantes entre un mundo y otro. Este mundo envía remesas de muertos, al cabo combustible de la maquinaria infernal que, a cambio, nos devuelve la luz y el calor del sol. Es la burocracia de la aduana la que dificulta el intercambio y decreta, para velar su negligencia, un engendro caprichoso y deforme como las estaciones, que ni siquiera respetan pautas de regularidad.
Aquél mundo guarda una cierta analogía con éste: en él también los peores ocupan el podio de la jerarquía, tal que determinan qué sol es el que tocará padecer a las masas del lado de acá. El nuestro, claro está, es un sol peronista (no digo norepista para no involucrar a Genovese en mi desvarío), que condiciona nuestros actos, nos impone un modo de hacer, un modo de concebir la política, la acumulación de poder. De muestra, un par de botones:
Antes de morirse, Kirchn#r infiltró la central obrera que amenazaba el monopolio cegetista. No pudo ver, y es una pena, como la central se partía en dos: una amable, de buenos modos, y la otra, que no importa demasiado cómo es. Allá por los primeros 90´s, cuando los muchachos cegetistas amenazaban ponerse cabreros, Men*m ideó una liga de gremios afines que, sin necesidad de fractura expuesta, se adueñó del sello de la central obrera monopólica y quizá hubo alguna voz de rechazo, pero en general los muchachos, a juzgar por la circunferencia de sus respectivos abdómenes, salieron beneficiados. ¿Cómo se llamó esa liga de gremios amigos? Quizá alguien lo recuerde: Mesa de Enlace. Sí, aquí amamos los significantes que sirven para lavado y planchado. La pregunta es ¿Perón no hubiera hecho algo parecido? Sólo podemos especular al respecto, pero la llama peronista arde todavía con vigorosa intensidad, arde en ese sol que nos vigila de la mañana a la noche, arde y se reproduce, a diario, en cada uno de nosotros.
Pero Norep, el del libro, no puede escaparle al desencanto. Después de todo, quién quiere estar muerto. O, mejor: quién quiere ser perfectamente consciente de estar muerto, convertirse en una bandera que a un tiempo es estandarte de conquistas pasadas, para los unos, y trapo sucio, cifra de violencia, para los otros.
Norep, por propio mérito, por desparpajo y originalidad, se cuela en el olimpo hasta ahora ocupado nada más por La boda de Hitler y María Antonieta en el Infierno, de Wilcock y Fantasia. Por fantasía, precisamente, y solvencia en la ejecución, es que celebramos la publicación de esta obra, la tercera novela de Omar Genovese.
Hay novelas que uno recuerda por los momentos felices que nos deparó su lectura; esta, en cambio, la recordaremos en el generoso abanico de interrogantes que despliega. Lo haremos con una sonrisa agradecida.
*
(Sobre Norep, una novela de Omar Genovese, La Comuna Ediciones, 2010)

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1 comentario en “Arda Perón en el Infierno”

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